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‘El Prekariado’ y la gran transformación global

Por Iñigo Bullain - Viernes, 16 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Iñigo Bullain

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DESDE la década de los 80, alrededor de 2.000 millones de personas se han incorporado al mercado laboral mundial, triplicando su número. La mayoría, acostumbrada a cobrar cincuenta veces menos por realizar los mismos trabajos que en Occidente. Por otro lado, se estima que en la próxima década uno de cada tres trabajos se contratará on line a través de agencias de mediación. No resulta difícil deducir que la precariedad del empleo y los bajos salarios van a seguir siendo las características del marco laboral para un creciente número de personas que integran lo que el profesor Standing ha definido como la nueva clase social emergente: El Prekariado.

La desigualdad que promueve la globalización neoliberal está configurando una sociedad planetaria dominada por una plutocracia rentista que acumula una inmensa riqueza y poder. A su servicio se encuentra una élite profesional: ejecutivos, abogados, políticos, publicistas, artistas… que también disfrutan de una vida de lujo. Más abajo en la pirámide están las clases medias y los asalariados asociados al estado del bienestar que cuentan con pensiones, cobertura médica, vacaciones… En un nivel inferior está un proletariado que ve cómo su número y derechos se han ido reduciendo, aunque aún siga contando con cierta estabilidad laboral y protección social. Pero entre el menguante proletariado y los desahuciados sin techo se encuentra una creciente masa precarizada que se caracteriza por la incertidumbre laboral y salarial que marca su existencia. Sin una identidad laboral definida ni ubicación fija, el Prekariado sobrevive bajo la amenaza de un giro de fortuna -enfermedades, accidentes o liquidaciones empresariales- sometido a una constante presión burocrática para poder recibir ayudas con las que llegar a fin de mes. Por el contrario, la plutocracia corporativa recibe todo tipo de ayudas, subsidios, bonificaciones, compensaciones, deducciones o reducciones fiscales, además de contar con refugios y paraísos a donde conducir sus beneficios. La consecuencia lógica de la gigantesca elusión fiscal y de los bajos salarios son los déficits presupuestarios, que alimentan la deuda cuya reducción sirve para justificar las políticas de austeridad y los recortes. En la medida en que los servicios sociales se reducen, se suprimen o privatizan, las condiciones de precarización de la población aumentan, renovando un interminable círculo deflacionista. Mientras, las rentas por deuda pública son un gran negocio y su cobro se garantiza a través de organismos como la Troika o incluso con reformas constitucionales.

El gigantesco fraude social organizado en beneficio de la plutocracia rentista suele también ocultar que una proporción creciente de las rentas corporativas deriva del monopolio de ingresos que garantizan patentes, copyrights, marcas y otras formas de propiedad intelectual. Las grandes corporaciones se han acostumbrado a que buena parte de sus beneficios deriven de comprar la inventiva ajena. Hoy día están en vigor cerca de doce millones de patentes que sirven para vivir de las rentas que proporciona el uso de bienes y procesos registrados;unas rentas garantizadas durante al menos dos décadas, que se calcula proporcionan unos ingresos anuales de alrededor de 15 billones de dólares, es decir cerca del 20% del PIB global. Por otro lado, para garantizar los ingresos de negocios internacionales en muchos de los cerca de tres mil tratados de comercio en vigor, se establecen comisiones arbitrales que posibilitan arrebatar a los tribunales de justicia las decisiones, en caso de que un cambio legislativo pueda suponer una perdida de beneficios para fondos e intereses privados. Tales tribunales de arbitraje dejan en manos de abogados corporativos la representación de los intereses estatales y empresariales. Otro sistema de Troika donde el papel del presidente del Banco Mundial es decisivo para nombrar al tercer juez en discordia. No hace falta una gran imaginación para aventurar los resultados de semejante sistema de arbitraje. Dado que, según los estatutos, el presidente del Banco Mundial debe ser estadounidense hasta la fecha, Estados Unidos nunca ha perdido un pleito, pero si lo han hecho muchos Estados frente a las grandes corporaciones. Ya veremos, por ejemplo, cómo se resolverán en el Ciadi las reclamaciones corporativas contra España por el cambio de la política de subvenciones a las renovables.

El desmantelamiento del Estado de Bienestar o la comodificación de la educación y de la empresa, ha impulsado un cambio hacia un modelo de sociedad que precariza a buena parte de la ciudadanía. La precarización laboral ha ido conduciendo a una precarización social que a su vez ha abierto el camino a la precarización política. Un número creciente de la población percibe una perdida en relación al pasado y en diferentes países Estados Unidos, Francia, Austria, Holanda, Finlandia… la clase obrera precarizada se ha ido plegando a los cantos de sirena del populismo neofascista. Otra parte de la población precarizada interpreta que ha perdido el futuro aunque aspira a un paraíso progresista. Es el prekariado de los denominados indignados que apoya a Podemos en España o a 5 Stelle en Italia o que agrupa a la juventud abstencionista. Si no queremos ser devorados por un sistema cuyo objetivo es perseguir el máximo beneficio y para el que las personas son meras cifras en un balance de cuentas, parece razonable pensar que necesitamos nuevos instrumentos para devolver la economía a la sociedad y recuperar la dignidad de las personas más precarizadas. Ofrecer seguridad, estabilidad y posibilidades para poder decir no a trabajar en condiciones infames o para no ser maltratados mediante procedimientos burocráticos degradantes. Tal vez entonces podamos reconducir el proceso de desintegración que amenaza a la Unión Europea.

En ese contexto, la propuesta de una Renta Básica Incondicional Europea (RBI) merece ser considerada seriamente. Allí donde se ha experimentado, los resultados demuestran que la RBI ha tenido unos enormes efectos emancipatorios y que sus perceptores la han utilizado para mejorar su calidad de vida y el de sus comunidades, aumentando su productividad y dedicación al trabajo. Datos que contradicen las visiones distópicas neoliberales que la vinculan a individuos y comunidades entregadas a la disipación. Por otro lado, la creación de Fondos de Capital Soberanos, como hicieron Noruega o Alaska, también pueden ser instrumentos para canalizar el ahorro y las pensiones hacia un beneficio social. Una iniciativa que Euskadi también debiera plantearse. Los inmensos beneficios que acumulan unos pocos se sustentan en el legado comunitario de muchas generaciones y buena parte de los réditos corporativos se han hecho posible mediante inversiones educativas y en infraestructuras públicas. Es una cuestión de justicia social que parte de los beneficios de la globalización se repartan y es un disparate social que, como está ocurriendo, suceda lo contrario. Que, por ejemplo, a alguien que percibe ayudas sociales al acceder a un empleo se le penalice con un tipo impositivo del 70% o que la secretaria de Warren Buffett o de una mayoría de magnates paguen más impuestos que sus jefes.

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