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Entre todos lo mataron…

Por José Antonio Bueno Olivares - Jueves, 15 de Junio de 2017 - Actualizado a las 08:00h

LA caída del Banco Popular es, sin duda, una mala noticia para el sistema financiero español compensada, en parte, por la agilidad del Santander en aprovechar la oportunidad. La noticia para el conjunto del sistema es neutra o incluso positiva, pero pésima en lo relativo al fin del Popular.

No hay duda de que el balance del Popular tenía problemas. Entró demasiado tarde y de manera muy agresiva en el crédito promotor, adquiriendo después un banco con problemas, Pastor, a un precio alto y sin solicitar ayudas. El resultado fue un balance que era necesario sanear y, a diferencia de otros competidores, el Popular no contaba con filiales fuera de España o cartera industrial que aportase dividendos por lo que la digestión iba a ser necesariamente pesada y larga, toda vez que no logró, ni buscó, ayuda alguna. Solo una hipotética recuperación del mercado inmobiliario podría contar a su favor y eso requería sobre todo tiempo y tranquilidad.

El Popular fue auditado y estresado varias veces y, aunque sus notas no fueron de matrícula de honor, ni el Banco de España, ni la EBA ni el BCE alertaron de una situación de crisis, ni mucho menos de riesgos terminales. Es más, es un hecho objetivo que varios bancos alemanes e italianos tienen una solvencia bastante peor. El auditor, como viene siendo habitual, firmó sin salvedades (¿alguien sabe para qué sirven los auditores?). Tenía una enfermedad seria, pero podía vivir con ella y, con un poco de fortuna, hasta salvarse.

Durante años, los distintos intereses representados en su consejo estaban absolutamente alineados y, sin duda, esta situación constituía una auténtica fortaleza de la entidad. Pero algo se torció y comenzaron a producirse unas tensiones que poco a poco se fueron haciendo públicas. Parte del accionariado se acostumbró a usar los medios de comunicación para airear las diferencias y mostrar las vergüenzas del banco para así debilitar a la otra parte del consejo, llevándose por delante primero al consejero delegado y luego, en algo muy parecido a un linchamiento público, al propio presidente. Lejos de calmarse la situación con la salida de Ángel Ron, los rumores y filtraciones fueron en aumento, facilitando la labor a especuladores profesionales que hicieron su agosto en una presa fácil. Al menos el 12% del capital del banco estaba en manos de especuladores que apostaban por la caída del valor: el accionista contra su propio banco, maravillas de las posiciones cortas. El valor de la acción fue cayendo, se supone que de acuerdo con los intereses de quienes querían realizar una ampliación de capital o una venta. Nadie protegió la acción, como nadie protegió al banco de filtraciones interesadas o como poco imprudentes que fueron laminando el principal activo de toda institución financiera: la confianza.

Ni el mayor de los bancos del mundo, ni el más solvente ni el más saneado puede soportar el pánico de sus depositantes. Un banco es una entidad que capta dinero de unos clientes para prestárselo a otros y que expone su dinero, en forma de capital, por si alguno de los clientes a quienes ha prestado no puede devolver. Pero los depositantes son libres de retirar su dinero cuando les plazca porque el banco está pensado para que estadísticamente siempre haya liquidez. Un depositante no se compromete a tener su dinero 20 años en un banco, por mucho que el banco formalice hipotecas a 20 años, pero siempre hay dinero disponible. Bueno, siempre... que no se produzca una estampida. Y parece que eso es lo que ocurrió en el Popular. Tanta noticia, tanto rumor, tanto fue el cántaro a la fuente, que los depositantes comenzaron a temer por sus ahorros, especialmente desde que el 31 de mayo en el que desde la Junta de Resolución Bancaria se filtró que estaban siguiendo atentamente la evolución del Popular. Tras ese mensaje, los medios explicaron qué se entendía por resolución y se recordó que los depositantes tienen asegurados un máximo de 100.000 euros. Poco importa que sea 100.000 euros por persona y entidad y en balance, es decir, se salvan los fondos de inversión y los planes de pensiones y el límite es por persona y entidad bancaria. Escuchar ese mensaje es suficiente para que mucha gente, no solo quienes tenían liquidez superior a 100.000 euros, haya querido sacar todo su dinero. Para acabar de rematar al banco, cuando comenzó la estampida nadie dio la cara tratando de contenerla y la sangría parece que fue mayúscula. Se esfumaron más del 20% de los depósitos en menos de dos meses, probablemente en cuestión de días.

La muerte de un banco por falta de capital es lenta y permite varias soluciones, pero por falta de liquidez es casi instantánea y solo cabe la intervención para evitar que el pánico se contagie y el problema pase a ser de todo el sistema. El Banco Popular no murió por sus problemas de balance sino por un shock de liquidez producido por el temor de sus depositantes a perder sus ahorros, dejando bien claro cuál es el valor fundamental que un banco nunca puede perder: la confianza. Un banco sin confianza no es absolutamente nada. Y tanta noticia, tanto rumor, tanta filtración acabaron con la confianza en el banco, que no murió de “una larga enfermedad”, que probablemente tenía, sino por un infarto fulminante.

La muerte la decretó un nuevo organismo europeo, el Mecanismo Único de Resolución, una especie de super-FROB europeo. Desde Europa se dictó sentencia contra los accionistas, bonistas y tenedores de otros instrumentos de capital, librándose a los depositantes con más de 100.000 euros en el balance del banco. Ha sido la primera intervención de este mecanismo, uno de los pilares de la unión bancaria europea. Sin duda, caben muchas preguntas, especialmente para quienes han perdido todo su dinero. ¿Tiene potestad real este mecanismo para hacer lo que se hizo en escasas horas? ¿No hay derecho a réplica o al menos a opinar? Esto no es una expropiación, porque no hay un justiprecio, es una confiscación o una usurpación, se supone que por un bien común superior, la estabilidad del sistema financiero. Sin lugar a dudas, este procedimiento abre la puerta a reclamaciones de todo tipo, contra los anteriores administradores que promovieron una ampliación de capital aparentemente insuficiente, contra los últimos administradores a quienes el paciente se les murió entre las manos, contra el Banco de España, contra el MUR, contra el BCE, contra la EBA y todos los supervisores… Pleitos que tal vez resarzan en parte a los accionistas, pero que no devolverán a la vida a una de nuestras entidades históricas.

En este proceso, el Banco Santander ha sabido aprovechar la oportunidad y ha firmado una operación que salvo sorpresa mayúscula es tremendamente positiva para ellos. No tienen culpa alguna, pero puede que les salpique alguna querella porque son herederos de activos y pasivos, incluidos litigios, del Popular, y es más que probable que quienes se querellen contra directivos del Popular pidan que este será responsable civil subsidiario y por continuidad de negocio recaerá esta responsabilidad en el Santander. Pero, con pleitos o sin ellos, parece una excelente jugada por su parte que, además, contribuye a la estabilidad del sistema financiero español.

En resumen, un balance con problemas, un consejo dividido, intentos de hacer bajar la acción, accionistas jugando a la contra, gestión mejorable de la comunicación, filtraciones por doquier… Entre todos lo mataron, pero solo el Popular murió. El resultado, tenedores de cualquier instrumento de capital que han perdido todo y bastantes empleados en la calle. Porque si algo tienen las integraciones bancarias es que no generan empleo sino más bien al contrario.

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