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Hipocresía ante el terrorismo yihadista

Por José Luis Úriz Iglesias - Lunes, 12 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Columnista Jose Luis Uriz

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Columnista Jose Luis Uriz

UN nuevo escalofrío recorrió el espinazo de la vieja Europa el pasado día 6, justo después de la final de la Champions y en plena euforia de la hinchada madridista. Es una de las contradicciones de este mundo cruel, que sigue girando a pesar de los terribles acontecimientos, de los asesinatos, porque a nadie se le ocurrió suspender las celebraciones de la duodécima copa del Real Madrid para solidarizarse con las víctimas de Londres. Nadie transformó la inmensa alegría de ser campeón de Europa para intentar sentir un poco del dolor de las víctimas y familiares de una tragedia ocurrida apenas a unos kilómetros de allí. Pone de manifiesto uno de los dramas de nuestros tiempos: a casi nadie le importa un carajo el dolor ajeno. Vivimos en una sociedad hipócrita, sin capacidad de empatizar, en la que las lágrimas de cocodrilo se imponen al sentimiento real y sincero.

¿Cuántos de los que ahora lloran a esas víctimas en las redes sociales o en los comentarios de bar, peluquería, o carnicería se sintieron implicados a los pocos minutos de que Sergio Ramos levantara La Orejona en Cardiff con lo ocurrido en la capital de Inglaterra? ¿Hubo realmente alguno que lo sintiera sinceramente? ¿O somos todos realmente unos hipócritas?

Es cierto que el terrorismo islamista indiscriminado es brutal, abominable y condenable. Eso de socializar el dolor lo conocemos muy bien por aquí, especialmente en la época más brutal y sanguinaria de ETA. Pero también en esta ocasión esa misma socialización del dolor produce sufrimiento en ambas orillas.

Esa hipocresía de la sociedad acalla de la misma manera las voces que al igual que condenan esta barbaridad, que abominan de ese terrorismo salvaje, lo hacen con los bombardeos indiscriminados en Siria o Afganistán y con las miles de víctimas que yacen en el fondo de un mar Mediterráneo convertido en una inmensa fosa común de seres inocentes que huyen de una guerra provocada por una panda de criminales irresponsables. Esos que luego dirigen los coros de plañideras serviles en ocasiones como esta.

Uno de los pocos terroristas detenidos vivos, porque las diferentes policías disparan primero y preguntan después, cuando el trabajo bien hecho sería detenerles con vida para obtener la mayor dosis de información, declaró en su momento haberse hecho yihadista viendo en los informativos de televisión los niños, niñas y mujeres muertos (¿o debemos decir asesinados también?) en las ciudades de Siria como consecuencia de las miles de bombas que se les vienen encima, lanzadas por los ejércitos de Al Assad, Rusia, Francia, o Estados Unidos.

Esa población civil inocente, al igual que la de París, Bruselas, Mánchester, Londres o anteriormente Madrid, también sufre las consecuencias de esa brutal guerra. Las sufren allí y las sufrimos aquí, porque sus jóvenes, de manera cruel y criminal sí, intentan hacernos pagar lo que nuestros mayores les hacen a los suyos. Quizás a los analistas sesudos que buscan razones para este criminal yihadismo les falte tener en cuenta este hecho.

No tiene solución. Mientras desde las televisiones occidentales vomiten imágenes en los telediarios de aquella brutalidad, tendremos aquí la suya. Mientras existan jóvenes dispuestos a morir matando para vengar a los suyos, esa socialización del sufrimiento la pagarán nuestras gentes. Solo parando aquello se parará esto, porque la ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente nos está llevando a esta escalada de violencia. Si contestamos su brutalidad con la nuestra, si a los muertos de Mánchester y Londres le añadimos los de Alepo o Raqqah, jamás pararemos esta espiral. Esa política de endurecer las leyes incluso, como afirmó la pasada semana Theresa May, eliminando el respeto a los derechos humanos, no soluciona el problema y probablemente solo nos haga dirigirnos peligrosamente hacia situaciones prefascistas.

Que ante los errores evidentes de seguridad cometidos por Scotland Yard solo se les ocurra incrementar el número de vigilados, aumentando a los miles y miles que ya existen un puñado más, para por este camino acabar añadiendo a todo aquel que se sospeche musulmán resulta muy peligroso. Porque ese Estado paranoico lleva a romper la regla básica de la democracia que señala que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario sustituyéndola por todos los musulmanes son culpables hasta que demuestren lo contrario.

En todo caso, ha surgido del atentado de Londres una figura política potente, especialmente ante tanta mediocridad existente en el tiempo actual en el Reino Unido, el alcalde de Londres, Sadiq Khan, un musulmán equilibrado, sensato y valiente que se mostró desde el primer momento a favor del aborto y de los plenos derechos de la mujer y que ha suscitado la ira del patán americano.

Que justo después de la tragedia fuera objeto de los dardos de un infantil Donald Trump a través de su Twitter, más ese desprecio silencioso que tuvo como respuesta, le ha granjeado la simpatía de medio mundo. A diferencia de una Theresa May rendida ante el energúmeno de Washington. Aún resuenan las palabras del alcalde ante la visita de Trump al Reino Unido: “No creo que debamos extenderle la alfombra roja al presidente de Estados Unidos cuando sus políticas van en contra de todo lo que defendemos”, declaró con valentía Khan, ante la actitud condescendiente de May.

Una Theresa May que ha pagado cara su prepotencia de convocar unas elecciones para arrasar, encontrándose con un resultado adverso y un renacer del laborismo que permite o a su líder, Corbyn, salir vivo de la cita electoral cuando hace unas semanas parecía un cadáver político. Corbyn, Mélenchon y Sánchez más Costa en Portugal auguran un renacer de la izquierda cuando casi todos la daban por desaparecida.

De las previsiones de hace un mes a los resultados reales existe un abismo, de la holgada mayoría absoluta que May pretendía incrementar ha pasado a una mayoría relativa. Unos resultados que auguran a una May precipitada en el abismo, en un acto de inmolación por sus compañeros de partido. Y esta imprevista nueva situación abre un horizonte de esperanza a Europa y pone en cuestión al manido Brexit.

Como síntesis final y desde la condena más contundente del atentado de Londres, debemos hacer un llamamiento a la cordura, a la sensatez de los que pueden parar esto para que lo hagan. A quienes tienen capacidad de presionarles desde instituciones, grupos sociales, políticos, económicos e incluso religiosos para que empujen en esa dirección.

Solo actuando en el origen del conflicto, acabando con una guerra estéril, evitando el horror, como señalaba Conrad en El corazón de las tinieblas en boca del coronel Kurtz, conseguiremos evitar el odio de esos jóvenes suicidas. El odio no se combate con más odio. Tampoco convirtiendo Occidente en una fortaleza inexpugnable y protegida a costa de no respetar los derechos humanos que en los últimos años ha sido su bandera más preciada. Porque siempre habrá alguien dispuesto a inmolarse por Alá.

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