triunfo en Roland Garros

La décima sinfonía en París

Rafa Nadal levanta su décimo Roland Garros tras una final en la que domina de forma incontestable a Stan Wawrinka. El balear cierra el torneo sin ceder un set por tercera vez

Roberto Calvo - Lunes, 12 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Rafa Nadal posa con la Copa de los Mosqueteros en la ceremonia que resaltó su conquista de ayer en Roland Garros.

Rafa Nadal posa con la Copa de los Mosqueteros en la ceremonia que resaltó su conquista de ayer en Roland Garros. (Foto: Afp)

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Rafa Nadal posa con la Copa de los Mosqueteros en la ceremonia que resaltó su conquista de ayer en Roland Garros.

Bilbao- Las lágrimas de Rafa Nadal mientras esperaba la entrega de la Copa de los Mosqueteros eran las lágrimas, la emoción, de un campeón que tocó fondo y supo parar y empezar de nuevo para volver al camino de los campeones, el del sacrificio y la humildad. Tres años después, el tenista de Manacor vuelve a ser ganador de Grand Slam, el decimoquinto de su carrera, el décimo en la tierra batida de Roland Garros que ayer se rindió ante lo que es una de las grandes proezas de la historia del deporte. Si en enero en el Abierto de Australia le apartó del reencuentro con la gloria la mejor versión de Roger Federer, en París Nadal ha dictado las normas con un torneo impecable, una demostración de autoridad desde el primer al último día como pocas veces se ha visto en el tenis.

El balear ha ganado La Décima en diez finales disputadas, la perfección. Nadie en la Era Open ha ganado diez veces el mismo Grand Slam. Solo Margaret Court lo logró en el Abierto de Australia en 1971. Dos jugadores, Robin Soderling en 2009 y Novak Djokovic en 2015, han podido derrotar a Nadal sobre la arcilla de Roland Garros. Seis rivales diferentes ha tenido en sus diez finales y apenas han podido robarle seis sets. Tampoco pudo Stan Wawrinka, que dispuso de una bola de ruptura en el tercer juego de la final de ayer y ni una más en todo el partido. El suizo, uno de los que aprovechó las ausencias de Nadal para ganar el Grand Slam de la arcilla, sabía que tenía que coger ventaja al inicio para tratar de poner algo de presión a su rival, pero no pudo.

Nadal ya tuvo cuatro pelotas de rotura en el cuarto juego, que Wawrinka se anotó tras casi diez minutos de dura pelea. En el sexto juego, el balear quebró el saque por primera vez y se hizo con el control. Puso al de Lausana metro y medio por detrás de la línea de fondo y le martirizó con la potencia de sus golpes. Del temido revés de Wawrinka apenas hubo noticias. “He intentado todo, pero no ha salido”, reconoció el tenista helvético, que encontraba a Nadal allá donde tiraba la pelota. Casi siempre volvía hacia su lado y eso acaba siendo una tortura mental. Porque vuelve a tener las piernas, pero sobre todo la cabeza y la ambición para recuperar el terreno perdido.

Sin fisuras Pese a menos de un 50% de efectividad en el saque, Rafa Nadal se anotó el primer set con dos rupturas. Una tercera consecutiva le dio el mando definitivo en el segundo parcial cuando los números empezaban a ponerse claramente de su lado. Los golpes ganadores fueron creciendo mientras Wawrinka se agarraba a la pista en busca de una oportunidad que no llegaba. Nadal era un bloque sin fisuras y cuando el segundo set también tuvo su nombre la final quedó vista para sentencia. Iba a durar lo que tardara Wawrinka en bajar los brazos. Porque el campeón no iba a aflojar ni mostrar condescendencia con el jugador que le ganó en la única final de Grand Slam en la que se habían encontrado.

El suizo apuntó a elevar su agresividad, a matar o morir, pero volvió a ceder su saque en blanco en el segundo juego y Rafa Nadal, sirviendo al 81% y con solo un error no forzado en el tercer parcial, puso la directa hacia otra victoria incontestable en este Roland Garros que le ha colocado en la perfección, si es que existe. “Simplemente, demasiado bueno”, asumió Magnus Norman, entrenador de Stan Wawrinka hasta ayer.

Nadal lloró, se emocionó y se sorprendió por el homenaje que le había preparado la Federación Francesa. Cuando su tío Toni le entregó una réplica del trofeo que se quedará en propiedad, cobraron sentido los esfuerzos de un tenista al que muchos daban ya por acabado y las palabras de su entorno, incluso en los momentos de mayor debilidad, en el sentido de que podía ganar otro Grand Slam. En Roland Garros tenía que ser donde, quizás, la carrera de Rafa Nadal haya empezado de nuevo.

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