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Las tres personas que Agirre pidió no olvidar

Por Iñaki. Anasagasti - Domingo, 11 de Junio de 2017 - Actualizado a las 08:43h

Columnista Iñaki Anasagasti

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Columnista Iñaki Anasagasti

SANTIAGO Aznar fue el primer consejero de Industria del Gobierno vasco presidido por Aguirre en 1936. Secretario general de la UGT de Bizkaia, había sido concejal del Ayuntamiento de Bilbao y miembro de la Junta de Defensa. Con Juan Gracia y Juan de los Toyos fue uno de los tres socialistas de aquel histórico gobierno. Dimitió en 1946 por haber tratado de cumplir como socialista la cláusula de la obediencia vasca pedida por el PNV y evitar, como quería Prieto, que en el exilio desaparecieran las instituciones de la República, incluido el Gobierno vasco. Le acusaron de aguirrista por su fidelidad al lehendakari y este, dimitido Aznar, le envió a Londres a estudiar las nacionalizaciones que hacía Clement Attlee para aplicarlas en Euzkadi en la inmediata vuelta, desaparecido Franco. No pudo ser.

Yo le conocí en Caracas, donde era apreciado y respetado. Andar detrás de su nieta me obligaba a ver al abuelo, que vivía en el primer piso del edificio Mirentxu, antes de ver a la nieta que vivía en el Pent House, con lo que pasé horas hablando del socialismo, de la guerra, del exilio, del viaje del oro del Banco de España a Odesa con una tripulación vasca, de los consejos de gobierno en el Carlton... en definitiva, de una historia apasionante y riquísima que le pedí varias veces que escribiera.

Al final se rindió y me dijo que solo lo haría si el lehendakari Leizaola se lo autorizaba, ya que había situaciones delicadas. Para mi gran sorpresa, en un carta va, carta viene, Leizaola le pidió que hiciera el esfuerzo diciéndole que una persona como él, que siendo socialista había presentado en el Consejo de Gobierno en octubre de 1936 que los barcos de la flota enarbolaran la ikurriña como bandera oficial del gobierno, tenía mucho que contar. Y comenzó a escribir, pero falleció en 1979. A los socialistas vascos, les digo y reprocho que no investiguen y difundan la historia de su partido y que todo se quede en Ramón Rubial, cuando tienen por ejemplo asimismo a Zugazagoitia, diputado por Bizkaia, concejal, director de El Socialista, ministro de la República y fusilado por Franco. Pero no hay manera.

Un día fui donde Aznar a que me contara la caída de Bilbao en manos de las tropas franquistas, ya que había leído en el libro De Guernica a Nueva York pasando por Berlín varias líneas en las que el lehendakari decía: ”Nos repartíamos en dos grupos. Uno, en el que estaba yo, se dirigió a Trucíos, última localidad en tierra vasca a unos treinta kilómetros de Bilbao, desde donde dirigíamos los trabajos de evacuación. El otro grupo, constituido en Junta de Defensa Provisional, lo formaron tres ministros con el general del Ejército Vasco, los cuales permanecieron en Bilbao hasta el último momento. Cuando me despedí de ellos no creí que volvería a verlos. A Leizaola, Aznar y Astigarrabia -tres nombres que los vascos no deben olvidar- se debió la dignidad con que se desarrollaron los últimos momentos de Bilbao. Obedeciendo órdenes, los batallones vascos abrieron las cárceles y condujeron a cerca de los mil prisioneros políticos hasta las líneas enemigas, después de haber hecho cesar el fuego”. Esto pedía el lehendakari, que no se les olvidara, pero preguntas hoy a cualquiera por estos nombres y nadie tiene ni idea de ellos y de lo acontecido hace exactamente ahora ochenta años.

Con la mosca en la oreja, pregunté a Santiago Aznar por qué en el libro del corresponsal inglés Steer El Árbol de Gernika solo aparecía Leizaola en una magnifica descripción que relataba aquellos momentos. ”Si que aparecí -me contestó-, pero Aguirre le pidió a Steer que la quitara porque me ponía a bajar de un burro. Yo me había quejado de la continua presencia del periodista inglés en el Carlton y debí decir que más parecía un agente del servicio secreto británico que un corresponsal del Times y esto le enfureció. Creo que debía ser verdad, cosa que no está mal, porque gracias a su denuncia del bombardeo de Gernika, el mundo supo de aquella barbaridad. Pero sí, Leizaola estuvo en el Carlton y yo, en el hospital de Basurto, ocupándome preferentemente de la margen izquierda, donde teníamos mucha fuerza y evitamos se volara toda la industria. Mi hermano Julio, que era un socialista muy importante y activo y era el director de Parques (material de guerra) en el Departamento de Defensa, se ocupaba de toda la cartuchería, morteros, fusiles, mosquetones, carabinas, espoletas, granadas, detonadores, bombas de mano, revólveres y escopetas, en fin todo lo que nos quedaba de existencia, y logró evacuar todo ese material a Santoña para mantener el Ejército Vasco y que no fuera utilizado en destruir la industria de la margen izquierda”.

Leizaola, desde el Carlton, controló la voladura de los puentes y evitó que, entre otros lugares, se destruyera la Universidad de Deusto. Dinamiteros asturianos habían horadado en su fachada huecos para poner la dinamita. Esto, injustamente, nunca se lo ha reconocido esta Universidad. Hablando del ambiente del Carlton, Aznar me comentó la importancia de aquel Gobierno de concentración, que no votó nunca y lo consensuó todo y que creó de la nada una eficiente administración siendo lo primero que decretó la creación de la Universidad Vasca, en plena guerra.

Aznar, en esta conversación, me dio una copia de la última acta de aquel gobierno en Lehendakaritza. En esa reunión del 16 de junio de 1937, a las 10.30 de la mañana, se reunió todo el Gobierno vasco, salvo el consejero Espinosa, con el Estado Mayor y diversos militares. Por lo que se lee, es una reunión versallesca, donde todos se trataban de usted y analizaban lo poco que les quedaba y la escasez de armamento para seguir con la lucha. Fue cuando decidieron evacuar la villa.

La parte final de aquella acta dice lo siguiente:

“Preguntado el mando militar sobre la conveniencia que para los fines ulteriores de la guerra puede representar el que muera el ejército en esta defensa imposible de Bilbao, o de rescatar la parte posible de ejército para trasladarlo a defender otras líneas que pudiera establecerse a retaguardia de Bilbao, el mando ha entendido, que agotando la posibilidad de resistencia, interesa fundamentalmente la recuperación de este ejército para la defensa de otras líneas y otras posibles acciones combativas si se alteraron los recursos de que actualmente se dispone.

Examinada la necesidad de las destrucciones que imponga la defensa de Bilbao, expuesto al criterio del Gobierno de que deben limitarse a lo militarmente razonable, el mando se ha hecho cargo del deseo significado por el Gobierno de que las destrucciones no deben exceder de lo que reclamen las exigencias de la lucha, ya que el aniquilamiento total de la industria y de la edificación sería organizar el hambre para el momento de la victoria.

Después de examinadas otras cuestiones menos transcendentes aunque relacionadas todas con la mayor resistencia posible que se pueda oponer al enemigo, y señalándose que la reconquista de Santo Domingo, Monte Abril y Santa Marina, y el evitar la conquista por parte del enemigo de las posiciones de Arlotegui, Pagasarri y demás de la línea izquierda del Nervión deben ser objeto de los mayores sacrificios, se levantó la reunión, extendiéndose la presente acta-informe, que firman por duplicado los excelentísimos señores presidente del Gobierno de Euzkadi y general jefe del Ejército de Euzkadi”.

El acta, como, se ve es muy interesante. Aznar hacía hincapié en la decisión del Gobierno vasco de no destruir la industria pesada, los astilleros, los talleres y todos lo que era la riqueza organizada del país, pues la vida continuaba y si se hacía quería decir que daban por hecho la pérdida de la guerra y daban asimismo por hecho que los que se quedaban debían pasar hambre y nuestra industria trasladada a otros lugares ya que el militar invasor entraba en Bilbao a sangre y fuego.

De allí se fueron a Trucíos, donde el lehendakari firmó su conocido llamamiento a seguir en la lucha aunque, momentáneamente, nos hubieran ganado, pero nunca ganarían “el alma del pueblo vasco. Jamás”.

Hace unos años, el lehendakari Ibarretxe celebró un consejo de gobierno en el palacete donde se alojó aquel gobierno derrotado. Ochenta años después, se podía volver a reunir el actual gobierno para decirle a las nuevas generaciones que aquella lucha continúa porque, efectivamente, el alma del pueblo vasco nunca fue conquistada y en aquel día, el gobierno hizo lo que era su deber hacer.

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