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Tiempo de mudanza

Por Joaquín Arriola - Viernes, 9 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

columnista Joaquin Arriola

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A principios de los años 50, cuando Estados Unidos diseñaba el nuevo orden mundial y perfilaba el papel de Japón y de Europa Occidental en la contención del comunismo, la población del G7 (466 millones) y la de China (544 millones) era bastante similar. Pero desde entonces, la población el G7 ha pasado de ser un 18% del total mundial a apenas el 10%, mientras que los 1.300 millones de chinos representan el 19%, una disminución de tan solo tres puntos desde 1950, a pesar de la persistente política antinatalista seguida hasta hace un par de años en ese país.

Estados Unidos ha pasado de dominar por el comercio en los años 50 a dominar por las inversiones en los 70 y desde los años 90 su predominio militar sirve para salvaguardar una dominación económica basada cada vez más en la moneda y las finanzas. Pero cuando el poderío económico se expresa en la captación de las rentas financieras de los fondos de inversión y la acumulación de capital ficticio mediante la gestión de las transacciones en derivados financieros, es un claro signo de agotamiento de un ciclo histórico de hegemonía que es lo que el presidente Trump se niega a aceptar, provocando un grave conflicto con los sectores del capital financiero y cultural norteamericano que aún ejercen mando en plaza en los cinco continentes, o casi.

El magro balance de la reciente cumbre del G7 es consecuencia del vano empeño de quienes pretenden marcar las normas globales desde los parámetros institucionales y de poder de finales del siglo XX, como sí aquí no hubiera pasado nada. Y vaya si ha pasado: desde la victoria del capitalismo liberal sobre el comunismo soviético, mientras los vencedores se las prometían muy felices, hablando del fin de la historia y tal, un quinto de la población mundial daba en China un giro estratégico en su forma de producir y distribuir para reorientar en su provecho la economía mundial, hasta entonces dominada por Estados Unidos. Desde que se proclamó que el fin del comunismo soviético era el fin de la historia, la China del comunismo posmaoista ha pasado de tener menos del 1% del comercio mundial a más del 11%. Mientras, los países del G7 han visto declinar su cuota de más de la mitad del comercio mundial a apenas un tercio del total.

Paradójicamente, lo que está poniendo en cuestión la supremacía del capitalismo liberal estadounidense es otra forma de capitalismo administrado, que se está demostrando más eficaz para lograr altas tasas de crecimiento, de resistencia ante la crisis mundial, de cambio de modelo productivo y de transformación social. En los últimos veinte años, China ha reducido sus tarifas proteccionistas en productos manufacturados desde el 21,7% al 7,7%;la India, del 37,6% al 8,5%;Rusia, del 14,7% al 4,6%;parece pues un poco pretencioso que el G7 se autoproclame adalid del libre comercio cuando son precisamente los países de capitalismo administrado los que están desmantelando sus barreras proteccionistas, y Estados Unidos quien amenaza con elevar las suyas.

Contra lo que pueda parecer, que la líder suprema de la Unión Europea, Angela Merkel, diga que no se puede fiar de sus socios angloamericanos y a las pocas horas se reafirme en que Estados Unidos es un socio incuestionable, no es una contradicción lógica sino expresión de la compleja dialéctica geopolítica del momento. Lo que quiere decir Angela Merkel es que necesita a Estados Unidos, pero no a Trump y sus propuestas para redefinir el orden internacional.

Alemania ha sido capaz, mediante una política que combina restricciones salariales, ajustes presupuestarios, una moneda devaluada y la reinversión de los crecientes beneficios empresariales en mejoras de capacidad productiva, de lograr un enorme superávit comercial. Este exceso de ventas solo se sostiene con el mantenimiento de la austeridad interna, generando así un ahorro que les sirve para financiar las compras de productos alemanes por el resto del mundo. Pero esto funciona a corto plazo, porque en una perspectiva más larga, ningún país puede garantizar que va a recuperar los créditos comerciales, sobre todo si estos son muy abultados, si no dispone de cierta capacidad de presión sobre sus clientes altamente endeudados.

Hasta ahora, Alemania tenía garantizada la “capacidad de presión” gracias al amigo americano, a través de la OTAN y el FMI, en un contexto de guerra fría en la que la República Federal Alemana era muro de contención y contramodelo para la Europa del centro y del este. Pero desde la absorción de la República Democrática Alemana en la RFA y de Centroeuropa en la UE, Alemania se encuentra en un dilema y fluctúa entre generar nuevas formas de tensión con la Rusia postsoviética, para poder seguir apoyándose en sus instrumentos tradicionales de presión, o crear sus propio mecanismos para hacer políticamente sostenible su dominio comercial.

El único que le ha funcionado por el momento es el invento de la política de ajuste permanente en la Eurozona, instrumento de disciplina y de regulación de los desequilibrios comerciales alemanes con sus socios dentro de la moneda única. Pero en el entorno global solo existen los medios institucionales que puede poner a su disposición Estados Unidos. Por mucho que la cumbre italiana del G7 no haya logrado nada sustancial, si nos atenemos a las instituciones invitadas a la misma sí que ha demostrado que las instituciones internacionales de referencia para estos países siguen siendo las creadas en la posguerra por Estados Unidos: el FMI, el Banco Mundial y la OCDE. Y flotando por encima de todas ellas, la OTAN. Y lo que también ha quedado claro es que, perdida su hegemonía económica, Estados Unidos quiere cobrar por los servicios prestados.

Actuar como actor global requiere sustituir las instituciones del viejo orden por las de uno nuevo. El problema es que los perfiles de ese nuevo orden no están ni mucho menos dibujados en el actual escenario mundial y las propuestas europeas brillan por su ausencia, más allá de ofrecer la vieja receta de los tratados de libre comercio y ahora, los acuerdos en materia de energía y cambio climático. Aunque la partida se sigue jugando en el hemisferio norte del planeta, el nuevo enemigo a contener ha decidido jugar en defensa de las banderas enarboladas por el difunto “mundo libre”, esto es, el comercio, las inversiones y la disuasión militar. Y a diferencia de lo ocurrido en las décadas de dominio anglosajón, el hemisferio sur parece aceptar con menos resistencias, incluso con agrado, al nuevo socio global chino.

Para Alemania y la UE, la consolidación de las propuestas de Trump, dispuesto a librarse del papel tutelar sobre Europa para concentrarse en los nuevos desafíos globales de Asia, sería una pésima noticia. Embarrancada en el estancamiento permanente, sin propuestas eficaces de cohesión interna, sin instituciones globales que ofrecer al resto del mundo, enfrentada en Europa a su principal suministrador de energía, y con unas experiencias recientes desastrosas de intervención militar en Europa oriental y África que le restan credibilidad ante el resto del mundo en esta materia, es la UE -y Japón- quien más tiene que perder del declive político del G7 que denota el fracaso de la cumbre de Taormina.

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