Colaboración

Hartazgo y rebelión social

Por Fabricio. de Potestad Menéndez - Viernes, 9 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

EN las sociedades neoliberales, la proclamación cínica de la supuesta peligrosidad de las masas ciudadanas a las que, por tanto, es preciso mantener sujetas mediante un fuerte y coercitivo sistema judicial, se expresa en nuestra democracia mediante la denominadaley mordaza, que no tiene otra finalidad que sofocar cualquier movilización ciudadana que implique antagonismos sociales y económicos de cierta intensidad. Cualquier impulso que no conduzca a una resignada concordia entre las clases sociales es rápidamente contenido y desprestigiado mediante duras descalificaciones e incluso graves infundios. Maquiavelo en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio ya advertía de que los seres humanos nunca obran bien si no son obligados a ello y, en cambio, en cuanto pueden elegir libremente se origina el desorden social. En consecuencia, afirmaba que el fin justifica los medios, por lo que cualquier movimiento ciudadano, dado su contenido pulsional y egoísta, debía ser considerado censurable y, por ende, reprimido. En tal medida, la defensa de los intereses de la clase dominante se mantiene en la actualidad mediante osadas mixtificaciones y notorios sofismas morales que implican la obediencia, disciplina, sacrificio y resignación de las clases más desfavorecidas en favor del orden colectivo, que es en el que sin riesgo alguno se amasan las grandes fortunas y crece la pobreza. En suma: el sistema exige reducir y ajustar las aspiraciones materiales de las clases económicamente más débiles a sus necesidades más elementales.

La ética, obviamente, se ha manifestado siempre en contra de cualquier movimiento impulsivo o violento. Sin embargo, en la vida política la moral se expresa abusivamente como praxis represiva de cualquier movimiento social que no transcurra por los caminos previstos. Esto es, aunque el sistema sea injusto, este no puede ser puesto en cuestión. Lógicamente, esta flagrante contradicción hace que el sistema pierda racionalidad y precise en su refrendo de leyes coercitivas y cierta contención de la ciudadanía. Y así es como han permanecido y persisten inmutables los pobres en la suntuosidad de su pobreza y los ricos entre la chatarra de oro de sus opacas finanzas.

El darwinismo neoliberal conduce a semejantes niveles de desigualdad que el entramado ciudadano se sustenta en la falta de cohesión social, lo que es un serio peligro

Sin embargo, el darwinismo neoliberal conduce inevitablemente a semejantes niveles de desigualdad que, como consecuencia, el entramado ciudadano se sustenta en la falta de cohesión social, lo que supone un serio peligro que es preciso resolver. Si amplios sectores sociales no se sienten reconocidos como miembros de pleno derecho, sino que por el contrario son humillados constantemente mediante el desempleo, el miedo a perder el trabajo, los bajos salarios o el trabajo temporal, su frustración e indignación pueden alcanzar tal intensidad que no solo causen pacíficas movilizaciones sociales, clamando más justicia, más libertad y una profunda regeneración democrática, sino que, lamentablemente, ocasionen graves y violentos disturbios sociales.

Richard Wilkinson, en su libro Darwinismo hoy, hace una interesante aportación al señalar que las privaciones no solo son una cuestión relativa a las condiciones materiales de las personas, por duras que estas sean, sino que también impactan en la salud de la población más precarizada y en la calidad de las relaciones sociales. Desde una perspectiva sartriana, si todos tienen las mismas necesidades, en una sociedad desigual, las masas desfavorecidas se convierten en el infierno de las grandes fortunas y del poder financiero, pues lejos de resignarse a su infortunio, aspiran a tener empleo estable, salarios dignos, vivienda, comida, ropa y a participar democráticamente en la vida política. La negación de estas pretensiones representa un grave error, pues el conjunto de la ciudadanía constituye la más importante fuente de ayuda, asistencia, atención y protección, lo que indica que la calidad de las relaciones interpersonales es la base de la cohesión social.

Sin embargo, el fundamentalismo de mercado, en vez de rescatar a las clases precarizadas, las castiga con desempleo, salarios bajos, pensiones reducidas y servicios públicos de peor calidad. La consecuencia de tanta injusticia social explica la irrupción en mayo de 2011 del llamado movimiento de los indignados, que surgió del hartazgo ciudadano ante la desigualdad imperante y ante las políticas de recortes del PP, partido, además, salpicado por los continuos escándalos de corrupción. Ese desencanto dio lugar a la irrupción en el escenario político de Podemos, formación política que supo canalizar, en parte al menos, la enardecida y pacífica protesta social, a la que se sumaron las llamadas mareas o plataformas en defensa de los servicios sociales, la educación, la sanidad y la vivienda. Y en este mismo fenómeno social puede inscribirse lo que puede considerarse como la rebelión de la militancia socialista, que ha logrado restituir a Pedro Sánchez, superando arrolladoramente en votos al llamado aparato, a los barones y a la vieja guardia.

Curiosamente, algunos políticos, periodistas, politólogos y tertulianos de televisión auguran un futuro negro para el país, pero esta sospechosa profecía responde a una ceguera ideológica trasnochada que les impide interpretar correctamente la sociedad del siglo XXI.

COMENTARIOS:Condiciones de uso

  • No están permitidos los comentarios no acordes a la temática o que atenten contra el derecho al honor e intimidad de terceros, puedan resultar injuriosos, calumniadores, infrinjan cualquier normativa o derecho de terceros.
  • El usuario es el único responsable de sus comentarios.
  • Deia se reserva el derecho a eliminarlos.

Últimas Noticias Multimedia

  • ©Editorial Iparraguirre, S.A.
  • Camino de Capuchinos, 6, 5ºC Bilbao
  • Tel 944 599 100, Fax 944 599 120