Behatokia

Tiempos difíciles

Por Alberto Letona - Jueves, 8 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

TRES atentados con numerosas víctimas mortales en menos de tres meses, unas elecciones parlamentarias que muy pocos esperaban, una campaña electoral paralizada por el temor a nuevos crímenes, un país aún sin superar las divisiones que ha dejado el Brexity el más que probable choque de trenes político con Escocia dejan al Reino Unido en una posición difícil de encarar sin sobresaltos. El futuro ahora mismo no se presenta prometedor para los ciudadanos británicos, que tratarán de despejar algunas de las incógnitas en las elecciones que se celebran hoy. Ninguno de los dos posibles ganadores parece tener el carisma o la fuerza necesaria para sacar al Reino Unido del atolladero.

Déjenme que les entretenga con un poco de historia y de liderazgo político. En la cúspide del Imperio, es decir en la época victoriana, segunda mitad del siglo XIX, dos ministros, Gladstone y Disraeli, formaron sólidos gobiernos y sentaron bases firmes para la futura prosperidad y el desarrollo del estado del bienestar en las islas británicas (Irlanda era todavía parte del Reino Unido). Ambos eran diametralmente opuestos. William Gladstone, un tipo austero de mirada penetrante, era el líder del Partido Liberal. Firme defensor de los clásicos y de la Biblia, sus aires de superioridad moral enfurecían a su mundano contrincante, Disraeli. Gladstone, aunque poco proclive a las concesiones, era defensor de que los irlandeses gobernasen su destino político. Benjamin Disraeli, de ascendencia judía, estaba siempre dispuesto al halago. Su gran capacidad de oratoria, bregada en el desarrollo de la abogacía, le procuró una gran aceptación por parte no solo de sus colegas conservadores, sino de muchos ciudadanos. Cuando un miembro del Parlamento le acusó de tener ascendencia judía, Disraeli le contestó que sus orígenes estaban en el Templo de Salomón, mientras que los de su acusador estaban en una isla desconocida entonces y habitada por salvajes. Tanto Disraeli como Gladstone eran políticos de raza.

La reina Victoria, una mujer astuta que dirigió con éxito el país y el medio mundo que formaba su Imperio, sentenció entonces sin ningún tipo de duda que Gladstone la intentaba convencer de que era él y ningún otro el mejor gobernante que tenía el país. Disraelí, por su parte, siempre intentó convencerla de que era ella misma la mejor gobernante que había en el mundo. Así las cosas, no es difícil de adivinar cuál de los dos era el preferido de la reina Victoria. Por cierto, a pesar de la notable popularidad de la reina, las mujeres no pudieron votar en el Reino Unido hasta 1918. El derecho a voto se consiguió gracias a una encarnizada y formidable lucha de las sufragistas que tuvieron que sortear los obstáculos no solo de los conservadores, sino de la propia izquierda, que temía que las mujeres dieran su apoyo a la derecha.

El sistema de votoUna de las pocas novedades en estas elecciones es la vuelta al bipartidismo. El sistema electoral del Reino Unido favorece la hegemonía de los grandes partidos y castiga a los minoritarios. Se aplica la mayoría simple: gana el que más votos obtenga, aunque la diferencia sea de un solo voto. En el Reino Unido el voto ciudadano se gana casa por casa, hablando con los vecinos y convenciéndoles de las bondades de sus programas. No existen los grandes eventos de los partidos que se ven en otros lugares. E Inglaterra sigue teniendo un peso mayoritario en el conjunto del país. De los 650 miembros del Parlamento de Westminster, 533 salen de las circunscripciones inglesas. Escocia y Gales aportan 59 y 40 parlamentarios respectivamente. Irlanda del Norte tiene 18 circunscripciones e igual número de parlamentarios.

En estas elecciones, según los sondeos, ni los liberales ni los antieuropeístas del UKIP parecen contar mucho. El debate se centra entre la líder del Partido Conservador, Theresa May, y el líder laborista, Jeremy Corbyn. Hace un mes parecía que el triunfo de los conservadores iba a ser aplastante, ahora las cosas han tomado otro rumbo, aunque pocos ponen en duda la victoria, aún ajustada, de la candidata May.

Los candidatosTras el triunfo del Brexit, muchos esperábamos que el líder del UKIP, el carismático y petulante, Nigel Farage, encabezase la lista electoral de este partido furibundamente antieuropeísta, y capaz de acusar al alcalde de Londres, el laborista Sadiq Khan, de querer islamizar todo el país. El líder del tercer partido en votos (12,7%) ha declinado a favor de su colega, Paul Nuttall, quien no cuenta con el respaldo de muchos de sus militantes.

Este no es el caso de Tim Farron, un político bisoño de los liberales-demócratas que resultó elegido después de la renuncia de Nick Clegg hace dos años. Su capacidad de influencia y la de su partido en la actual política británica es muy modesta. La pasada alianza de su partido con los conservadores de Cameron ha supuesto una auténtica desbandada en esta organización política, que como suele suceder concita mucha simpatía pero pocos votos.

Si vamos a los pesos pesados de la política británica la sorpresa es, precisamente, su falta de peso. Jeremy Corbyn, jefe del Partido Laborista, ha tenido siempre la reputación de ser un militante activo y rebelde, incluso contra su propio partido. No recuerda con cariño los tiempos felices del Nuevo Laborismo de Tony Blair y de Gordon Brown. Aunque se le echó en cara su tibieza en la campaña contra el Brexit, Corbyn parece haberse afianzado en su liderazgo político, donde los sindicatos siempre le han apoyado.

Theresa May es la segunda mujer que ocupa el puesto de primera ministra en la historia del Reino Unido. May no ha sido votada para el puesto, accedió a él tras la dimisión de David Cameron el pasado junio. May, que hizo campaña a favor de la permanencia de su país en la Unión Europea, ha prometido una salida organizada, promesa que de momento parece poco real. Una victoria rotunda le puede afianzar en su puesto, y en su papel de negociadora del Brexit.

Los atentados Los dos atentados de Londres y el de Mánchester no solo han dejado un cruel reguero de sangre. Ver al ejército británico armado en la calle era más propio de Belfast o de Derry hace treinta años y ahora lo es también en la capital. La campaña electoral ha sido notablemente perturbada por los ataques terroristas. Tan solo Francia ha sufrido con la misma intensidad la violencia. Aunque algunos se quieran poner la venda, es difícil no percibir las desigualdades y la falta de adaptación por parte de muchos hijos de inmigrantes que viven en los grandes suburbios de las ciudades inglesas: Londres, Birmingham, Mánchester o Leeds. Algunos, aunque nacidos en el Reino Unido, tienen su origen familiar y sus raíces en estados musulmanes. En bastantes casos llegaron huyendo de las dictaduras de sus propios países o del de sus padres. Dicen las agencias de inteligencia internacionales que los británicos y los franceses constituyen el mayor número de los militantes yihadistas que luchan en Siria e Irak. Luchar contra ellos es una tarea difícil y costosa a la que el ganador de las elecciones tendrá que enfrentarse desde el primer día.

Han quedado lejos los tiempos victorianos;el otrora Imperio del Reino Unido se desmoronó hace tiempo y su influencia en el mundo ha disminuído considerablemente. Cuando uno mira a la historia se da cuenta de que solo unos pocos políticos personifican el espíritu de una época. Son líderes que además de su éxito electoral son capaces de cambiar los términos del debate. Marcan un antes y un después. Estoy convencido de que, a diferencia de Gladstone y Disraeli, ni Theresa May ni Jeremy Corbyn dejarán su impronta en los anales políticos del Reino Unido. De momento, bastante tarea tendrán con salir del atolladero en que se encuentra su país.

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