Behatokia

Europa y la encrucijada del integrismo radical

Por Gorka R. Etxebarrieta - Miércoles, 7 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

DE nuevo gritos, violencia desmedida en contra de ciudadanos indefensos, de niños, mujeres y ancianos. De nuevo sangre, muerte, terror… Y esto último es lo que anhelan aquellos que asesinan indiscriminadamente en nombre del islam. Después de que durante los pasados meses Francia o Alemania sufrieran una serie de devastadores ataques en contra de sus ciudadanos por parte de simpatizantes o miembros del Estado Islámico (EI), parece que estos han decidido centrar todos sus esfuerzos en llevar a cabo despiadados ataques en territorio inglés en contra de gente indefensa como las víctimas, incluyendo a niños y adolescentes, del reciente atentado de Mánchester o las personas apuñaladas sin piedad en el céntrico Borough Market de la capital londinense.

Pero no pensemos que estos fanáticos hombres y mujeres que asesinan en nombre del islam tan solo se limitan a causar el mayor número de víctimas mortales mediante inhumanos ataques. Nada más lejos de la realidad. Para los autores de estos ataques, el número de víctimas está directamente relacionado con el share y la visibilidad que obtendrán en los principales medios de comunicación internacionales tras sus sádicas acciones.

En contra de lo que muchos opinan, y refiriéndonos específicamente a algunos tertulianos y colaboradores de conocidos programas televisivos donde se tratan este tipo de temas de un modo altamente sensacionalista, los más relevantes expertos y estudiosos sobre el fenómeno de la violencia defienden la idea de que utilizar conceptos como “violencia sin sentido” es un grave error, debido en gran medida a que esta afirmación no mostraría la magnitud ni la significación del concepto.

La violencia no carecería, pues, de sentido, ya que esta se encontraría impregnada de la esencia simbólica y ritual que reside en las bases de las relaciones sociales. Anton Blok (1999) sugiere que en vez de definir a priorila violencia como un acto irracional, consideremos a esta como una forma cambiante de interacción y comunicación social desarrollada a lo largo del tiempo de un modo cultural. La etiqueta irracional se derivaría en gran medida de una visión que tiende a descontextualizar el fenómeno y divorciarlo de su significación cultural, simbólica y ritual. Estos crueles ataques de los que hablamos, se enmarcarían dentro de un tipo de violencia que Jeffrey Juris (2003) califica como performativa. Esta violencia performativa se caracteriza porque trata de llevar a cabo una representación de relaciones de antagonismo y la ejecución de imágenes prototípicas de violencia que impacten y dejen en estado de shock a aquellos que las vean (Schroder y Schmidt, 2001). Dicho en otras palabras, los islamistas radicales considerarían sus acciones como exitosas en tanto en cuanto estas copen el mayor número de portadas, programas y debates en los grandes medios de comunicación.

La solución podría por lo tanto parecer sencilla;negar tiempo, protagonismo e influencia en los medios de comunicación a estos actos que tan solo buscarían eso, un eco mediático mediante el que poder aterrorizar al grueso de la población y de paso suscitar un sentimiento antiislámico o islamofobia, que obligue a aquellos musulmanes pacíficos y totalmente integrados a posicionarse a favor o en contra de los que los ataquen o excluyan. Esta estrategia basada en el uso de discursos dualistas ha sido utilizada a lo largo de la Historia por grupos insurgentes u organizaciones terroristas, pero también por Estados, gobiernos y cuerpos policiales. El discurso del miedo y del “nosotros o ellos” se caracterizaría por ser el catalizador de una violencia constitutiva que, como afirma Glenn Bowman (2001), es capaz de constituir enemigos allí donde no los habría anteriormente. Esta surgiría debido a que desde una determinada comunidad o grupo, se percibe una violencia exterior injustificada que pone en peligro a la comunidad en cuestión y a su propio capital etnocultural. Como respuesta a esta violencia amenazadora, la comunidad atacada articulará una serie de estrategias entre las que se incluirá un tipo de violencia defensiva de carácter tanto simbólico, discursivo como físico.

Esa sencilla solución que mencionábamos anteriormente no lo sería tanto, ya que hablamos de complicados fenómenos socioculturales, religiosos, políticos e incluso económicos que apenas supondrían la punta del iceberg. Tan solo deberíamos observar cómo algunos de aquellos que se enarbolan a sí mismos como defensores de su nación y enemigos a ultranza del EI, llegan después sin ningún tipo de pudor a acuerdos multimillonarios, por lo general de carácter armamentístico, con aquellas naciones y gobiernos sospechosos de haber financiado a estos grupos terroristas que no paran de cometer atrocidades en territorio europeo. Hablamos de alianzas publicitadas a platillo y bombo con países como Arabia Saudí, que no solo estarían bajo la sospecha de financiar económicamente a estos grupos, sino que también representarían una sólida base ideológica en tanto en cuanto ambos serían fieles defensores de una línea salafista radicalizada del islam que promulgaría el uso de la sharia como arma para atacar a los infieles tanto internamente como fuera de sus fronteras políticas e ideológicas. El presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, y su administración, serían en este sentido, conscientes de que los petrodólares pueden ser un elemento clave para la subsistencia de un gobierno inéditamente polémico y que produce tal animadversión tanto dentro como fuera de su propio país. Pero no deberíamos irnos tan lejos para observar polémicas alianzas comerciales de este tipo, ya que tanto los líderes de las naciones ahora objeto de terribles ataques terroristas, como Inglaterra o Francia, por no mencionar a la Casa Real española, han sido estrechos colaboradores en un sentido tanto comercial como político de las ahora naciones bajo sospecha de haber financiado organizaciones altamente radicalizadas que representarían una seria amenaza para el modus vivendi europeo.

Pero el mayor peligro que sufriría nuestro modo de vida como lo conocemos en el presente no se sustentaría exclusivamente en lo anteriormente mencionado, sino que se trataría más bien de algo nacido de las propias entrañas del viejo continente. Y nos referimos aquí al miedo, al pánico, al terror a lo desconocido. Hablamos de intolerancia, de exclusión, de intransigencia y como no, de violencia. Hablamos de Marie Le Pen en Francia, de Geert Wilders en Holanda, de Nikos Michaloliakos en Grecia, de Gianluca Iannone en Italia o de Norbert Hofer en Austria, todos ellos confesos admiradores de Donald Trump, un brillante ideólogo de la intransigencia, del populismo y de los discursos vacíos.

Existe una célebre cita que afirma que la Historia siempre se repite. Pues bien, es hora de que desde la tolerancia, desde la inteligencia política y desde los argumentos, desmontemos a ambos bandos;a los que nos quieren destruir desde fuera y a los que nos destruirán desde dentro. Pero la solución no será sencilla, porque Europa ya se encuentra ante la encrucijada del integrismo radical.

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