Editorial

El otro conflicto del Golfo

La ruptura de relaciones con Catar que Arabia Saudí y sus aliados fundamentan en la connivencia con el terrorismo tiene en realidad el único interés de preservar el ‘status quo’ de sus petromonarquías

Martes, 6 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

LA ruptura de relaciones con Catar anunciada por Arabia Saudí, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y el gobierno de Yemen (además del gobierno libio y Maldivas) aparentemente justificada por la presunta connivencia y el patrocinio por Doha del terrorismo islamista tiene en realidad motivaciones mucho menos globales que poco tienen que ver con la persecución del fenómeno del yihadismo ni pueden explicarse, al menos no en primer término, en la simplificación del alineamiento entre suníes y chiíes que afecta al mundo musulmán. En primer lugar, la ruptura (que incluye la expulsión de ciudadanos cataríes y el cierre para ellos y sus mercancías del espacio aéreo, marítimo y terrestre de sus vecinos) no es sino la repetición mejorada de la crisis que ya en marzo de 2014 estuvo a punto de romper el Consejo del Golfo, con retirada de embajadores incluida, y que se solventó con el denominado Acuerdo de Riad en septiembre de ese mismo año. Y como entonces la relación de Catar con Irán y, sobre todo, la visión contrapuesta de la clase dirigente de Doha y la de la élite suní wahabita de Riad respecto al desarrollo social, político y económico de las sociedades del golfo se halla en la base del conflicto. No es posible obviar que la crisis se produce inmediatamente después de la visita de Donald Trump. Tampoco que Catar y la dinastía Al Thani son ciertamente más permisivos con las costumbres y prescripciones religiosas que el ultraconservador régimen saudí, que la dinastía suní de Baréin o las élites de Emiratos. Ni que Doha ha buscado, sigue buscando, un camino ulterior al que ofrecen el petróleo y el gas sobre el que se asienta el poder de sus vecinos y, sin embargo o por ello mismo, tiene una visión mucho más política de la religión y cercana a la que han exportado, con la ayuda de Teherán, los originariamente egipcios Hermanos Musulmanes, ahora proscritos en su país, también en Emiratos y Arabia, y según estos y Baréin culpables de la inestabilidad sociopolítica que les afecta desde las revueltas de 2011-2012, reprimidas de forma violenta, especialmente por la dinastía Al Jalifa que reina en Manama. Es decir, no se trata del terrorismo yihadista, por otro lado tan ligado a las dinastías saudíes ya desde su financiación inicial, sino de la propia defensa del status quo en el Golfo frente a la penetración de corrientes políticas que lo amenazan.

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