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Por Carmen Torres Ripa - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

columnista Carmen Torres Ripa

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columnista Carmen Torres Ripa

HEcambiado este artículo después de ver a Argi. Verá, cuando llega la mitad del año, suelo hacer un balance de noticias curiosas -ni tristes ni alegres, simplemente curiosas- y, entre todas, había destacado: la estética del perro. Me pareció ridículo, el mes pasado, que en el Congreso de los Diputados se discutiera con la mayor seriedad del mundo la ilegalización de la amputación del rabo de los perros (creo que se dice cordectomía). Imposible, increíble, escuchar, con la más absoluta seriedad, un problema ajeno a los humanos. Para mí ha sido, sin duda, la noticia más pintoresca que se ha tratado en el hemiciclo en los últimos años, como si fuera un tema político. Gritos y protestas airadas de serios diputados, representados por todos los partidos. Un autentico barullo protagonizado por caballeros que sin duda saben lo que es un perro y quieren ayudarle. Pues sí, amigos, noticia tan surrealista en este mundo cambiante capaz de abandonar a un perro, porque es viejo, o un precioso galgo, porque se ha terminado la temporada de caza. No lo acabo de entender.

Parece ser que la amputación de la cola supone que se seccionan cartílagos, nervios, vasos sanguíneos y otros tejidos que pueden producir dolor hasta crónico en el animal. Además les puede afectar a la movilidad, incluso a la capacidad de comunicación del perro. El presidente del Consejo de Veterinarios de Cádiz, vocal del Consejo General, opinaba -y seguirá opinando- que el perro tiene un rabo y lo tiene por algo. Hay casos muy concretos, si el perro se pilla el rabo con la puerta de un ascensor y no se puede recuperar, pues hay que amputarlo… pero en esos casos se procede haciendo una foto antes y después de la intervención para que, si hay alguna denuncia, se pueda demostrar que la intervención no se realizó por estética.

Pues verán, estas notas las tenía apuntadas para hacer un artículo -más bien divertido y de humor- sobre este tema que a mí, poco amante de los animales, me parecían fuera de lugar. No entendía el amor tan desmedido a los perros y menos esas tristezas -dolores o miserias- que hacemos sufrir a los angelitos por motivos de belleza.

Llegó Argi y el artículo cambio.

Mi nieto Aitor tiene un perro que se llama Argi. El animalito ignoraba que le tenía miedo hasta que entró tranquilo en mi casa, paseó por la terraza y se sentó debajo de las camelias. Y, sin yo saberlo, vi que mi mano acariciaba la piel reluciente de Argi y me pareció un osito de peluche de verdad al que apetece querer. Cuando le miré a los ojos -mirar los ojos de un perro provoca un sentimiento inexplicable- me quedé enganchada a su ternura. Y quise decirle miles de cosas que un perro no sabe. Argi tampoco sabe que da miedo, porque es un doberman grande que trota jugando con las olas de Sopelana queriendo coger gaviotas. Argi se quedó un rato con Aitor, comió galletas y nos dejó hablar como si fuese consciente de que era un visitante.

No entendía que un niño, cansado del colegio, o un chaval con un montón de deberes de la universidad, ansiase el momento de llegar a casa para sentir la alegría del perro. Argi salta feliz cuando ve a Aitor. Salta hasta su cabeza con la lengua fuera y el rabo moviéndose para demostrar que está contento (si estuviera amputado no podría).

Un día Argi se perdió y todas las lágrimas de Aitor, de su hermana, Mónica, y su aita, Joseba, llenaron el aire de sirimiri. Gritaron por Arrigunaga, La Galea y los montes cercanos, avisaron a la Ertzaintza y, después de veinte interminables horas, lo encontraron sereno en un caserío esperándoles. Argi sabía que en algún momento llegarían. Se había perdido. Le abrazaron mientras él, despistado y desorientado, saltaba de gozo con el encuentro. Entonces supe -me lo contaron- que los perros también saben llorar de alegría.

Cuentan que San Francisco hablaba a los animales, esto implica que conocía su lenguaje y que le escuchaban quietos, hipnotizados por sus palabras. ¿Qué les diría?

Falta por escribir una historia del perro en su profundidad. El perro es fiel, amoroso, noble, vela a su amo más que su propia familia, conoce el olor de los que quiere y de los que no quiere. Adiestrado puede conseguir encontrar alijos de droga, ladrones y asesinos con más perfección que la Policía, la Guardia Civil y la Interpol entera. El perro exige poco, con un cariño está pagado. Con vergüenza tengo que decir que mi temor a los perros viene de cuándo éramos niños y robábamos manzanas. Un día aparecieron los perros que cuidaban el huerto. No sé cómo trepamos por una tapia y mi pobre hermano Javi se quedó con el botín en el niqui haciendo de bolsa. Aún no sé cómo salió de aquello. Pero sé que le dejamos solo. Todos éramos niños, pero la crueldad, aquí más bien el miedo, no tiene edad.

Pues les hablaba de mi miedo que solo ha desaparecido con Argi. Para Aitor, Mónica y su aita, Joseba, Argi es una mezcla de hijo, amigo y mascota. Argi sabe que le quieren y se desvive porque estén contentos con él.

Hasta aquí una realidad del amor a un perro. Después hay otras situaciones menos románticas y serviles. Pienso que recoger los excrementos -aún calientes- y meterlos en una bolsita para llevarlos a una papelera, es un poco humillante para el dueño que se agache ante el culo del animal… Y, sin embargo, es una de las medidas cívicas mejores de los últimos años. Cuando mis hijos eran pequeños y había que correr para ir al cole, muchos días llegaban con los zapatos llenos de cacas, aunque entre ellos se hubieran avisado a gritos “¡cristales, hay cristales!”.

Para quitar importancia, decíamos suerte. La mierda, no sé si es leyenda o tradición, es sinónimo de suerte. Pisar un enorme mondongo redondo de vaca no parece que pueda dar una gran alegría, pero los actores cuando estrenan una obra nueva se desean mucha mierda.

Felizmente para los de a pie, no tenemos la suerte de pisar estos suertudos excrementos gracias a la educación de sus dueños. Quizás los demás -usted y yo que no tenemos mascota- hemos perdido la sensibilidad.

En una canción preciosa, la más bonita del mundo, Bob Dylan decía: “Cuantos caminos debe recorrer un hombre, / antes de que le llames “hombre” / Cuántos mares debe surcar una blanca paloma, / antes de dormir en la arena. / Cuántas veces deben volar las balas de cañón, / antes de ser prohibidas para siempre. / La respuesta, amigo mío, está flotando en el aire”.

A veces, los animales tienen que hablar en los cuentos para decir, sentir y hacer lo que hemos olvidado. Hemos perdido la ternura de la mirada de Argi.

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