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Macron y Ricoeur, vistos desde Euskadi

Por Javier Elzo - Sábado, 3 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

columnista Javier Elzo

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EL pasado 15 de mayo, una semana después de la entronización de Emmanuel Macron como presidente de Francia, me entero por un extenso reportaje en Le Monde que su nuevo presidente fue discípulo aventajado del inmenso Paul Ricoeur y, pese a la diferencia de edad, cercano a su persona y amigo de su familia. Macron se inscribe, de lleno, en el paradigma ricoeriano de la superación de la binariedad: no esto o aquello, sino esto y aquello. Y al mismo tiempo. Voy reseñar dos ideas centrales de Ricoeur-Macron y aplicarlas a Euskadi.

Identidad narrativa, relato plural Ricoeur decía en 2005 que “todos los acontecimientos no se hacen visibles e inteligibles más que cuando son relatados”, dando así lugar a la “identidad narrativa”, identidad que no estará fijada de una vez por todas ni por un solo relator, pues el relato siempre ofrece la posibilidad de contar lo sucedido de múltiples formas en razón, por un lado, de lo que hayamos decidido relatar y, del otro, de que siempre hay otros que también tienen su propio relato. La identidad narrativa, salvo que uno se encierre en una urna de cemento armado, y no se escuche mas que a sí mismo y a los suyos, será siempre plural. Toda identidad narrativa, la que a fin de cuestas queda, será una identidad plural. Y aquí entra el nuevo presidente Macron.

En un mitin en Reims, dijo esto: “Algunos de nuestros adversarios dicen que hay algunos auténticos franceses, de matriz, y raíz, francesa. Yo no sé lo que es una matriz única;tenemos muchas raíces. Luego, nuestro proyecto es el auténtico proyecto patriota. Porque ser patriota es amar el pueblo francés, su historia, pero amarla desde una perspectiva abierta. El proyecto nacional francés nunca ha sido un proyecto cerrado”. Así, el proyecto identitario francés se inscribe en “ser yo mismo como otro”, en interrelación con los otros, una de las tesis clave de Ricoeur: “Sois même comme un autre”.

Pasemos ya a Euskadi. Yo me hago vasco, desde la cuna quizás, desde el proyecto de futuro compartido, sin duda alguna. Compartido por quienes ya viviendo entre nosotros tengan sensibilidades distintas, Compartiendo con los que vienen de fuera a compartir su vida con nosotros. Eso sí, todos, buscando una Euskadi mejor, con la mayor capacidad de decisión posible en el mundo de hoy, “independiente en la interdependencia”, en expresión de Edgar Morin que traje a estas páginas hace tres semanas.

En un artículo que publiqué en el número 55, en la revista de pensamiento e historia Hermes, este pasado mayo, escribía que “habida cuenta de la actual demografía en Euskadi, y sus tasas de natalidad, es evidente que necesitamos, y necesitaremos más en el futuro, la aportación de personas que vengan de otras latitudes. Es preciso reflexionar sobre el concepto de nación, en una sociedad que ya es pluralista y plural. Pluralista entre nosotros, los autóctonos, plural con los que vienen a vivir con nosotros. Luego no podemos pensar la identidad como algo cerrado, inmutable. Hemos devenido pluriculturales y debemos tener capacidad de vivir juntos, aun siendo diferentes, y amar a este país. Pero, además, es preciso que las personas que acojamos amen también nuestro país. Si les ofrecemos una visión negativa, ellos no pueden amarle. Sin embargo, si los vemos como personas que nos pueden aportar algo, lograremos crecer juntos y que, ellos también, digan ni euskalduna naiz. Nos va en ello el futuro de la nación vasca”.

Por una reconciliación de las Memorias El estudiante Macron, con 24 años, además de corregir y completar las notas a pie de página y permitirse alguna sugerencia en la última gran obra de Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido, le escribe una carta, acompañando a sus notas, en la que le dice que “tras leeros y seguir vuestros análisis, me entra el deseo de seguiros y el entusiasmo de compartir vuestros pensamientos;soy como un niño fascinado a la salida de un concierto o de una gran sinfonía, que martiriza su piano para formar algunas notas”. Paul Ricoeur, en ese gran libro, sostiene la idea de la “política de la memoria justa”, que tantas veces he defendido en mis trabajos refiriéndome a la cuestión de la Memoria en Euskadi. Ricoeur, por otra parte, se dirá “perturbado por el inquietante espectáculo del exceso de memoria por aquí, el exceso de olvido por allí, así como por el influjo de tantas conmemoraciones y abusos de memoria y de olvido”. Lo que le causó no pocas incomprensiones, ya al final de su vida.

Macron no ha dudado en llamar “verdadera barbarie” y “crimen contra la humanidad” a la actuación de Francia en Argelia. En efecto, en plena campaña electoral, el mes de febrero pasado, en Argel, pronuncio un discurso del que entresaco estas frases: “Yo he condenado siempre la colonización como un acto de barbarie. La colonización forma parte de la historia de Francia. Es un crimen contra la humanidad. La colonización es parte de un pasado que debemos mirar de frente, presentando nuestras excusas a aquellas y aquellos que no hemos respetado. (…) Pero, reconociendo este crimen, yo no quiero que caigamos en la cultura de la culpabilización sobre la que no se construye nada”.

Por favor, lean y relean esas frases. Francia cometió un crimen contra la humanidad. Debe pedir perdón, pero no debe enfangarse en la culpa. No lleva a ningún lado. A unos franceses les molestó, y mucho, que Macron dijera que Francia había cometido un crimen contra la humanidad. A otros, les molestó que les dijera que, saldadas las cuentas, hay que mirar adelante. Con generosidad. Ricoeur en estado puro.

Un amigo euskaldun, que vive en Euskadi y que tuvo la suerte y el privilegio de tener a Ricoeur como profesor y como decano, en Nanterre, en los tiempos de mayo del 68, me escribió, comentando estas cosas: “Me pregunto si no habría aquí una palanca conceptual para construir la narrativa que necesitamos en el País Vasco. Un país plural, abierto y diverso. La referencia de este político que ha denunciado la colonización de Argelia como un crimen contra la humanidad y al mismo tiempo (expresión clave para superar el pensamiento binario) reconocer el sufrimiento de los pieds noirs, (los que lucharon por la Argelia francesa), ¿no nos podría inspirar, hoy, aquí, una reconciliación de las memorias?”.

Por supuesto, claro que sí. Una vez saldadas las cuentas, todas las cuentas, con justicia y humanidad. No veo otro camino. O eso, o el enrocado sin fin. Como el de las dos Españas (y las dos Euskadis), todavía zahiriéndose con los nombres de las calles, cuarenta años después de la muerte de Franco, y ancianos preguntándose donde están enterrados sus padres y familiares, ochenta años después de su insurrección.

No sé cómo será Macron de presidente. ¿Otra esperanza frustrada? ¿Otra ilusión perdida? Nadie lo sabe, pero al menos ahora, a mí, me permite la esperanza de la ilusión, aun sin hacerme demasiadas ilusiones.

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