El sacacorchos

El amante sepultado

Por Jon Mujika - Sábado, 3 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

NO hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo. La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida. Así habló Simone de Beauvoir y sus palabras retumban hoy en la negra oquedad, en la ya triste cueva 45 de la torca de Arañaga. También se la conoce como la cueva de los cuervos y desde ayer bien pudiera llamarse la cueva del muerto, porque allí se dejó la vida José Antonio Gambino, un avezado espeleólogo al que no pudo salvarle su contrastada experiencia. La negra lluvia de piedras le sepultó allá donde estaba su corazón. José Antonio amaba las profundidades.

No se puede ser un héroe y a la vez pretender sobrevivir dijo el alpinista alemán Reinhard Karl, uno de esos hombres que bien saben que en una vía natural no existen alternativas;hay que ser más fuerte que la piedra. No pudo serlo José Antonio. No hubiese podido serlo nadie bajo la faz de la tierra, donde él se encontraba cuando rompió el aguacero de piedras. Ni siquiera Hércules, ese dios mitológico que realizó los doce trabajos sobrenaturales.

¿Para qué bajó solo José Antonio a esa gruta...? Viendo sus conocimientos en el campo de la espeleología y en el terreno que pisaba, firme para él hasta entonces, uno diría que le impelía el espíritu del explorador aventurero, al más puro estilo Julio Verne. Uno lo diría pero la verdad se desconoce. Si fuese así, si fuese ese el motivo (los misterios ofrecen una ventaja: permiten jugar a las hipótesis...) hubiese tenido su lógica, pese a que los prudentes no lo entiendan. Después de todo, la ciencia es provisional: siempre está dispuesta a ampliarse o corregirse. Eso, tal vez eso, buscaba José Antonio, una vez descartado que husmease en pos de la ruta al centro de la tierra.

Es ella, la curiosidad, la palanca que mueve al mundo. Y es probable que fuese también la que guió a José Antonio, quien tal vez no conocía la moraleja del cuento Barba Azul de Charles Perrault, esa que decía en verso algo así como “al curioso los disgustos/suelen venirle a granel./ La curiosidad empieza,/ nos domina, y una vez/ satisfecha, ya no queda/ de ella siquiera el placer,/ pero quedan sus peligros/ que has de evitar por tu bien”. Nada de eso le frenó al buen hombre que hoy yace allá donde él sentía que la vida merecía la pena.

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