Behatokia

En la pendiente del neoliberalismo

Por Félix Plácer Ugarte - Viernes, 2 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

LOS datos aportados por medios gubernamentales estatales y autonómicos tratan de generar una opinión pública de optimismo. La crisis se está superando. El empleo sigue una curva ascendente. Se recuperan importantes partidas en el Cupo vasco (con el apoyo a los Presupuestos Generales del Estado). López-Istúriz, secretario general del Partido Popular Europeo, no dudaba en afirmar que España es el segundo país de la Unión Europea en el que más ha caído el paro en el último año;es el país con mayor crecimiento dentro de la Unión Europea (UE) y sigue generando récords con la atracción de visitantes extranjeros. “Por eso somos uno de los países más valorados en la Unión Europea”. La UE, dentro de la crisis y temores generados por el Brexit y el crecimiento de la extrema derecha (Le Pen), ha reforzado su optimismo con la elección en Francia de Emmanuel Macron, declarado europeísta y garantía para refundar una Europa decadente fortaleciendo el eje franco-alemán. Los nuevos tratados económicos, entre ellos el CETA, tratan de garantizar su mercado y seguridad financiera y arancelaria. Es decir, según estas noticias económicas, triunfan las políticas neoliberales. Europa va bien y, por supuesto, España y Euskadi. Estamos en el buen camino a pesar de las amenazas arrolladoras de Trump, de la avalancha mercantil de grandes potencias como China y Japón y del emerger del sureste asiático. Sin embargo informes menos aireados en los medios ponen de manifiesto otra realidad que afecta con dramático realismo a una parte importante de la población.

Un 38,9% de la población de la zona euro no podía hacer frente a finales de 2014 a gastos inesperados, lo que significa que casi un 40% de la población europea vive prácticamente al día y al límite. Y la situación no ha mejorado en estos dos últimos años de aparente superación de la crisis económica provocada hace diez años. Según Eurostat (2016), en la UE hay 122,3 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social, un 24,4% de la población total de los todavía 28 países miembros. Ese porcentaje esconde situaciones muy diversas, porque en tres países de la UE esa tasa supera el tercio de la población: Rumanía, con un 40,2%;Bulgaria, con un 40,1%, y Grecia, con un 36%. Las tasas más bajas se encuentran en Finlandia, con un 8,8%;Dinamarca, con un 11,9%;Holanda, con un 11,6%, y la República Checa, con un 9,7%. En el Estado español, un 28,6% (Instituto Nacional de Estadística, 2015) está en riesgo de pobreza y exclusión social, entre ellos uno de cada tres niños. En el País Vasco es de un 10,9%: en 2016, había en la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) 194.600 personas en esa situación y la pobreza infantil severa afecta al 8,8%. En el Estado español, según datos de la Encuesta de Población Activa de las Comunidades Autónomas (EPA 2017), el desempleo está en un 18,3%;en Andalucía es del 26,9% (30,3%, mujeres);en Extremadura, 29,2%, en la CAV, del 11,9%, en Nafarroa, 10,2%. Sin olvidar la precariedad laboral que encubren los datos estadísticos de empleo y que los sindicatos denunciaron con especial énfasis este 1 de mayo y, por supuesto, la corrupción política.

Según informa Oxfam Intermon, el Estado español sigue siendo el segundo país de la UE donde más ha aumentado la desigualdad desde que estalló la crisis, tan solo detrás de Chipre y veinte veces más que el promedio europeo. Desde 2014 crece el PIB, pero los resultados de esta reactivación económica solo parecen beneficiar a una minoría mientras que la desigualdad se cronifica e intensifica. Y a nivel mundial tan solo ocho personas poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad. La economía, concluye (Oxfam 2017), está en el mundo al servicio del 1%.

Este contraste de datos pone de manifiesto varias constataciones éticas. El capitalismo desde su inicios persiguió y consiguió lo que Karl Polanyi denominó “gran transformación” convirtiendo todo en mercado regido por la competitividad y beneficio económico a costa de personas y cosas. Este sistema, reformulado neoliberalmente por Milton Friedman, ha generado riqueza para unos pocos y pobreza para la mayoría. Ha sometido la humanidad a una economía inhumana que abarca no sólo todo el entramado de las finanzas económicas, sino que además supedita lo político a lo económico-capitalista. Conduce al hundimiento de valores en aras de un individualismo exacerbado y se hace caldo de cultivo para fundamentalismos y fanatismos amenazadores y generadores de terrorismos. La solidaridad y acogida a refugiados se estanca y las fronteras continúan cerradas a corredores humanitarios. Destruye de forma sistemática la sostenibilidad del planeta y de la energía y provoca una imparable crisis ecológica de consecuencias mortíferas para la mayor parte de la humanidad: para su alimentación, cultura, convivencia y hábitat. Aboca a un darwinismo social y ecológico.

La economía, los alimentos, la energía, el clima, las finanzas, la multiculturalidad, en definitiva, el sistema mundial de convivencia y sus pueblos se encuentran en peligro de hundimiento y destrucción, porque “nos estamos sumergiendo en una espiral de autodestrucción”, advierte el Papa Francisco. Y “todos estamos en el mismo barco. ¡Estamos muriendo de éxito!”, afirma el recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman en el documental In the same boat.

En efecto todo suena a libertad para unos y a dependencia y precariedad para la mayoría. Esta economía instrumentaliza la ecología al servicio del dinero y sus beneficios, provocando una descomunal falacia que hace girar todo en torno al capital y está costando la vida de millones de mujeres y hombres. Personas y pueblos son simples satélites que gravitan -subsisten- dependiendo de lo único consistente. Cuando falla el capital y sus mecanismos, tiembla el mundo. Es lo que está ocurriendo hoy. En definitiva, con el capitalismo neoliberal nos hemos introducido en la situación de desigualdad estructural más negativa de la humanidad.

Sin embargo el pensamiento único de nuestra civilización y cultura capitalista sostiene la ideología de que la humanidad entera, el mundo y su ecosistema giren atraídos por el centro del dinero y por su beneficio excluyente. Miles de personas mueren diariamente a causa de la injusticia del enriquecimiento de unos pocos, en los innominados campos de concentración esparcidos por el mundo. En expresión de José Ignacio González Faus, caminamos hacia “un nazismo económico donde el dinero es el único dios y el dinero, su profeta”.

El capitalismo desenfrenado, como afirma Edgar Morin, ha producido riquezas inauditas y miserias insondables;nos conduce hacia el abismo al ponerse por encima de la humanidad, concluye citando a Alain Tourraine.

Nunca se había llegado a una situación tan extrema y alarmante para la vida, la justicia y la paz mundiales. Y su razón de ser radica en el vigente sistema capitalista neoliberal y en su imparable pendiente por las que las políticas económicas conducen a la humanidad.

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