Tribuna abierta

¿Quién defiende a la Unión Europea?

Por Juan Carlos Pérez - Miércoles, 31 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:02h

EUROPAnunca ha dejado de ser una esperanza, una llama en la oscuridad, un faro que guíe lo mejor del espíritu humano pese a que la historia de Europa la muestra como nido de odios, de muerte, destrucción, guerras, violaciones y demás violencias sistémicas desde antes de la instauración del Imperio Romano. La idea de una unidad europea, obviamente, no es nueva. Ha habido otras. De una u otra forma, una unidad ha sido siempre un anhelo en el horizonte. Aunque en el pasado, con Victor Hugo o Inmanuelle Kant como ejemplos no tan remotos, no había llegado su hora. Cristaliza tras un proceso que arrastró al mundo al desastre mayor que ha habido y que implicó el suicidio colectivo de los estados europeos como potencias individuales. Solo tras la Segunda Guerra Mundial un proyecto de paz, concordia, cooperación pudo ser viable en el viejo continente.

Al mundo se le unifica de muchas maneras y algunas se dan por descontadas, como puedan ser las señales de tráfico o los acuerdos sobre comunicaciones, unificación de criterios que lleva más de un siglo en vigor. Hace 150 años del primer cable submarino (1958) transatlántico entre Irlanda y Terranova. No podemos afrontar el progreso acogiéndonos a sus beneficios sin observar los costes. No hay derechos sin deberes. Y de la guerra puede surgir la paz. Cuando desde el Reino Unido se quería aprovisionar a la resistencia francesa, necesitaban coordinar el horario, el lugar… para que no acabaran en horas distintas, en playas o campos distintos, o simplemente los alemanes estuvieran esperando. De esa necesidad objetiva de cooperación, de conocimiento y reconocimiento mutuo, se puede socializar la idea de cooperación en otros ámbitos.

Un proyecto políticoEuropa, el proyecto de la UE, es mucho más que un proyecto económico. Seguramente empieza por la economía porque es de la economía de donde se suministra el combustible para la guerra. Poner en común el carbón, el acero o la energía atómica era una garantía de uso para el bien común, no egoísta. Europa había aprendido de las consecuencias del Tratado de Versalles. Pero siempre el proyecto fue político pues, de lo contrario, el Reino Unido, que solo quería unidad de mercado, hubiera ingresado en 1957 en el Tratado de Roma y no hubiera creado la EFTA, en la que es interesante ver la evolución de sus miembros, pues todos salvo los cuatro actuales han migrado a la UE, un polo de atracción e integración tan potente como eficaz.

Pero la medida política más eficaz para el federalismo es la unión monetaria. Sí, es cierto que le faltan cosas, pero es el proyecto más avanzado de integración del mundo y de la historia, construido por libre voluntad y con la idea de cooperar entre diferentes. Un mercado común interior con moneda única estabiliza y garantiza precios y condiciones de intercambio y es un efectivo escudo contra manipulaciones desde el exterior. Por primera vez, el euro triunfó donde la peseta, la lira y la libra fracasaron 20 años antes. Aunque el coste ha sido dejar empobrecida a una parte importante de Europa y dejar exhaustos a los especuladores que pretendían romper el euro. Y es que a los que hablan de un nuevo sistema monetario internacional hay que recordarles que lo que hay ahora es el salvaje oeste, salvo un espacio de protección en Europa, que se activó inmediatamente después de romperse el sistema anterior a partir de que en Jamaica, en 1974, el FMI hizo oficial que el sistema de oro dólar se deshacía definitivamente. Hasta ese momento, el cambio de las monedas internacionales estaba basada en el cambio entre ellas con el dólar (antes la libra) y de este con el oro. Ahora se podía comerciar y especular libremente con ellas. Es precisamente Europa la que crea un mecanismo que se estrena en 1979 para amarrar las barcas monetarias europeas a un puerto en alta mar que proteja de las zozobras de la libre especulación, el Sistema Monetario Europeo, único de su especie. Seguramente no se pueda cuantificar la crisis mal llamada del euro sin el euro, pero si se puede hacer con las crisis de moneda de 1991 y 1992 para valorar lo que tenemos y saber conservarlo, mejorarlo y proyectarlo hacia el futuro.

Una vía diferente La historia del proyecto europeo es larga y compleja, y merece la pena contarse, porque es la superación de viejos traumas, viejas trifulcas, viejos paradigmas de conflicto, para caminar por una vía distinta, en un mundo siempre cambiante, siempre en conflicto. El mundo es difícil y trata de obtener de la debilidad del adversario la mayor ventaja. Hay una culpabilidad inducida por pecados del pasado de países europeos. Y cada cual ha de reconocer sus errores. Pero, ¡ojo! Ni un paso más allá del necesario. Alemania terminó de pagar sus culpas económicas de la Primera Guerra Mundial en 2010. Ese año, el gobierno de Polonia volvió a la carga a pedir más dinero a Alemania por el Holocausto y el Tercer Reich. ¿Hasta cuándo se va a seguir explotando la culpa por unos hechos que ya han sido enunciados y juzgados y las culpas expuestas y restañadas?

Europa es un proyecto cooperativo que va mucho más allá del euro, de la inmigración y las zozobras coyunturales, de las crisis del capitalismo, que son sistémicas

La historia del proyecto europeo es larga y compleja, y merece la pena contarse,

Y eso es lo que debemos aplicar a Europa. Porque otros tienen tanta o más responsabilidad sobre hechos recientes. Hay imperialismo africano sobre otros africanos. Si. Asúmanlo. Y hay incitación a guerras dentro del mundo islámico, entre chiies y sunnies y por otras razones, y son esos los que no quieren acoger a sus hermanos musulmanes. Europa debe ser solidaria, pero cada cual debe ser responsable de su familia. Y la familia europea, la más solidaria del mundo (que nadie lo olvide) no puede descuidar a sus hijos, venidos de donde hayan venido.

El mundo cambia constantemente y de resultas del gran suicidio de las guerras de la primera mitad del siglo XX, Europa ha dejado de ser el centro del mundo. Ella sola ya no lo es. Y el eje de toma de decisiones, dicen, se traslada del Atlántico al Pacífico. Conste, eso sí, que hasta 1800 China tenía, de largo, el primer puesto en el PIB del mundo. No sería la primera vez que Europa no es la niña mimada del planeta. Aun así, hay que tener esto en cuenta. El señor Osborne chantajeó a la UE con la peregrina idea de retomar el marxista modo asiático de producción, pensado entonces en la India (británica) y que hoy asumiría china (con condiciones semejantes en algunos aspectos a las minas de margen izquierda de la ría de Bilbao a finales del siglo XIX) de salarios bajos. Obviamente, la UE no puede hacer eso, debe ser industrial, tejido productivo, valor añadido, esa es la clave del progreso. Y unir. Como con el acuerdo ferroviario 4.0 que abririrá oportunidades de negocio dentro de la UE inimaginables a día de hoy. El futuro es competir con inteligencia. Ser algo distinto. Y Europa, con su modelo de Estado de Bienestar es la seña de identidad. Reino Unido lo quería desmontar. La UE lo debe preservar. Y ser faro de difusión de un compromiso humano.

Un proyecto por sí mismaUn dato, tal vez menor. En 2004, la Comisión Europea sugirió una contabilidad de medallas en los JJ.OO. también de la propia UE. Reino Unido dijo que no. El nacionalismo no es el culpable del freno de la integración. El egoismo, sí. Y el echar las culpas de todo lo malo a Europa, y asumir lo bueno, para uno mismo. Aun cuando en el camino ha habido importantes ayudas de la denostada UE. Para lo bueno, y para lo malo. Ahora bien, también hay que poner todo en su contexto, y exenciones e indulgencias aplicadas en el pasado a algunos deben poder ser aplicadas a otros en circunstancias equivalentes, sin servir de excusa a quienes han gastado más que sus ingresos. Hay que crear riqueza para poder redistribuirla. Sin riqueza que crear, como diría Churchill, solo se distribuye la miseria. Y la UE está para otra cosa.

Europa debe ser un proyecto por sí, y para sí, para los países libres de Europa, un proyecto que nos evite cualquier influencia externa. Algunos piensan en el oeste, inmediatamente, en los Estados Unidos de América. Pero les invito a pensar en el este, en la Federación Rusa. De unos y de otros. Aliados, sí;pero bajo nuestras condiciones. Una Europa de países libres con voluntad libre. Y para eso hay que combatir, pues hay países que no son libres para su ingreso en la UE. Como Georgia, como Azerbaijan, como Moldavia, como Ucrania… con conflictos abiertos en su interior, bélicos, saben que la UE no los acogerá en su seno como miembros de pleno derecho. Geoestrategia, es un juego en el que la UE debe y puede competir.

Sin la UE, Europa no tiene futuro. Es un proyecto cooperativo que va mucho más allá del euro, la inmigración y las zozobras coyunturales, las crisis del capitalismo, que son sistémicas. Sí, el capitalismo es riesgo. Pero, como con la democracia, parafraseando a Churchill, es el menos malo de los sistemas que hemos conocido. El delito está en su aplicación. Hay que perfeccionarla. Y eso es una tarea colectiva. Ahora, el mayor peligro, es que el ataque al proyecto comunitario, es gratuito. Se construye mirando hacia Escandinavia y algunos votan mirando a Nicaragua o a Zimbabwe. Dos son las claves de la carencia. Una, de formación e información del proceso de construcción europeo, dando por supuesto que la gente va a apreciar e interiorizar el proyecto comunitario. Otra, el escaso valor que se concede al pensamiento crítico.

Sin Gran Bretaña, hay que retomar el proyecto de construcción cada vez más estrecha de unidad en la diversidad, una Europa de los pueblos, una Europa de los ciudadanos. Una Europa de personas, con problemas que resolver, sin olvidar que, a diferencia de otros proyectos de unión entre diferentes, este es voluntario. Aquí no habrá un Lincoln, el escenario es otro. Ha habido crisis anteriores en el proyecto comunitario. Muy importantes. Y se han superado. Tanto que ahora, ya no se recuerdan. Ni la Comunidad Europea de Defensa, o el caso de la Silla Vacía. Y tantos otros. Y quien no tiene memoria de su pasado (más cuando es pasado reciente, segunda mitad del siglo XX) está abocado a repetirlo. Ahí está la futura salida de Inglaterra. Sirva para repensar el proyecto comunitario, para desmenuzarlo, socializarlo, difundirlo, discutir sobre él, convencer de que es el marco en que nos tenemos que desenvolver. Y afrontar el reto de su mejora. Integración, solidaridad, igualdad y libertad. Sin miedos, sin prejuicios. Es el futuro lo que está en juego, y no podemos permitirnos el lujo de perder. Al final del camino, como en el poema de Kavafis, nos daremos cuenta de que se dirige a un horizonte que se retrasa como una puesta de sol inacabable. Debemos poder defender la UE. Somos europeos, somos UE.

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