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Alumno: treinta años

Por José Ramón Scheifler - Miércoles, 31 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Columnista José R. Scheifler

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Columnista José R. Scheifler

HASTA 6º de Bachiller, julio del 36, un mínimo de diez años, y desde septiembre del 38, los veinte de carácter universitario, una larga experiencia de alumno, de la que guardo ese entrañable recuerdo de compañerismo estudiantil, con sus malos y buenos tragos entre la alegre picaresca de la juventud. Fui un buen alumno normal, sin más. No tuve ningún conflicto, ni con profesores ni con compañeros. Tampoco con los exámenes, aunque los odiaba. Los escritos me iban muy bien. En los orales, los nervios me podían y desmerecían el resultado.

En la escuela familiar no me faltaron maestros. Los tres hermanos mayores se turnaban interrumpiendo mis juegos. Recuerdo con fruición dos grandes libros, con magníficas ilustraciones: Yo sabré leery Yo se leer. Con la ayuda de mis hermanos los superé muy pronto y esto me daba acceso a la librería que ocupaba el frente del despacho de nuestro padre y a la enciclopedia Espasa de un lateral. Leí mucho por mi cuenta.

Cuando llegó el tiempo de ir al cole, a los cinco o seis años, no fui a “las Tomasitas”, como mis hermanos mayores, porque se acababan de marchar. Eran religiosas de una congregación francesa que habían ocupado, a cien metros de nuestra casa, la Casa Albia, o “de los Arana”, que solo a partir de 1931 se llamaría Sabin Etxea. Fui al otro lado de la calzada, a la magnífica Escuela de Berástegui, que ocupaba lo que hoy es el pesadote Palacio de Justicia. Debí de asistir uno o dos años, lo suficiente para que la bondadosa maestra Doña María, emitiera el primer juicio sobre mi persona: “Era el más prudente de todos mis alumnos”.

Nunca he entendido esa prudencia a los seis o siete años. Pero me hace recordar a un compañero jesuita quien, en los años de la clandestinidad, mereció ser rebautizado como “Prudencio Segurola Imaz” (J. Plazaola).

Hoy considero que los siguientes ocho años de colegio fueron realmente duros. Nueve horas al día de colegio: de 8.30 a 12.45 y de 15.00 a 19.30, más cuatro viajes de más de 20 minutos cada uno, es demasiado tiempo de apremio. A eso se añadía que, como congregantes marianos, anteponíamos al colegio la misa y comunión, regreso a casa, desayuno a toda prisa… Es decir, desde las siete de la mañana ya estábamos en danza como las lecheras de entonces. Si llegábamos a casa a las ocho de la noche, teníamos los deberes;la mayor parte del año, problemas matemáticos. Cenábamos a las 9. Poco después: “Ramón, te llama el Bajo”. Tenía buena voz de bajo J. A. Madaleno, con quien confrontaba los resultados de los problemas. Yo notaba cuándo estaba su padre en casa. Era ingeniero, director y prácticamente dueño de la fábrica Aurrera. Nuestros resultados coincidían.

En general, la enseñanza me parecía muy memorística. Historia era una lista de reyes y guerras, sin una explicación de causas, razones y consecuencias. Literatura era nombres de autores y sus obras, incluso algunas de sus características y méritos. Pero no se leía y menos se analizaba ninguna de esas obras, ni hacíamos ejercicios escritos sobre temas dados o libres. Era una enseñanza muy pasiva y poco o nada personal. No estaba yo a gusto.

Pese a todo, fui un alumno estudioso, no empollón. Nunca nadie me llamó empollón, que conlleva una nota peyorativa. Eso sí, puse todo mi empeño, esfuerzo y constancia en el estudio de principio a fin. Nada me fue fácil y nada se me regaló, fuera del poder estudiar, que era a la vez don y deber. Sabía que nuestro padre no lo había tenido. Hijo de viuda, era el primer varón de nueve hermanos y hermanas. Tuvo que ponerse a trabajar a la vez que estudiaba. Durante muchos años, acabado su trabajo en el despacho, fue profesor voluntario y gratuito en el Patronato Obrero que regentaban los Hermanos de las Escuelas Cristianas en la calle Iturribide.

Suelo decir que en mi curso y clase del colegio había un alumno que era unánimemente el “primerísimo”. Después de él, nadie. Más después, tampoco. Después, aparecíamos tres o cuatro de relleno. Tuve dos profesores que me sobrevaloraron. Uno, seglar, el de matemáticas. Cuando nadie de la clase sabía responder a una pregunta, me la hacía a mí y más de una vez la acertaba. Pero en mi interior sabía que las matemáticas no iban conmigo. El otro, Hermano Marcos, el tutor, me sobrevaloró en conjunto, como alumno y persona. Pero creo que pesaba en él que yo era de misa y comunión diaria, muy generoso en las colectas por “las misiones” o “por los niños pobres, para que pudieran estudiar…”. En fin, mezclaba muchas cosas que no venían a cuento.

De aquellos años 30, de preguerra, tengo un recuerdo (remuerdo) de algo que hice mal y a la vez bien. Fue en 5º de bachiller, en el examen de Dibujo artístico o de Figura. Yo pensaba que ese tema no debía figurar de igual a igual con las demás asignaturas del intelecto. Pablo, el primerísimo, tenía un expediente de Matrículas de Honor. Ahora podía deslucirlo con un aprobado o suspenso. “Pablo -le dije-, ponte cerca de mí”. Hice mi lámina y la suya de dos modelos distintos. Le pasé la suya para que la firmara. Sacó sobresaliente. Yo sabía que hice mal, pero no redundaba en mal de nadie;en cambio le favorecía y era un gesto de compañerismo. No he conseguido que me remuerda en serio la conciencia, tanto menos, cuanto que si su carrera fue sobre matrículas, en la vida no le fue tan bien. Creo que yo, que no le llegaba a la rodilla, he tenido más suerte.

En el cuatrienio de Humanidades clásicas grecolatinas, en Loyola y Salamanca, disfruté muchísimo, pero tuve que hacer esfuerzos maratonianos para vencer el hambre y el frío de aquellos calamitosos años, 1940-43, de la posguerra. Verdadera hambre y frío proverbial de Salamanca sin calefacción, que ni Virgilio, Horacio, Cicerón y Homero, con Demóstenes, Sófocles y Eurípides tenían posibilidad de calmar y calentar. Y, sin embargo, las traducciones, los análisis, los comentarios y debates, los ejercicios escritos se sucedían o se agolpaban imparables, mientras el estómago vacío se arrugaba, la cabeza ardía y los pies se helaban. No, los enfermos y muertos de tisis no fueron anécdotas. Pero, al fin, volvió el pan, y el pan blanco y lo demás. Demóstenes y Homero cambiaron su rostro austero por una irónica sonrisa, mientras Sófocles, sin coturnos y sin toga, contaba chistes a Platón.

Pero mi condición de alumno que había superado todas las carreras de obstáculos, cambió de rostro a mediados de los 50. Ya sacerdote, a los 35, ingresé como alumno en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, regido por jesuitas. Como uno más de la comunidad, la convivencia y trato continuo desde el desayuno a la cena con los profesores, dio un toque especial a esa relación alumno-profesor. Les conoces como personas y ellos a ti. Sabes algo de sus vidas, de su manera de ser y de pensar, de sus tendencias y aficiones. Y, recíprocamente, ellos de las tuyas. Y los hilos personales se cruzan y pueden llegar a la amistad. Tengo cierta habilidad para la caricatura y las que hice de casi todos ellos hacían morirse de risa a Martini, mi compañero, futuro cardenal. Desde luego, nada cambiaba académicamente. Yo seguía siendo el alumno y el profesor, profesor y examinador. La amistad quedaba fuera del aula. Pero también tenía sus ocurrencias.

El belga P. Massard era egiptólogo. No era mi profesor, pero sí amigo. No entraba la lengua egipcia en mi programa, pero él se empeñó en enseñármela, la del mismísimo Ramsés II, jeroglíficos incluidos. Hice un esfuerzo más y lo aprendí. ¿Para qué? Para tener una cosa más para olvidar. Algo semejante me pasó con el inefable P. Pohl, alemán, y su Código Hammurabi (s. XVIII a.c.), en lengua silábica cuneiforme. Tengo facilidad para aprender, pero a olvidar no hay quien me gane. En Loyola llegué a enseñar religión en euskera. Se me fue antes del egipcio y el akkadio.

Mi último examen como alumno lo di en Jerusalén, en febrero de 1958, ante Robert North, rector y profesor de la II sede del Pontificio Instituto Bíblico. Era también mi amigo. Acordamos juntar en un examen las dos últimas asignaturas: Hebreo moderno y Arqueología Bíblica. Hablaríamos de esta en hebreo moderno. Resumo. Recorrimos todas las excavaciones desde el XIX y llegamos a los llamados Santos Lugares cristianos: Cueva de Belén, Casa de Nazaret, Litóstrotos, Vía Dolorosa, Santo Sepulcro. “¿Cree usted que tienen garantía histórica?”. “Por supuesto que no”. “¿Por qué?”. “Porque la historia y las excavaciones no lo permiten”. “¿Qué diría a un grupo de peregrinos fervorosos?” “No aceptar ser su guía”. “Supongamos que lo es”. “Les contaría los avatares de la historia: las guerras, las destrucciones, incendios, reconstrucciones… Les dejaría que sacasen la conclusión de que la santidad no está en ningún lugar”. “Veo que conoce la materia y que además es usted muy prudente”. “¡Ahora sí que la hemos fastidiado! ¡Prudente! ¡Lo mismo que la maestra de párvulos! ¡Para eso treinta años de alumno!”.

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