Tribuna abierta

Lobos solitarios del islam

Por Patxi Lázaro - Martes, 30 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:02h

LAS sociedades del mundo occidental se enfrentan a uno de los mayores retos de su historia: la integración ordenada de grandes masas de inmigrantes y refugiados procedentes de países islámicos, con culturas diferentes y un concepto de la vida en el que la separación entre lo secular y lo religioso no parece tener encaje. ¿Tiene esta empresa posibilidades de éxito? No hace falta decir que todo depende del modo de gestionar los procesos. Pero la comprensión de algunas diferencias esenciales de mentalidad y de carácter jugarán un papel decisivo.

El musulmán es por naturaleza individualista. Este rasgo de carácter se manifiesta a lo largo de la historia de los pueblos árabes, llena de enfrentamientos, cismas, rebeliones y extrañas aventuras personales. Continúa haciéndose notar en el comportamiento habitual de los inmigrantes en las sociedades de acogida. En gran parte, esta reticencia al abandono de la sharia y la tozudez con la que se pretenden imponer preceptos atávicos como el velo o la prohibición del cerdo en los menús escolares no se explica únicamente por la perentoriedad del mandato religioso. También hay en ello un elemento de autoafirmación.

Da igual que se trate de clérigos radicales, de un adinerado jeque, del tendero del barrio o de un obrero marroquí que trabaja en la construcción. El salafismo, con su carga paranoica de pequeñas verdades de perogrullo, asumidas por una cohorte de ignorantes y testarudos lobos solitarios, no admite que le pongan límites. Quien tomó la decisión de peregrinar a la Meca, exponiéndose a contingencias sin número, tenderá a ver como algo razonable hacer la yihad por cuenta propia en los barrios de la decadente Europa. Sobre todo si se lo permiten. Una degradación extrema de estas actitudes individualistas la hemos conocido en forma de células terroristas autónomas o los atentados suicidas de Niza, París, Berlín o, ahora, Mánchester. Ciertamente, fueron perpetrados en nombre de Alá, pero llevarlos a cabo fue en última instancia el resultado de decisiones personales.

Un progresismo mal entendido y la mala conciencia por los desmanes de la era colonial, lleva con frecuencia a asumir como natural las excepciones a exigencias que imponemos a nuestra propia ciudadanía

Estados y grandes empresas son entidades razonables que se mueven por motivos de interés. Si los gobiernos de países gobernados por regímenes teocráticos como Irán o Arabia Saudí llegan a un acuerdo con una nación occidental, qué duda cabe de que al final lo cumplirán. Por muy islámicos que sean, lo que importa es la estabilidad política y vender petróleo. El problema se presenta con los que van por libre. Por ejemplo, imanes radicales, activistas marroquíes que conspiran contra la monarquía alauita o empresarios con algún tipo de ambición mesiánica, como ese viejo conocido de la policía española, el jeque Abdulaziz Al-Fawzan, que han hecho del wahabismo una bandera personal y se dedican a adquirir inmuebles, cadenas de televisión y otros recursos útiles para la difusión de ideas radicales. Una persona con ideas propias y en posesión de verdades eternas es peligrosa. Y antes de buscar algún tipo de medida de contención, es necesario comprender lo que está en juego.

Ante todo es preciso aclarar que individualismo y colectivismo no son conceptos positivos o rechazables en sí. Todo depende del grado, de las circunstancias y de la buena fe. Por ejemplo, nuestra sociedad vasca de comienzos del siglo XXI, en sintonía con el modelo occidental, es fundamentalmente respetuosa con las libertades individuales, valora la iniciativa personal y fomenta el emprendizaje. Pero en última instancia se pone más énfasis en el elemento comunitario y no tanto por capricho como por necesidad. La estabilidad social es un bien supremo para cuya preservación están obligados a cooperar el poder político, las instituciones y el pueblo. Esto no quiere decir que el individuo esté obligado a inmolarse borreguilmente por la colectividad. Pero si quiere vivir en una sociedad del bienestar regida por las normas del estado de derecho, ha de asumir su parte del contrato social: pagar impuestos, cumplir leyes, respetar el orden público y tener siempre presente que el derecho propio está limitado por los derechos del prójimo. Estas cláusulas -que por cierto incluyen también la separación entre Iglesia y Estado- no son negociables: se asumen sí o sí.

Un progresismo mal entendido, unido a la mala conciencia por los desmanes de la era colonial, ha llevado a que con frecuencia se asuma como algo natural el hacer determinadas excepciones a exigencias que de manera consecuente e implacable imponemos a nuestra propia ciudadanía. Peor incluso: todavía hay quienes, por aquello del multiculturalismo y la Alianza de Civilizaciones, valoran como algo positivo el que las sociedades industrializadas de Occidente acojan elementos foráneos sin imponer ningún criterio racional de integración. Es enriquecedor, afirman. E indudablemente lo es, cuando se trata de música, literatura o gastronomía. Pero hacer excepciones con la sharia es diferente. Si hay algo que a estas alturas debería haber quedado claro es que la asimilación de colectivos musulmanes -y de personas de cualquier otra condición antropológica- en las sociedades de acogida occidentales no avanzará mientras no se tenga en cuenta este principio de no exclusión: que lo mismo que se exige a un ciudadano europeo se ha de exigir también a todos los inmigrantes que llegan a nuestras ciudades.

La Euskadi que conocemos hoy es una sociedad basada en el colectivismo bien entendido: solidario y autorresponsable. Busca por principio el consenso. No tolera la corrupción en política, ni a los defraudadores de impuestos, ni el beneficio ilimitado del capital, ni siquiera la apertura ilimitada de los comercios. Y, a pesar de que no todo el mundo está de acuerdo con algunas de sus normas, la situación global resulta satisfactoria. Sin embargo, este estado de cosas no resulta de aplicar sin más unos reglamentos de gestión, sino también principios fundamentales.

Tener claro el principio de base no garantiza el éxito, pero es importante para evitar que un lobo solitario, un maverick, pueda salirse con la suya persiguiendo propósitos que no aportan nada a la colectividad o que pueden perjudicar a la estabilidad social. En el fondo, todo es tan simple como ser consecuentes con el hecho de que no hay diferencias, ni entre los que ya están, ni entre los que pueden llegar. Solo así se podrá evitar que en nuestro entorno lleguen a producirse situaciones de integración imperfecta tan conflictivas y caóticas como las que actualmente se producen en Madrid, Catalunya y numerosas ciudades de Inglaterra, Francia o Alemania.

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