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El progreso no era esto

Por Josu Montalbán - Lunes, 29 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Columnista Josu Montalban

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Columnista Josu Montalban

CON mi buen amigo Pedro Vigara, hombre sagaz y perspicaz, capaz de opinar con propiedad y sacar conclusiones con diligencia, comentaba la actualidad debidamente acompañados por dos copas de vino blanco y fresco para contrarrestar el rigor del caluroso mediodía. Alrededor de una copa de vino la amistad parece más fructífera porque la conversación se hace más distendida. Y como ambos dos somos a la vez los que disertamos y escuchamos, el diálogo ordenado permite acrecentar la riqueza tanto en los criterios esgrimidos como en los matices.

Yo llevaba unos recortes de periódico en el bolsillo en los que el titular más destacado era “España sufre el mayor ciberataque de su historia”. Puntualizaba que “el ciberataque afectó a una docena de operadores estratégicos”. Y ahí nos quedamos porque mi amigo Pedro, que es versado en la materia, intentó explicarme algo de los entresijos de la noticia, pero no estaba yo receptivo en aquel momento ni en aquella materia. Sin embargo, la conversación derivó hacia un concepto mucho más amplio, etéreo y, por eso, abstracto: el progreso. ¿El progreso era esto? Esta fue la pregunta que nos hicimos los dos alrededor de aquella noticia que con tanta intensidad nos trasladaba a un espacio imperceptible, infinito e indeterminado en el que están almacenados tantos pasajes de nuestras vidas: nuestras señas de identidad, la relación de lo que hemos estudiado y de lo que somos, los trajines de nuestros teléfonos fijos o móviles, los paseos que nos damos por todos los confines a través de nuestros ordenadores, los ficheros en los que constan nuestros expedientes policiales o nuestras vinculaciones políticas o nuestros historiales médicos… Lo cierto es que la conclusión no pudo ser más desalentadora porque, al parecer, cualquier estudioso o experimentador furtivo que opera en un garito miserable (uno de esos que se llaman “hacker”) puede hacer desaparecer tus datos del archivo en que debieran obrar debidamente custodiados.

“¿Qué ha pasado amigo Pedro?”, le preguntaba yo y, cuando intentaba explicármelo con mucha mayor propiedad que la que yo tenía para escucharle, le cortaba porque creía que me hablaba de fantasmas, de ese espacio apocalíptico en el que yo no deseo instalarme por más que el ensayista e intelectual indio Pankaj Mishra me lo haya propuesto en las reflexiones de su libro La Edad de la Ira. La verdad es que, a veces, soy un plagiador de las ideas ajenas cuando tales me parecen buenas. Por eso le dije a mi amigo Pedro que el futuro ha dejado de ser sinónimo de “progreso” y, plagiando a Mishra, le referí que la ira que nos agobiaba en ese momento era consecuencia de la desesperanza, incluso de la desesperación: “Confiábamos en que el futuro sería mejor… De ahí viene nuestra ira… Con la modernidad llegó la promesa de igualdad y prosperidad… La democracia liberal y capitalista iban a procurárnoslas… Todos creímos en esa utopía, pero solo las élites disfrutaron de esa bonanza”.

Es decir, que el progreso que nos prometieron no es esto que hemos alcanzado. Peor aún, no hay soluciones en el horizonte que nos permitan albergar esperanzas porque lo que hemos potenciado, aquello que hemos venido construyendo y hemos aceptado como si se tratara de una meta halagüeña, ha devenido en una trampa en la que irremisiblemente vamos cayendo. Una de las formas del progreso era la globalización. Ella nos traería tiempos dichosos, tiempos mejores en los que podría llegar a cumplirse el anhelo recogido en la Internacional Socialista: “la Tierra será un paraíso, la patria de la Humanidad”. Pero este anhelo ha sucumbido frente a una evolución dañina que ha aniquilado el elemento aglutinador de la familia como grupo social y humano, propio de los países del sur de Europa, para dar paso al individualismo propio de los países anglosajones, basado en la competencia e interferido de forma brutal por la tecnología. “La globalización ha igualado los deseos de la gente y eso ha hecho que se generalice la frustración” (Pankaj Mishra).

El planeta está siendo esquilmado brutalmente, víctima de la invasión tecnológica que no se detuvo en sí misma, ni fue consecuente con la finalidad que debía perseguir. A ese proceso imparable responde el ciberataque que ha puesto en riesgo a España y a 74 países más de los cinco continentes. De cuanto ocurrió en dicho ciberataque no es fácil hacernos una idea. Ni siquiera mi amigo Pedro, que conoce la materia, ha encontrado las palabras precisas, las frases esclarecedoras, de modo que uno lee la noticia y siente algo de miedo ante las consecuencias que puede traer consigo. Veamos, el relato habla de 57.000 ataques simultáneos que afectaron a una infinidad de organizaciones, algunas de ellas tan sensibles y delicadas como la Red de Hospitales del Reino Unido, afectada en 16 Centros que se vieron obligados a paralizar sus servicios de urgencias. Los hackers son seres superdotados, no tanto porque sus inteligencias sean superiores a las de los demás, sino porque se han especializado en ser peligrosos y disponen de informaciones privilegiadas. Curiosamente la condición de capturadores de los hackers, una vez que sus eficacias hayan sido contrastadas, les convierten en elementos codiciados y, por eso, también muy cotizados.

Todo estaba previsto, pero el ciberataque se produjo con la mayor virulencia. Hace dos meses, a mediados de marzo, Microsoft había distribuido parches que tenían como finalidad enfrentarse a la intensidad del virus, además y según advertencias de la Ciberseguridad española (CCN, CERTSI, Centro Nacional para la Protección de las Infraestructuras Críticas y el Instituto Nacional de Ciberseguridad) “los piratas eran especialmente peligrosos porque estaban usando la información de una filtración que en marzo había desvelado las tácticas de la CIA”. Mientras tanto, el hacker Chema Alonso, que se define como “informático en el lado del mal” en su blog personal, y ha sido contratado con un sueldo millonario por Telefónica para gestionar los datos de la multinacional y sus riesgos, ha echado balones fuera y no ha hecho declaración alguna en contra de los provocadores y artífices del ciberataque.

Nos las prometíamos muy felices, primero con la informática y luego con la cibernética, que muestra en medio de sus utilidades un ramillete de peligros, sobre todo un futuro lleno de oscuridad en el que apenas fulgen algunas luces de esperanza. El progreso no era esto. Cuando los luditas (partidarios del ludismo) se rebelaban contra la mecanización, destruyendo las máquinas que habían sido inventadas para sustituir a la mano de obra humana, no estaban tan desencaminados. Las máquinas fueron sustituyendo a los trabajadores. Los brazos de hierro suplieron a los brazos de carne y hueso. A aquel modo de lucha, el historiador Eric Hobsbawn lo considero una forma de “negociación colectiva por disturbio”. Por tanto, aquella rebelión contra la evolución que sustituía las penalidades del trabajo físico por las máquinas obedeció a una causa noble, no así esos ciberataques que solo son una muestra de la maldad que adorna a quienes usan la inteligencia “en el lado del mal”, como el hacker que contrató Telefónica.

Habrá otras ocasiones para hablar de hackers, de ciberataques y de la maldad que esconde el término “progreso”. Escribió el poeta Angel Guinda en su libro Crepúsculo Esplendor, en los principios de la década de los 80, un aforismo que viene al caso: “Hemos ido tan lejos / que no nos es posible regresar”. Yo no sé si la única respuesta que debemos dar a estos excesos que nos impone el progreso mal entendido es “regresar”, pero en todo caso somos rehenes de un progreso mal utilizado, que detesto, que nunca valoraré como demasiado positivo, porque el hombre no es su fin y objetivo más importante, porque es inhumano en buena parte de sus facetas.

El cantautor brasileño Roberto Carlos cantó al progreso con sencillez. Yo quiero, para terminar, recoger uno solo de los versos de su canción, que tiene un gran valor porque fue escrito hace cuarenta años: “Yo quisiera ser civilizado como los animales”.

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