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Los tres barquitos del Padre Tobías

Por Iñaki Anasagasti - Domingo, 28 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Columnista Iñaki Anasagasti

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Columnista Iñaki Anasagasti

EN 1978, la escritora y periodista Rosa Montero entrevistó en París al lehendakari Leizaola un poco antes de regresar este a Euzkadi. Lo hizo en la vieja delegación llena de cajas con documentos acumulados en cuatro décadas de exilio. La entrevista era buena y le pedimos permiso para reproducirla así como para narrar un cuento griego que ella había oído de un amigo y que había contado en las elecciones vascas de 2001. El cuento era éste:

“Érase una vez un pueblo remoto que padeció un invierno muy malo y tormentoso. Llovió tanto que la pequeña presa del valle se rompió y el pueblo comenzó a inundarse. El agua cubría ya los escalones de la iglesia cuando pasó un barquito: Padre Tobías, véngase con nosotros, dijeron los de la lancha al cura. No, hermanos, no hace falta;yo soy un hombre de Dios y he dedicado mi vida a Su Servicio. Estoy seguro de que Él no permitirá que me ahogue, respondió el sacerdote, que era un hombre conocido en todo el valle por el espesor berroqueño de su fe. El bote se fue y el agua siguió subiendo.

Lamía ya los nidos de golondrina del alero y el sacerdote tuvo que sentarse sobre el tejado. Pasó otro barquito por delante: Padre Tobías, véngase con nosotros. El cura volvió a negarse: No, hermanos, no hace falta, yo soy un hombre de Dios y Él no permitirá que me ahogue. De modo que los visitantes se marcharon y la inundación siguió su curso. El agua iba por mitad de la torre y el cura se había tenido que subir al campanario cuando apareció un tercer barquito: Mire que somos los últimos, padre. Será mejor que venga con nosotros, le exhortaron. Pero el sacerdote volvió a hacer profesión de fe en la providencia divina y se quedó. La lancha se alejó, el agua siguió subiendo y el cura se ahogó. Entonces, el alma del sacerdote, mojada y enfurecida, acudió a todo correr a las puertas del Más Allá. Se saltó las largas colas de muertos recientes y se plantó delante del arcángel portero. ¡Vengo a reclamar, estoy indignado!, rugió el sacerdote: ¡Yo soy el padre Tobías, soy un hombre de Dios, estoy seguro de que Él no me ha abandonado y sin embargo me he ahogado, quiero saber quién es el responsable de este error!. Permítame que consulte los libros, contestó el arcángel, que era una criatura impertérrita acostumbrada a furias post mortem. Y pasó hoja tras hoja del inmenso volumen hasta que encontró el nombre de Tobías: Ah, no, mire usted, aquí pone que le hemos enviado tres barquitos”.

El cuento me recordó a algunos que se llaman políticos pero no saben que la política es algo intrínseco con la negociación. El Padre Tobías se ahogó porque creyó estar en posesión de la verdad y dejó pasar ante él los tres barquitos. De ahí que no me extrañe nada que le montara semejante bronca al arcángel. Suele ser usual en gentes como éstas.

El cuento venía bien al escuchar en Onda Vasca al parlamentario de Bildu, Iker Casanova, con su retórica pirotécnica, señalar que la primera necesidad que habría que afrontar desde la Ponencia de Convivencia es “contribuir a la superación de las realidades enraizadas en el conflicto anterior que todavía persisten, como pueden ser la realidad de las personas presas, que son aun varios centenares, las personas huidas y la vulneración de derechos humanos que se están dando en la actualidad”. Ante la ausencia del PP en la ponencia, Casanova señaló que “están los que han querido estar”. Obvio. No sé si con semejantes planteamientos quiere o no que los guardadores de la llave estén en dicha ponencia. Las cometas pueden volar si hay viento y resultados tangibles a sus prioridades con semejante discurso... A nada que sea medianamente inteligente, sabe que éste no tiene el menor recorrido. Con lo que me demuestra que no ha aprendido nada ni ha olvidado nada. Él fue parte de lo que denomina conflicto -portavoz de Jarrai y condenado por ETA- y despacha semejante asunto de envergadura con el criterio esquemático y autoritario del que se cree vencedor del mismo, cuando todos los postulados que le hicieron abrazar y ser protagonista de aquella tragedia, uno a uno, fracasaron.

Decía un ruso analizando la Perestroika que era fácil hacer en un acuario una sopa de pescado, pero imposible reconvertir una sopa de pescado en un acuario. Y de eso se trata. Pero no, desde luego, con las recetas de este señor, por cierto, muy agresivo y sectario. En Irlanda, en su proceso de paz, el IRA tuvo buen cuidado de que en lugares claves de aquella transición no hubiera ni un halcón como éste, recetador de soluciones simplistas. A los tipos como el Padre Tobías los mandaban a Londonderry a regentar una pizzería, nunca a buscar el asentamiento del proceso.

La política, en su estricto sentido, es la manera más inteligente de solucionar los problemas de la gente, entendiéndola como negociación, como alternativa, como pacto. Cada vez parecería más que algunos de este mundo violento no se reconocen en instituciones democráticas y no terminan de captar la importancia del servicio público y votan más en contra de lo que temen que a favor de lo que esperan. Prefieren sus paraísos artificiales, como ese trotskismo del siglo XXI.

Comienza a parecer que la izquierda abertzale no está por la labor. Las pintadas, las basuras arrojadas, la quema de contenedores, el filibusterismo parlamentario absolutamente inservible, el no reconocer al adversario... les están llevando a una confrontación que no creo que sepan ellos a dónde les lleva. Y entre sus pocas banderas han elegido dos muy claras: no hay que negociar nada en Madrid con “el partido más corrupto de Europa” y la confrontación, por el momento, de manifestaciones y arrojo de basura a los batzokis. Como se ve, todo un programa de construcción nacional. Todo en positivo y al servicio de las mayorías. Se les nota demasiado el desentrenamiento democrático. Son como gamberros y gamberras sin gracia, elegidos entre las juventudes desideologizadas, muy lejos de cualquier nivel universitario, y con una pulsión tribal difícil de superar.

Hablando de basuras, estos días ha aparecido una noticia -que a muchos no les ha agradado destacar- en la que se decía que la planta de valoración energética de residuos Zabalgarbi (Bizkaia) había sido reconocida por su seguridad por la mutua norteamericana FM Global. Con este reconocimiento, Zabalgarbi se ha convertido en la primera planta que recibe la calificación HPR (Highly Protected Risk). Tras un exhaustivo análisis, la aseguradora norteamericana valoró la alta exigencia de la planta en todos los frentes de gestión medioambiental, prevención de riesgos laborales y óptimo cuidado y estado de sus instalaciones.

Estoy seguro de que si se le preguntara al señor Casanova, o a la plataforma contra la construcción de la incineradora en Gipuzkoa, dirían que esta Mutua es un apéndice de la CIA y que tras ella están “los intereses neoliberales de la democracia burguesa y del Partido del Negocio Vasco” que ellos denuncian. Su rigor en relación con la incineración pasa por argumentos como esos, en una Europa en la que tienes una incineradora en cada capital.

Pero hay más. Zabalgarbi se construyó, con oposición beligerante de la izquierda abertzale y al parecer doce años después tampoco han aprendido nada. ¿Cuántos muertos ha producido la incineradora Zabalgarbi en doce años que es lo que anuncian ellos para Gipuzkoa? ¿Cómo se puede seguir manipulando a una sociedad con miedo y argumentos falsos?

Hace una semana falleció Juan María Vidarte, un luchador consecuente por los derechos humanos, de los que esta gente en su endogamia no tenía ni idea. Experto jurista, fue fundador en 1976 de la Asociación Proamnistía y presidente de la Asociación Pro derechos Humanos de Bizkaia y, luchando por vaciar las cárceles, a diferencia de la IA, concurrió en las listas del Frente Autonómico para el Senado. Desde dentro, peleó para consolidar una Amnistía que se logró en octubre de 1977 vaciándose todas las cárceles que luego ETA volvió a llenar de presos;entre ellos, Iker Casanova, quien ahora nos da clases de moral y buenos principios.

Entiendo que quieran blanquear su pasado y erigirse en faro ético de la sociedad pero, para muchos en este país, sus soflamas no cuelan. Me quedo con el ejemplo limpio de personalidades como las de Vidarte, quien desde su trinchera democrática abogó por un país de todos, de respeto, y de progreso y sin intransigentes Tobías cerrados a cualquier salida pactada inteligente.

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