Tribuna abierta

Garabatos, dólares y muerte

Por Txema Montero - Sábado, 27 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Columnista Txema Montero

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Columnista Txema Montero

SIdisponen de un par de horas, seguro que sí, no duden en visitar la exposición que sobre el Expresionismo Abstracto ofrece el Museo Guggenheim de Bilbao hasta el próximo 4 de junio. Es soberbia: las obras escogidas, incluidos los fondos propios del museo, las explicaciones en los paneles informativos sobre las novedades técnicas que los pintores desarrollaron, las circunstancias históricas que dieron lugar a ese movimiento, las extremosas personalidades de sus componentes… y la política, que lo envolvía todo. Mucha política en la trastienda, a pesar de las declaraciones de pasotismo de los propios pintores, quienes afirmaron “la pintura moderna es el baluarte de la expresión creativa individual, por encima de la izquierda política y de su hermana de sangre, la derecha”.

Willem De Kooning, Mark Rothko, Arshile Gorky, Alexander Calder, Franz Kline, Frank Stella, Lee Krasner, Robert Motherwell, Jackson Pollock, Stuart Davis, William Baziotes y Adolph Gottlieb, todo ellos de sobredimensionadas personalidades, se reunían en el Cedar Tavern de Nueva York, donde se ponían de alcohol hasta las cartolas. La pose del macho que busca pelea, parrandero y proclive al maltrato, a imitación de Hemingway, y la huída del intelectualismo de los artistas europeos de la época eran su sello de distinción. Su pintura era absolutamente opuesta al realismo soviético de Isaac Brodsky, Alexander Guerásimov o Alexandr Deineka, pinta que te pinta retratos de Lenin y Stalin, granjas colectivas o asedios militares. La influyente revista comunista de crítica artística Masses and Mainstream (Masas y Tendencias) les sacudió una andanada de grueso calibre : “Dollars, doodles and death” (Dólares, garabatos y muerte) que resultó profética. La andanada era también un ajuste de cuentas personal. La mayoría de los pintores ahora expuestos en Bilbao habían comenzado su carrera siendo comunistas o compañeros de viaje de estos.

En las durísimas condiciones de vida en los Estados Unidos durante la Gran Depresión, los artistas se dedicaban a tomar café sin posibilidad de exponer ningún cuadro. La Rusia soviética parecía una Arcadia Feliz ajena a la crisis y el comunismo pictórico representado por muralistas como el mejicano David Alfaro Siqueiros, un ejemplo a seguir. El presidente Franklin Delano Roosevelt, siempre ojo avizor, desarrolló un programa específico llamado Proyecto Federal de Artes para subsidiar a los artistas que tan mal lo estaban pasando y, de paso, alejarles de tan “nocivas compañías”.

La ‘conspiración Dondero’ El arte no pudo escaquearse de una de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial: la Guerra Fría. Y los Estados Unidos que defendían la libertad de expresión en el exterior parecían lamentar tales libertades en casa. En el Congreso estadounidense se produjo un asalto en toda regla dirigido por un republicano de Misuri, George Dondero, quien declaró que el arte moderno formaba parte, sencillamente, de una conspiración mundial para debilitar la moral americana. Afirmó que “todo el arte moderno es comunistoide”. Y, para mayor detalle, enunció: “El cubismo pretende destruir mediante el desorden calculado, el futurismo pretende destruir mediante el mito de la máquina, el dadaísmo pretende destruir mediante el ridículo, el expresionismo pretende destruir remedando lo primitivo y lo psicótico, el arte abstracto pretende destruir por medio de la confusión de la mente, el surrealismo pretende destruir por negación de la razón” (La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders, Editorial Debate).

El expresionismo abstracto pasó a estar en el ojo de aquel huracán promovido por los anticomunistas más cerriles, como el senador Joseph McCarthy, quien puso en marcha La Caza de Brujas, persecución de todo lo que oliera a comunista;y el propio Dondero, especializado, lo hemos dicho, en pintores. Pero allí donde Dondero veía evidencias de conspiración comunista, la élite cultural estadounidense detectó una virtud opuesta: para ellos, expresaba una ideología específicamente anticomunista, la ideología de la libertad, de la libre empresa, una aportación específicamente estadounidense al arte moderno. En 1948, el crítico de arte Clement Greenberg defendía con todas sus fuerzas la nueva estética del expresionismo abstracto y la necesidad de que fuera enunciada como arte específicamente americano. ¿Qué podría hacer una gran potencia sin un arte apropiado?, se preguntaba. Los estrategas de la alta política se toparon con que no podían apoyarlo públicamente por la oposición interna de los cazadores de brujas. ¿Qué hicieron? Recurrieron a la CIA justificándolo de esta curiosa manera: “Para favorecer la libertad de expresión teníamos que hacerlo todo en secreto”. Puesto que en Estados Unidos la mayoría de museos y colecciones de arte eran -y siguen siendo- privados tanto en su titularidad como en su financiación, la CIA recurrió al sector privado para conseguir sus objetivos.

El más importante entre los museos de arte contemporáneo y de vanguardia era el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York. Su presidente durante la mayor parte de los años 40 y 50 fue Nelson Rockefeller, cuya madre, Abbi Aldrich, había estado entre los fundadores del museo en 1929 (Nelson lo llamaba “el museo de mamá”). Rockefeller era un decidido defensor del expresionismo abstracto, al que se refería como “pintura de libre empresa”, uniendo de esa guisa arte y beneficios económicos. Greenberg, el crítico de arte que más hizo por promover el expresionismo abstracto, lo vio claro: “la vanguardia artística presumía de independiente, pero siempre siguió vinculada por el cordón umbilical del oro”.

La búsqueda del arquetipo de ‘pintor americano’, se centraba en alguien pendenciero, a ser posible de pocas palabras y si era un ‘cowboy’, mejor que mejor

El antirrealismo socialistaMoscú era por aquellos días muy cerril a la hora de combatir cualquier cosa que no se adaptase a sus rígidos esquemas de pintura figurativa al gusto de Stalin y la élite americana se había dado cuenta de que el expresionismo abstracto era el tipo de arte que menos tenía que ver con el realismo socialista. ¿Qué quienes componía esa élite? Para que se hagan una idea del aire de la época, les recomiendo que vean la película El buen pastor, de Robert de Niro. Encontrarán en ella personajes de la alta sociedad americana miembros de la naciente CIA inspirados en personas de carne y hueso como John, Jock, Hay Whitney, amigo íntimo de Rockefeller, durante mucho tiempo, miembro del Consejo del MoMA, del que también fue presidente, y poseedor de una inmensa fortuna con la que financiaba nuevas empresas, obras de Broadway y películas de Hollywood. Whitney había trabajado en 1943 para la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA. O como William Burden, que entró al museo como presidente de su Comité Asesor en 1940. Descendiente del comodoro Vanderbilt, Burden era paradigma de la clase dirigente durante la Guerra fría. Había sido secretario de Estado del Ejército del Aire y se había ganado una reputación como “capitalista de riesgo de primer orden”, presidió la Fundación Farfield, de la CIA, y parecía encantado de poder servir de tapadera para sus actividades. En 1947, fue nombrado presidente del Comité de las Colecciones del Museo y en 1956 llegó a presidente del MoMA. William Paley, heredero de la Congress Cigar Company, era otro de los consejeros del MoMA. Amigo personal de Allen Dulles, director de la Agencia, permitió que la CBS, emisora de su propiedad, diese cobertura a los agentes de la CIA de manera análoga a como lo hizo Henry Luce en su imperio periodístico Time-Life (Luce era también consejero del MoMA).

Tal formidable grupo de presión consiguió su objetivo. Las relaciones entre la política cultural de la Guerra Fría y el éxito del expresionismo abstracto iban de la mano y fueron conscientemente creadas por parte de las personas mencionadas, quienes controlaban las políticas de los museos y abogaban por comprar de forma continua obras de los expresionistas abstractos desde su primera aparición.

La búsqueda del arquetipo de pintor americano, se centraba en alguien pendenciero, a ser posible de pocas palabras y si era un cowboy, mejor que mejor. Ciertamente, no debería ser del Este, ni nadie que hubiese estudiado en Harvard. Debía de surgir del propio suelo, no de Picasso ni de Matisse. Además, se le debía permitir el gran vicio americano, el vicio de Hemingway: ser un borracho. Así descubrieron a Jackson Pollock, la encarnación de la virilidad vaquera. Pollock era mucho más que un símbolo. No dibujaba bien como su alter ego De Kooning (El arte de la rivalidad, Sebastian Smee, Editorial Taurus) pero, inspirado en Miró, desarrolló una técnica, conocida como action paintingo drip painting, que consistía en exponer un lienzo inmenso en el suelo, preferiblemente al aire libre, y hacer gotear pintura por toda su superficie. Su arte era abstracto, pues no abordaba ningún tema;directo, pues carecía de boceto previo;sin profundidad, ya que la pintura era salpicada -drip- sobre el mismo lienzo, y en todas direcciones, pues al no haber una composición, la pintura constituía un campo uniforme sin centro o margen. En agosto de 1949, la revista Life dedicó su doble página central a Jackson Pollock, con lo que difundió al artista y a sus obras por todos los hogares de Estados Unidos.

“Todo el arte es un negocio”Hacia 1959, el expresionismo abstracto estaba en el cénit de su popularidad. El presidente Eisenhower había declarado: “Sabemos que donde reina la tiranía, sea bajo el fascismo o el comunismo, el arte moderno se destruye y se le expulsa”. Pero los pintores no acababan de ver claro el montaje político que se orquestaba en su derredor: “La idea de una pintura americana aislada… me parece absurda, como parecería absurda la idea de crear una matemática o una física puramente americana”, diría Jackson Pollock. Claro que esto lo decía mientras su cuenta corriente experimentaba un alza semejante a la del mercurio de un termómetro aplicada sobre la axila de un enfermo de paludismo. Lo confirmó la propia Peggy Guggenheim, flamante coleccionista cuyo padre había desaparecido en el hundimiento del Titanic en 1912, dejándole una herencia cuantiosa, y cuyo tío Solomon habría de fundar el museo neoyorquino que lleva su apellido. Al regresar Peggy a los Estados Unidos, tras una ausencia de doce años, se quedó estupefacta porque “todo el mundo del arte se había convertido en un enorme negocio”.

Chapoteando entre alcohólicas veladas en la Cedar Tavern, los ya exitosos pintores se hicieron casas en los sitios residenciales preferidos por las élites, los Hamptons, Providence y Cape Cod. El arte moderno valoraba la cruda inmediatez, las ideas frescas, la originalidad del artista y, por encima de todo, la sinceridad;pero aquellos exjóvenes airados se parecían cada vez más a los corredores de bolsa, quienes a su vez los clasificaban como valores “especulativos”. No hubo final feliz. Arshile Gorky se ahorcó. Franz Kline moriría en 1962, víctima de la bebida. Tres años después, el escultor David Smith murió como consecuencia de un accidente de tráfico. En 1970, Mark Rothko se abrió las venas y murió desangrado en el suelo de su estudio. Algunos de sus amigos pensaron que se había suicidado porque no pudo soportar la contradicción de haber sido cubierto de recompensas materiales por obras que “gritaban a voces su oposición al materialismo burgués”.

La noche del 11 de agosto de 1956, Pollock se salió de la carretera cuando conducía un descapotable Oldsmobile acompañado de Ruth Kligman, novia circunstancial, y Edith Metzger, amiga de esta. Solo sobrevivió Kligman, quien al parecer relató la última conversación con Pollock: “¿A dónde vamos?”, preguntó la amiga. “Al infierno”, contestó Pollock dando un volantazo y estrellándose contra dos olmos. Ese suicidio-asesinato que tanto recuerda al James Dean de Rebelde sin causa le purificó y posibilitó que lo canonizaran. Lee Krasner, la única mujer talentosa del grupo, era judía y había sido novia de De Kooning. Permaneció quince años junto a Pollock desposada-esposada. La relación entre ambos era destructiva en lo personal y constructiva en lo artístico, un caos que duró hasta la muerte de Pollock en el 56. En la exposición del Guggenheim, podrán observar la influencia mutua de esta sin par pareja de pintores. Frente al colosal Mural de Pollock, se encuentra la obra de Kresner Sin título, a mi juicio lo mejor de la exposición.

La maldición de la revista comunista Masas y Tendenciasse cumplió. Los garabatos llevaron al dólar y el dólar a la muerte, pero ¿quién recuerda la revista y dónde quedó el “realismo soviético”? El arte parece seguir su propio camino por mucho que grite la política, por muy alto que suene el tintineo de las monedas y por más que los artistas sucumban a esos dos ruidos.

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