Presunción de inocencia

Por Miguel Sánchez Ostiz - Viernes, 26 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

VERGÜENZAajena, como poco, es lo que produce la defensa de la presunción de inocencia por parte de quienes durante años han practicado el linchamiento más impune, tanto en medios de comunicación como en redes sociales, en las que se ha difamado a placer. Todo es válido si de tus enemigos, que no adversarios políticos, se trata. Eso sí, si el dedo acusador te señala, a ti o a tus compinches, es otra cosa, el reclamo y la petición de amparo son inmediatos y la puesta en tela de juicio de la actividad policial lo mismo, esa que habían elogiado y alabado sin recato en otros casos que los beneficiaban.

Durante años ha sido habitual ver portadas de prensa, leer titulares y escuchar declaraciones oficiales sangrantes, todas acerca de detenidos utilizados como trofeos de la lucha antiterrorista que o bien han salido libres sin juicio, después de largas permanencias en prisión, o han sido absueltos por el tribunal que los han juzgado. Silencio. Los mismos medios y los mismos comunicadores que se cebaron con ellos y los lincharon, callaron luego, como callan ahora mismo cuando eso sucede. Me fío de Michel Onfray cuando en un ensayo reciente sostiene que la prensa, hoy, equivale a un tribunal de excepción. No se trata de informar sino de derribar al enemigo político, al objeto de animadversión, se trata de ganar la partida, de amañarla. Prensa y redes sociales, todo depende del alcance y del poder que va con ellas y de las servidumbres político-económicas que tengan.

Pero si esa presunción de inocencia resulta cosa de tartufos, no le va a la zaga lo sucedido ahora mismo con los informes de la Guardia Civil remitidos al juez instructor acerca de las actividades de Cifuentes y otros conspicuos miembros de la casta pepera gobernante, implicados de lleno en casos de una corrupción y un mal gobierno que exceden en mucho lo económico y tienen impregnado el tejido social: la doblez y la falta de escrúpulos en lo público y en lo privado.

Lo más chusco ha sido que quienes han dirigido la brutalidad policial -ampliamente documentada de manera gráfica, hasta que esto fue prohibido-, multado, amedrentado, pergeñado y aprobado una abusiva ley Mordaza y unas reformas del Código Penal propias de un régimen policiaco, hablen ahora de la amenaza de un estado policial y se rasguen las vestiduras porque una institución administrativa pueda suplantar las decisiones y actos judiciales, algo que ellos mismos han practicado en propio beneficio. Tartufería en estado puro, que no siempre lleva aparejado el descrédito de esa casta política y social, porque hay quien silencia sus mañas toscas y quien las aplaude como si de faenas taurinas o manos de póquer bien jugadas se tratara.

Además, es indignante que una ley represiva y sin otra motivación que esa sea a la vez una fuente de saneados ingresos para el Estado en manos de quien la ha puesto en circulación, que redunda en la más completa inseguridad jurídica para la ciudadanía, cuya presunción de inocencia o inocencia a secas está en entredicho.

Es el país del esperpento, eso lo tengo claro, pero un esperpento de derrota, más que un verdadero sacudimiento de conciencias que invite a actuar de manera urgente y directa, en la calle y en el Parlamento hasta donde se pueda.

Hace unos días, Felipe Alcaraz escribía que “es una pena que en una situación como la que sufrimos haya connivencia e incluso se moteje de frivolidad y circo a una moción de censura”. Estimo que tiene razón, pero por mi parte añadiría que más pena es que una parte significativa de la ciudadanía no sufra la actual situación o no parezca hacerlo, sino que por apoyo expreso o por un viejo fatalismo de refranero y perro apaleado, la sostenga como si no pasara nada, confiando en que quien tiene el poder, tiene la razón con él y nada es nunca tan grave como parece mientras no te toque;y aun así.

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