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Las ciudades universitarias vascas del futuro

Por Enrike Zuazua - Viernes, 26 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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LA universidad fue, en toda España, y también aquí, durante siglos, cosa de pocos, solo de aquellos que habían nacido en familias con recursos, accedido a las escasas becas destinadas a los alumnos más brillantes u optado por desarrollar su vocación militar o religiosa.

Pero en la década de los 70 los estudios universitarios comenzaron a universalizarse. Estudiar en la Universidad dejó de ser algo excepcional y se puso al alcance de toda una generación particularmente numerosa, nacida cuando el fantasma de las guerras y su larguísima sombra empezaba a desdibujarse.

Las universidades eran aún escasas y, con frecuencia, estudiar significaba viajar, residir fuera del hogar y una inversión significativa pero entonces ya abordable para muchas familias.

Las comunicaciones no eran tan frecuentes, rápidas y asequibles como hoy y la solución más socorrida era dejar el nido familiar para residir en la ciudad sede del centro universitario, al menos durante los días de labor. Los que optaban por estudiar en otras circunscripciones tenían que conformarse con volver a casa solo en vacaciones.

Nuestras capitales y sus alrededores comenzaron así a recibir cada año a miles de jóvenes alumnos que necesitaban un lugar donde vivir. Los menos resolvían la cuestión en alguna de las escasas residencias disponibles, y los más lo hacían en pisos compartidos, de alquiler barato.

Elegir el grupo de amigos y compañeros lo bastante afines como para compartir alojamiento no era cuestión menor. Por suerte, las cosechas de jóvenes eran por entonces abundantes, de modo que siempre había una solución para constituir un grupo dispuesto a compartir la aventura, con pocos prerrequisitos.

Era habitual ver carteles por las calles que anunciaban el alquiler de un piso de estudiantes, lo que significaba que se trataba de un lugar en el que una familia no desearía vivir. Esos pisos podían estar a desmano, ser fríos y húmedos, ruidosos e incómodos. Pero en su propia denominación se sobreentendía que, en ese momento vital de estudio y hormonas, todos esos males eran asumibles. Y realmente lo eran y lo son aún hoy, aunque un poco menos.

En la época, los acuerdos de alquiler eran con frecuencia de palabra. Eran aún tiempos en que un compromiso verbal valía tanto como un contrato, en los que se pedía poco el carné de identidad, y en que ser universitario confería al joven una cierta garantía de riesgo controlado.

Se pagaba más bien poco y a escote entre quienes iban a compartir no solo el piso, sino también una experiencia vital única e inolvidable.

El casero, con un poco de suerte, adoptaba cierta actitud de tutela. De hecho, era el primer interesado en cuidar del piso que le pertenecía, tarea a la que los vigorosos jóvenes dedicarían poco tiempo y recursos.

Los vecinos eran con frecuencia los primeros perjudicados. No era ni es lo mismo compartir descansillo, escalera o tabique con una pacífica familia o un grupo de energéticos y ruidosos jóvenes que comienzan a celebrar el fin de semana los jueves o los miércoles por la noche.

La litrona solo adoptó ese nombre más tarde. Pero, su ancestro, el kalimotxo, no me cabe duda, fue inventado en aquella época, inspirándose en el hábito casero de mezclar vino barato con gaseosa, también barata, para forjar una bebida levemente alcohólica y chispeante. Bastó sustituir la gaseosa por un refresco de cola.

Las carreras eran aún, casi todas, de cinco años, salvo las que duraban seis. Las habitaciones de los pisos no solían estar muy bien acondicionadas para el estudio por lo que con frecuencia se optaba por la biblioteca o, en algunos casos, simplemente por no estudiar. Tanto es así que en cada pueblo había alguien distinguido por haber sido quien más años había tardado en acabar la carrera. Terminarla a tiempo o dejarla a medias era lo normal. Pero aquellos que ostentaban el récord en el estiramiento de los años de vida universitaria, completando el diploma, eran dignos de reconocimiento pues se les suponía una dilatada experiencia en todos los trances de la azarosa vida estudiantil menos en el de hincar el codo.

Era una época en la que no había bidegorris y en que las instalaciones deportivas públicas eran escasas. Pero se hacía deporte sí, a veces callejero, cuando la manifestación se dispersaba. Y es que, por entonces, estudiar iba acompañado también de un inevitable bullir en una agitada olla sociopolítica en la que casi todo estaba por acontecer.

Las cosas han cambiado mucho en estos cuarenta años. Las universidades están mucho más cerca y el transporte público contribuye a ello de manera notable. Los hogares familiares están mejor adaptados a la vida estudiantil, disponen incluso de Internet y, por tanto, es más fácil estudiar desde casa. Y en caso de optar por el alquiler, un piso de estudiantes de hoy habría sido considerado “de diseño vanguardista” en aquella época. Las bibliotecas e instalaciones deportivas públicas son mucho más abundantes y accesibles, de modo que es también más fácil llevar una vida razonablemente cómoda, ordenada e integral a la vez que se estudia, ya sea compartiendo piso o en casa de los aitas.

En estas décadas, nuestras ciudades y territorios han ido evolucionando y nuestras instituciones universitarias se han esmerado en diseñar nuevos diplomas, ofertar docencia multilingüe, mejorar sus instalaciones, seleccionar mejor a su profesorado y afinar las metodologías de enseñanza, cuidar su imagen y proyectarla a la sociedad.

Entonces y ahora estudiar en la universidad es también y, sobre todo, vivir, compartir, relacionarse, experimentar, y disfrutar los cuatro o cinco mejores años del ciclo vital.

Pero una ciudad universitaria no es solo un área urbana con universidades, sino la que ofrece un entorno de contornos reconocibles para formarse, rodeado de pares de diversas etnias, orígenes y culturas, en el que los profesores estén disponibles para tutorías e investigaciones, en un entorno urbano adaptado al recogimiento del estudio, a la creatividad, pero también a la expansión del ocio.

Cada vez más, los jóvenes no solo buscan una universidad donde matricularse y obtener un diploma sino estos nichos para formarse viviendo y vivir formándose.

Tenemos aún tarea pendiente para convertir nuestras ciudades, fértiles en instituciones universitarias, en genuinas ciudades universitarias. Hacerlo necesita de visión, de terreno edificable, de inversión, de tiempo para desplegar un plan urbanístico que permita ofrecer a futuras generaciones ese tipo de entorno al que nosotros solo pudimos acceder más tarde, cuando nos tocó visitar otras universidades, otros lugares, ya como profesores.

Y precisa también consenso, de una sosegada planificación en el medio-largo plazo, de deliberación institucional y compromiso empresarial y ciudadano.

Para quienes hemos pasado casi toda nuestra vida en la universidad, no nos resulta difícil imaginar y visualizar ese proyecto materializado en las ciudades vascas del futuro.

Si lo consiguiéramos, los estudiantes, llegada la primavera, podrían nadar en la ría, en Zorrotzaurre, por ejemplo, observando el paso de las piraguas y el vuelo de las gaviotas, sin reparar en que, décadas atrás, hubo un tiempo en que Internet no existía, en que había pisos solo para estudiantes que tuvieron la fortuna de ser testigos de transformaciones sociales y urbanas increíbles, así como la de imaginar esos nuevos paisajes académicos impecables cuando todavía los talleres ocupaban los muelles y vertían sus residuos directamente a la ría para desembocar en el mar.

Imaginarlo y evocarlo por escrito tiene escaso mérito. Realizarlo constituye un ilusionante y ambicioso reto colectivo, de país, por el que merece la pena apostar. Ni la falta de recursos ni la complejidad de la empresa deberían ser excusa para no hacerlo.

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