Tribuna abierta

Populismo y demagogia

Por Joseba Iñaki Sobrino - Jueves, 25 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:23h

SIhubiese que hacer caso a las acusaciones cruzadas entre los partidos, la enfermedad del populismo y la demagogia se habría extendido de forma generalizada entre la clase política;constantemente se lo reprochan unos a otros sin excepción ni medida. Sin que reconozcamos por nuestra parte a tales acusaciones carácter de fuente de información fiable, no dejamos de observar determinadas manifestaciones de que el virus está bastante extendido sin que parezca haber vacuna efectiva. Nos acercaremos, por tanto, a ellas intentando no contribuir a la propagación de la epidemia.

Una primera cesión del rigor y la coherencia, sinceramente la menos preocupante, la constituye el reguero de promesas incumplidas que jalonan el debate político. Tradicionalmente se liga estas con los programas electorales y las campañas, donde está más que asumida y somos los engañados (de haber alguno) casi tan responsables como quienes se dedican a informarnos de sus intenciones con exceso de fervor. Es más importante, sin embargo, advertir el fenómeno en otros muchos ámbitos en los que pasa más inadvertido.

Partamos de la base de que no es lo mismo prometer un resultado concreto (una actividad, un plazo…) que comprometer el esfuerzo de uno para que algún día sea posible. Y que cometemos un error quienes consideramos al político como un superman omnipotente y no prestamos atención a los matices. Vemos, sin embargo, constantemente debates y promesas sobre cuestiones que no son competencia de la institución correspondiente, sin la debida pedagogía acerca de que lo que se promete o reprocha depende en mucha mayor medida de terceros a los que no se alude.

Halagar, por otra parte, a electores concretos, o grupos de ellos, abanderando cualquier reivindicación por ajena a la realidad inmediata que resulte, no solo conduce a la frustración de aquel a quien se ha hecho creer que la satisfacción era posible, sino al desprestigio de toda la política en general, en lugar de “desgastar” (el lenguaje político es a veces muy ilustrativo) tan solo a quien detenta la responsabilidad de gobernar.

“Mercatilización del presupuesto” La extensión del virus está provocando lo que podríamos llamar “mercantilización del presupuesto”. Se trata del empeño de los grupos de la oposición (o coaligados de peso menor en un gobierno) que comprometen su apoyo al mismo en hacer visible su influjo a través de incluir subvenciones (generalmente nominativas, con nombres y apellidos) a entidades más o menos afines. En ocasiones, se coloca a estas en situación delicada no ya por el señalamiento político, sino porque, pese a lo que más de uno piensa, el dinero público se concede con la contrapartida de tener que acreditar no solo que se ha gastado, sino que se ha hecho correctamente. Más aún si, como está empezando a suceder cada vez con más frecuencia, estas entidades no habían solicitado tal ayuda, no habían sido consultadas sobre su necesidad y la reciben (aunque no puedan decirlo para que no se les acuse de desagradecidas) más como un marrón por las obligaciones que acarrea que como verdadera ayuda. Quizá quienes actúan de este modo no sean conscientes de que tan fuerte, o más, que el agradecimiento (y eventual cosecha de votos) de los favorecidos, puede resultar el cabreo de los que no reciben idéntico trato creyendo merecerlo de la misma manera.

Más preocupante, porque estamos viendo ya sus efectos, (es el arma de destrucción masiva con la que Trump ha llegado a la presidencia) es la tendencia a simplificar el debate político, a reducir problemas complejos a pinceladas (pocas) de brocha gorda en el diagnóstico y recetas fáciles y simplonas respecto de la solución.

Populismo es no decir no cuando se debe, tanto como decir sí cuando no se debería. No llama tanto la atención pero quizá esté lastrando más los presupuestos públicos

Dando esta batalla de la simplificación por perdida, lo que más quizá lo que m

Que las personas no deseemos desgastar neuronas en cuestiones que adivinamos complicadas y necesitadas de un cierto conocimiento previo es una cosa y favorecer esto tratando a todo el mundo como si fuera bobo es otra. Que comunicar con inmediatez exija síntesis es una cosa y que no pasemos del más o menos ingenioso o afortunado eslogan otra muy distinta. Simplificar sin advertir de que se simplifica induce a creer que todo es simple. Y nada más lejos de la realidad.

Es cierto que el mensaje debe adaptarse al destinatario si queremos comunicar algo de forma efectiva, pero no es socialmente responsable transmitir a la ciudadanía la impresión de que si no se soluciona determinado problema es tan solo por la falta de voluntad política de los que gobiernan y que la solución es tan simple como sustituirla por la propia. Ni la voluntad (la de nadie) lo puede todo, ni es problema de voluntad (a menos que la entendamos mundial) resolver algunas de las inquietudes presentes en la mente de quienes votan (aunque sea cierto que sin voluntad decidida poco se arregla, pues los problemas no se solucionan solos).

Una manifestación peculiar de la demagogia simplificadora es la invocación purista de principios éticos como legitimación de posturas y actitudes. Una acotación previa: está muy lejos de nuestro ánimo la pretensión de excluir que las decisiones se adopten en virtud de consideraciones morales ajenas al mero utilitarismo particular, todo lo contrario, haría falta en mayor medida y en mucho mayor número de ocasiones. Lo que se reprocha es la utilización selectiva en tiempo y lugar, lo que coloquialmente denunciamos cuando recordamos aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Por poner el único ejemplo concreto con que adornaré está (auto) admonición general, es grotesco proclamar que no se puede, por imperativos éticos, pactar con determinado partido por corrupto, mientras se invoca la ayuda de un cuerpo policial al que se califica al mismo tiempo como torturador y asesino.

El enfeudamiento de los partidosQuizá, sin embargo, y dando esta batalla de la simplificación por perdida, lo que más nos inquiete a algunos sea una última manifestación del virus populista, la dificultad para decir que no. Multitud de demandas de trato privilegiado y discriminatorio, de exención de los requisitos que exigen las normas, de concesión particular de bienes o servicios públicos… derivan de la imposibilidad de enfrentarse a personas (por miedo a perder su voto) o grupos (por miedo a una eventual campaña en nuestra contra, por no atenderles debidamente, que redunde en lo mismo).

El enfeudamiento de partidos con empresas y/o medios de comunicación, con lobbys y grupos varios, es tan solo el anverso de la moneda. En el reverso tendríamos la multitud de garrapatas que se agarran a los partidos (a los de gobierno y también a los de oposición, todavía más vulnerables por contar con menos nivel de información sobre las consecuencias de atender la demanda), para intentar conseguir a través de ellos lo que no logran siguiendo el procedimiento administrativo.

Populismo es no decir “no” cuando se debe, tanto como decir “sí” cuando no se debería. Quizá no llame tanto la atención pero quizá esté lastrando más los presupuestos públicos. Quizá no sea tan gráfico como construir un muro para frenar la inmigración, pero se convierte en un verdadero muro que impide avanzar no ya en la igualdad, desiderátum inalcanzable, sino en esa equidad que sí debiera ser posible en mayor medida.

Y quizá los votantes debamos por todo ello empezar a valorar más no cuántas ni qué demandas satisfacen nuestros representantes, sino a cuántas mamonadas y estupideces son capaces de decir “no” con claridad y sin miedo. Porque el ejemplo cunde y es mucha pedagogía lo que nos hace falta.

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