El bombín roto

Reina José Ángel II

Por Jon Mujika - Jueves, 25 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 09:20h

Columnista Jon Mujika

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SUCEDE a menudo. Uno que sube y otro que baja, uno que entra y otro que sale, uno que llega y otro que se va... La vida también es eso: un continuo cruzarse en el ascensor, cada cual con sus fatigas, con sus alegrías, con sus pesares. La escena vivida ayer en el retablo del Athletic recreó una más;la despedida de Valverde que sonó a desahogo, al respiro de alivio en aquella sentenciosa frase de “mi trabajo está hecho” (y bien cierta que era, dicho sea con todos los parabienes del mundo...), con la bienvenida de Ziganda, anunciada un puñado de horas después por el club sin un porqué claro. ¿A cuento de qué la espera...? Hace ya tiempo que el Athletic habla en tecnocratés cuando lo hace en público. No hay Dios que le entienda. El Cuco, decía, si que habló claro como futbolista. Ahora, supongo, le faltará el aire, el mismo que exhaló Ernesto. Ese banquillo pesa y mucho. Hay que resoplar para moverlo al gusto de cada cual. Le hará falta oxígeno para la ascensión pero no parece que a Ziganda le flaqueen los pulmones.

Más allá de las formas -discutibles cuanto menos...-, la sucesión del banquillo del Athletic ha gastado un aire british, como cuando los ingleses cambian de cabeza bajo la corona, solemnes e imperturbables. Se diría que ha sido una sucesión marcada por derecho de sangre, como si a Ernesto I le hubiese sucedido José Ángel II (en el reino del Athletic José Ángel I solo puede haber uno y si le tengo que explicar quién es mal andamos en athleticología...) y fuesen de la misma familia de sangre azul.

Algunas voces -siempre se escuchan algunas voces...- apuntarán que a Ziganda tal vez le falte el curtido de la experiencia en las ligas mayores. Alguna tuvo. Es ley de vida esa que dice que a los principiantes les falta la madera de los consagrados. De la misma manera que es legítimo pensar que a todo el mundo le ha de llegar su hora. Ziganda aguarda ya su corona, pero sería innoble olvidar al viejo rey.

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