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peor juego y clasificación

Un regusto amargo en el balance de la temporada

El balance de la campaña 2016-17 no es positivo porque el Athletic necesita un favor para cumplir su objetivo prioritario, fracasó en Europa y ha jugado peor que en los años previos

José L. Artetxe - Martes, 23 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:04h

Ernesto Valverde anima a sus jugadores en un momento del partido ante el Atlético de Madrid.

Ernesto Valverde anima a sus jugadores en un momento del partido ante el Atlético de Madrid. (Foto: Borja Guerrero)

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Ernesto Valverde anima a sus jugadores en un momento del partido ante el Atlético de Madrid.

Bilbao- Poner nota a la temporada en función del resultado de la final de Copa va en contra de lo que Ernesto Valverde ha predicado. Si tantas veces lamentó que se juzgase a su equipo según el signo del marcador, ahora no debería supeditar el balance anual propio al presumible éxito del Barcelona. Aunque el sábado Messi conceda al Athletic la posibilidad de reengancharse a la Europa League, dicho premio será un regalo caído del cielo, no la conquista del gran objetivo pretendido desde el pasado verano.

Explicado el porqué la calificación de los últimos diez meses no puede ser positiva y se aleja bastante de lo estupenda que les parece a varios miembros de la plantilla, procede separar la satisfacción por poder inscribirse en un torneo continental del mosqueo que deja el funcionamiento del equipo. La recién terminada es la peor campaña de las cuatro últimas porque no ha habido regularidad en el comportamiento, la imagen se ha resentido con un fútbol de peor calidad y, además de no alcanzar la meta en la liga, en la Europa League se consumó un enorme fracaso que nadie de dentro tuvo el detalle de admitir tras pasar por la fase de grupos dando tumbos.

El regusto amargo no viene provocado por la incapacidad de enderezar la valoración global en las tres jornadas que cerraban el campeonato de liga. Con haber derrotado en casa al Leganés, por ejemplo, el Athletic se hubiese ahorrado las engorrosas rondas de ajuste. No parecía tan complicado después de haber vencido en nueve de los anteriores doce compromisos, pero a la hora de la verdad la reacción no tuvo la entidad necesaria para permitirse esconder debajo de la alfombra cuanto se hizo mal hasta febrero. Con un puntito más el equipo se hubiese ido de vacaciones con el pecho henchido, pero....

El Athletic lo ha tenido a huevo para maquillar un curso gris, pero ni así ha podido disimular unas carencias evidentes. Se empezaron a detectar en agosto y a la hora de rematar la campaña volvieron a aflorar. Y a nadie debe pillar por sorpresa esto cuando déficits y desajustes se han ido observando en tantos y tantos encuentros, independientemente de cuál fuese el marcador. Sobre todo a domicilio, con apenas media docena rescatables, pero también en San Mamés, donde se refugió para mantener viva la opción de engancharse a Europa.

Los números le señalan como un anfitrión fiable, pero el repaso minucioso le descubre obligado con asiduidad a desplegar enormes esfuerzos. Por culpa de las remontadas, que salen unas cuantas, y porque este ha sido con diferencia el año en que el Athletic menos ha gobernado los partidos, incluso como anfitrión. Haberse desprendido del protagonismo que suele conceder la voluntad de salir al campo a cargar con la iniciativa, ha vulgarizado su fútbol. Tal ha sido la tónica en verano, otoño e invierno, resintiéndose por ello la confianza y la seguridad del grupo.

INERCIA INSUFICIENTE Confiar en que el olfato y la contundencia de Aduriz, Raúl García y Williams suplan la falta de elaboración o los desequilibrios tácticos, es un argumento válido ocasionalmente, pero se diría que es en lo único que ha creído Valverde, quien además siempre ha ponderado la generosidad en el esfuerzo del colectivo a sus órdenes. Si los de arriba están inspirados todo resulta más sencillo, lógico;pero las probabilidades de éxito se multiplican sacándole el jugo a una plantilla que ha dado la impresión de haber estado claramente infrautilizada.

Este año el Athletic ha vivido instalado en una inercia, se ha dejado llevar. Valverde ha exprimido al máximo el nivel de competitividad que logró con el trabajo de las temporadas anteriores. Con eso y la aportación de los de arriba ha tirado la corrida. A fecha de hoy es indiscutible que el plan no le ha salido rentable. La rigidez, tanto en el plano táctico como en la elección de jugadores, ha sido uno de los factores más negativos, especialmente la parte que compete al diseño de alineaciones, convocatorias y cambios. No se entiende muy bien tanta sesión a puerta cerrada en Lezama, a no ser que sea para buscar cierta tranquilidad a la hora de entrenar, para luego reiterar dibujos, onces y sustituciones. O para que el balance en la estrategia en ambas áreas haya sido el que ha sido.

Viendo cómo el equipo tropezaba sin remisión cada vez que hacía las maletas (ni un triunfo en liga y Europa entre el 21 de septiembre y el 12 de marzo, período que engloba doce partidos), cuesta entender que no se articulasen medidas como las que se aplicaron en el Pizjuán, justo quince días antes de que se ganase en Anoeta. Por el camino y mira que se veía venir, la exasperante despersonalización del Athletic desembocó en el fiasco de Nicosia. Hasta entonces, la afición se había consolado con lo que presenciaba en directo, a menudo poco atractivo, aunque tremendamente eficaz. Instalado en la séptima posición, a rebufo del Villarreal, y habiendo ofrecido el clásico alarde ante el Barcelona para despedirse de la Copa, el equipo fue consciente de que el año se le torcía peligrosamente y espabiló de repente.

Las actuaciones por encima de la media en términos de jerarquía y vistosidad, antes esporádicas, se multiplicaron: Sevilla, Real y Celta, fuera;Madrid, Espanyol, Las Palmas, en casa. Alternadas, sí, con algunas tardes indigestas: Osasuna, Villarreal, Eibar. El equipo apuntó pues una enmienda finalmente no culminada. La razón para explicar el desfondamiento remite a la raíz, al plan y el espíritu aplicados a una campaña donde no ha asomado el potencial que el plantel ya había demostrado.


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