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ATLÉTICO 3 - Athletic 1

Expectativas defraudadas

Derrota inapelable en el Calderón, donde compareció un Athletic desprovisto de convicción e intensidad que ahora se encomienda al Barcelona para ir a Europa

José L. Artetxe - Lunes, 22 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:05h

Raúl García, Yeray y Lekue, con rostros serios, sentados en el banquillo al final del partido.VER GALERÍA

Raúl García, Yeray y Lekue, con rostros serios, sentados en el banquillo al final del partido. (Reportaje fotográfico: Borja Guerrero. Enviado especial a Madrid)

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Raúl García, Yeray y Lekue, con rostros serios, sentados en el banquillo al final del partido.

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ATLÉTICO DE MADRID: Oblak, Thomas, Savic, Lucas, Saúl, Carrasco (Min. 70, Gaitán), Gabi, Tiago (Min. 84, Correa), Koke, Griezmann y Torres (Min. 63, Gameiro).

ATHLETIC: Kepa Arrizabalaga, De Marcos, Laporte, Yeray, Balenziaga, San José, Iturraspe (Min. 46, Williams), Beñat (Min. 74, Mikel Rico), Raúl García (Min. 56, Susaeta), Aduriz y Muniain.

Goles: 1-0: Min. 8;Fernando Torres. 2-0: Min. 10;Fernando Torres. 2-1: Min. 70;Williams. 3-1: Min. 86;Correa.

Árbitro: Estrada Fernández (Comité Catalán). Amonestó a los locales Thomas (Min. 38) y Gabi (Min. 45).

Incidencias: Partido correspondiente a la última jornada de LaLiga Santander, disputado en el estadio Vicente Calderón ante 55.000 espectadores.

El comodín de la Copa puede salvar el año del Athletic, incapaz de cumplir con la parte que le tocaba en las tres últimas jornadas, tramo crítico del calendario que ayer emborronó definitivamente con una actuación lamentable. La flojera exhibida de principio a fin ante un Atlético de Madrid que se limitó a hacer lo justo y raspado para tomar ventaja y luego no pudo disimular sus ganas de que aquello terminase para centrarse en los actos de despedida del estadio, resultó inexplicable. Según las matemáticas, al menos la sexta plaza sí dependía de su resultado, algo que no se captó en la disposición exhibida, circunstancia que el rival agradeció y exprimió a fondo. Un par de plastazos al comienzo, con el equipo en Babia, como toda la tarde, liquidaron el partido. Puede afirmarse sin temor a equivocarse que sobró cuanto sucedió antes y después de los remates de Torres. Desde luego lo que propuso el Athletic fue superfluo, por anodino y exasperante. Impropio de un compromiso crucial para el signo de la temporada. Quienes pensaron que asistían a la cita cumbre del campeonato liguero en el Calderón erraron el cálculo, en realidad será el próximo sábado con Barcelona y Alavés sobre el terreno.

Lo más curioso de la emocionante historia a tres bandas vivida ayer en Mestalla, Balaídos y el Calderón, es que sin merecimiento alguno estuvo el Athletic a punto de colarse directamente en la fase de grupos de la Europa League gracias a un gol vigués que subió al marcador con el cronómetro señalando el minuto noventa. Pocos segundos después acertaba la Real para castigar al que demostró en el día D ser el peor de los candidatos a premio, el único que nunca estuvo en situación de aspirar al triunfo. Para ello hubiese hecho falta un talante radicalmente distinto;unas dosis mínimas de convicción, agresividad, detalles elementales que dejasen siquiera entrever ambición, hambre, inconformismo. En suma, se añoró ese punto de intensidad y valentía al que se suele apelar a fin de transmitir con nitidez al oponente que se va en serio. Todo se redujo a una puesta en escena aparente, sin más: varias combinaciones aseadas, materia para inspirar esperanza, que pronto derivaron sin remisión en un ejercicio de impotencia que, además de provocar ardor estomacal, se hizo eterno.

Cinco minutos tardó el Athletic de Ernesto Valverde en disolverse en el descafeinado brebaje que sirvió Simeone, forzado a diseñar una zaga que jamás repetirá. Es el tiempo que empleó el anfitrión en ligar su primera acción en ataque. Y con la grada aún felicitando al “Niño”, contra y el segundo. Impactante. La ejecución de ambas jugadas retrató el alarmante déficit de espíritu del personal que debía proteger a Arrizabalaga. Al aire, sin rigor ni instinto. Cinco minutos para descubrir que, pese a que así se había anunciado desde Bilbao, el fiero candidato europeo no iba a comparecer porque había decidido ceder su puesto a un grupo que se empeñó en ejercer de visitante ideal para que el dueño del cortijo se lo pasara en grande entre saludos, pancartas, cánticos, la ola, más pancartas, homenajes particulares, ruido, mucho ruido,... En fin, la liturgia colchonera elevada a la enésima potencia y allí delante, el Athletic. El famoso convidado de piedra que no puede faltar para que la cosa salga redonda, a pedir de boca.

Con la juerga lanzada tras el alarde de pegada del delantero colchonero se contabilizaron dos cabezazos (Yeray y Aduriz) por toda respuesta en el área de Oblak, inédito. Más posesión, pero baldía. De Marcos, especialmente, y otros iniciaron una serie interminable de centros al área, pero el Atlético resistía sin despeinarse, juntito, para qué desprotegerse con semejante renta. Valverde había optado por dejar a Williams en el banquillo y articuló una media original: Iturraspe de cierre con San José y Beñat a modo de interiores. Las bandas, para los laterales, con Muniain por dentro y Raúl García próximo al ariete. Simeone tapó los costados con elecciones de urgencia: Thomas y Saúl, y aunque este concedió varias llegadas, apenas se vieron exigidos. El trío más adelantado no intervenía y sobraba gente en la zona ancha. Así que estaba cantado que en el descanso Iturraspe se quedaría en la caseta. Alguno tiene que apechugar con la culpa y si ni siquiera es valorado cuando lo hace bien…

TODO SIGUIÓ IGUALCon Williams se activó la sensación de que algo podía suceder y si bien al de un rato acortó distancias, nada cambió. El efecto de la charla del técnico no se apreció y el propósito de enmienda de los jugadores apenas insufló oxígeno a la obligatoria reacción. La media continuó lenta, sin ingenio ni solidez, un desaparecido Raúl García cedió enseguida plaza a Susaeta, y la defensa, en concreto Laporte, aunque no solo él, volvió a incurrir en despistes graves que no se tradujeron en el tercero porque Griezmann quiso regodearse con el tacón y frustró el honor del hat-trick a Torres. Era evidente que el Atlético no quería hacer más sangre, por algo cedió balón y terreno, pero cada vez que se estiraba ponía en un brete al Athletic, enfrascado en un empuje carente de energía y criterio. Hubo tantos y tantos minutos en los que no pasó nada, y eso que el local solo se parecía a la versión por la que se le reconoce en el panorama futbolístico cuando tenía que sacar la pelota de su área. No obstante, la calidad de la mayoría de los intentos del Athletic de conectar con Aduriz, con él tenía que ser porque nadie más ocupaba posición de remate, facilitaba la tarea de rompe y rasga de Savic, Lucas, Gabi y compañía.

A ratos, el dinámico Griezmann, él solo, cortocircuitaba con robos de listo la inercia dominadora de un Athletic lánguido, que sin embargo hasta acarició el empate en un buen disparo de Rico desde la frontal. Este episodio debió alarmar al francés, persuadido de que un gol era suficiente tajada para el Athletic, no fuese a creer que en vez de en un partido oficial estaba participando en una tómbola y comprase más boletos. No le faltaba razón, el fútbol puede ser muy caprichoso, así que por si acaso en el último contragolpe que ha acogido el Calderón fusiló a Arrizabalaga. El zurdazo de Griezmann lo devolvió la madera y el recién ingresado Correa embocó a placer.

Clausurada la competición poco puede aducir el Athletic para dulcificar o justificar la dependencia de su verdugo copero favorito a la que ha quedado abocado. No ha sido capaz de rematar una buena segunda vuelta que hubiera maquillado un curso discreto. Han menudeado tardes como la de ayer o la anterior, frente al Leganés, un lastre que penaliza en la hora del recuento.

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