Director de el corte inglés bilbao (1970-2010)

Un director al que le gustaba considerarse un tendero de toda la vida

Tenía 84 años y tan solo hacía siete que se había jubilado, era adicto al trabajo

Rosana Lakunza - Domingo, 21 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Inocencio Gutiérrez Oyagüe ha sido parte importante de la historia reciente de Bilbao.

Inocencio Gutiérrez Oyagüe ha sido parte importante de la historia reciente de Bilbao.

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Inocencio Gutiérrez Oyagüe ha sido parte importante de la historia reciente de Bilbao.

BILBAO. Inocencio Gutiérrez Oyagüe se consideraba un bilbaino en toda regla. Llegó a Bilbao en 1969 como subdirector de El Corte Inglés, y fue director un año más tarde. Ha fallecido en Marbella y se ha llevado con él una parte de la historia del botxo, como le gustaba llamar a la ciudad que hizo suya desde el momento en el que llegó a ella.

Tenía 84 años y tan solo hacía siete que se había jubilado, era adicto al trabajo: “Comencé a trabajar en El Corte Inglés con 14 años, era chico para todo. ¡Cómo eran aquellos tiempos!”, señalaba en una entrevista concedida a este periódico con motivo del 40 aniversario del centro bilbaino. Dejó su puesto de trabajo a los 77 años, 63 los pasó dedicado a un mundo que le apasionaba y que le costaba dejar atrás: “Este trabajo es mi vida, he dedicado mucho tiempo a conseguir que funcione y me gusta estar aquí, en el despacho, pero sobre todo disfruto paseando por las plantas y las tiendas”.

“Él estuvo en tejidos y sabía mucho de textil porque en su época se iba a las fábricas, hizo cursos… El jefe era una de las personas de la máxima confianza de Don Ramón Areces”, ha señalado a este periódico José Carlos Ramos quien hasta hace cinco años fue director de Relaciones Externas del centro de Bilbao y que trabajó durante dos décadas al lado de Inocencio Gutiérrez Oyagüe.

El que fuera director durante 40 años de El Corte Inglés sentía pasión por las diferentes tiendas del establecimiento que dirigía y eran muchas las veces que se escapaba de su despacho de la séptima planta para mezclarse con vendedores y compradores: “Soy 50% tendero y 50% director, así soy yo”, comentaba riendo.

Inocencio Gutiérrez Oyagüe nació en 1946 en la vallisoletana Medina del Campo. Se trasladó a Madrid porque su padre era ferroviario y pasó más de la mitad de su vida en Bizkaia. Así recordaba su llegada cuando en 1969 El Corte Inglés abrió las puertas en la Gran Vía: “Ya conocía Bilbao, tenía familia aquí. Y miraba con cierta simpatía la ciudad antes de llegar. Mi familia se encontró con un día lluvioso, gris y extraño. Pero tuve la suerte de que buscando piso fuimos a Las Arenas y salió un día esplendoroso y les gustó. Tanto es así que mis hijos se han educado en Bilbao, cuando llegaron Merche tenía cuatro años y Javier, dos”, recordaba hace un tiempo con DEIA.

Él vio cómo el paso del tiempo fue cambiando la ciudad gris que era Bilbao por otra: “A mí me gustaba como era antes, más gris, y también como es ahora, más luminosa, de colores, por decirlo de alguna manera. Es una gran ciudad, es cosmopolita, pero ahora y antes”, recalcaba siempre. Muchas veces se ha reído del impacto que supuso la llegada del centro comercial: “Eran las primeras escaleras mecánicas, la gente venía y subía y bajaba las escaleras”.

Fue consciente de que en Bizkaia se vestía y se compraba de otra manera: “Bilbao tenía y tiene un gusto diferente en muchas cosas. Mi presidente, Isidoro Álvarez, siempre me ha dicho: Compra lo que sea necesario para Bilbao. Entonces, estaba Ramón Areces, poco a poco nos fuimos adaptando al gusto de Bilbao. Ahora el público ha cambiado, pero antes el pantalón de mil rayas y la chaqueta azul marino o el pantalón de franela gris no podían faltar. Hicimos lo que había que hacer, adaptar nuestra oferta al gusto de Bilbao”, decía hace unos años desde su despacho en la séptima planta del centro.

“El centro era su vida”

José Carlos Ramos le conocía bien: “Era un hombre que se volcaba totalmente en el trabajo. Hubo un tiempo que no salía ni para comer;llegaba por la mañana, comía en el comedor de El Corte Inglés y se iba cuando cerraba. El centro era su vida. Para él sus trabajadores eran muy importantes y le gustaba pasearse por las plantas, ver cómo iban las cosas e interesarse por cómo les iba a sus empleados”.

Oyagüe, así le llamaban sus empleados y conocidos, no era un hombre que frecuentara la vida social vizcaina más allá de los actos a los que acudía obligado por su cargo: “A él lo que le gustaba era el campo y tenía una casita en la zona de Mungia y era a donde iba los domingos, el único día libre de la semana. Hasta tuvo gallinas en una época. Él iba a cortar hierba, a cavar… Era un hombre de unos gustos muy sencillos. Su vida social era profesional, no particular. Su vida privada era sencillísima”, comenta a este periódico José Carlos Ramos. Añade que su gestión siempre ha sido comercial: “Era tienda y tienda, un hombre muy de equipo, muy de sus vendedores. Para él la tienda era fundamental”.

Si algo le caracterizaba era su mano izquierda, lejos de ver al pequeño comercio como rival, empatizaba con los comerciantes de la zona: “Suelo comer con ellos de vez en cuando, muchos son amigos y sus tiendas han crecido a la par que El Corte Inglés, creo que nos necesitamos y que podemos convivir bien”.

Fue testigo del cambio de hábitos de los residentes vizcainos: “Aquí antes venía gente de otras provincias en las que El Corte Inglés no tenía presencia. Es cierto que con el tiempo hemos cambiado en muchas cosas, pero hay otras en las que la gente de aquí no cambia. Aquí hay una cultura de compra que sigue siendo la misma. La juventud es más marquista. No es un público que compra y compra, ni siquiera en las rebajas. Es un público que sabe lo que compra y sabe lo que quiere y trae el presupuesto hecho desde casa”, señalaba Oyagüe hablando de sus clientes.

Hace siete años, Inocencio Gutiérrez Oyagüe dejó su despacho, tenía 77 años, había recibido la Medalla al Mérito del Trabajo y él se reía siempre que se le preguntaba cuando se iba a jubilar: “Ya va siendo hora, pero es que este trabajo me gusta demasiado, dentro de poco seguro que ya no me veis por aquí”. Una vez que cumplió su promesa de jubilación se instaló prácticamente en Marbella, el lugar al que se escapaba unas pocas semanas al año cuando trabajaba y donde tenía una casa. Hoy, todavía, igual que durante muchos años, los que han trabajado con él le recuerdan como el jefe, “ese hombre cariñoso y tímido que se interesaba por tu familia, que te preguntaba cómo te iba la vida y que si te descuidabas un poco se ponía a atender a un cliente aunque fuera el director”.

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