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Elogio de la política resultadista

Por José Ramón Blázquez - Martes, 16 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Columnista José Ramón Blázquez

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Columnista José Ramón Blázquez

EL fútbol, como fenómeno de masas y metáfora de nuestra sociedad, nos brinda ejemplos prácticos aplicables a la política. El resultadismo es uno de ellos. Se llama así a la estrategia eficaz desarrollada por un equipo, bajo el impulso de su entrenador, que prioriza el objetivo del resultado positivo sobre la brillantez del juego y el espectáculo. Mourinho y Clemente serían sus más fieles practicantes. El resultadismo es una de las contradicciones del forofo, que prefiere que su club gane, incluso a cualquier precio, que perder jugando bonito;y sin embargo se atreve a reclamar preciosismo. En el área de la gestión empresarial, el resultadismo se llama eficiencia: la obtención del mayor provecho con los menores recursos posibles. Mire usted, menos los poetas ensimismados y los románticos, que alguno queda en las orillas del sistema, todos somos resultadistas.

El resultadismo político es una versión del viejo pragmatismo, la filosofía del valor práctico de las cosas. ¿Se opone la utilidad a los principios? No, porque la producción de los buenos resultados no tiene el precio de la pureza. Toda acción política se justifica, además de por su necesidad objetiva, en el provecho social, pues de nada serviría si no tuviera efectividad. La política no es una estatua ni un adorno. El purismo, que impugna al pragmatismo político, es inmaduro, incoherente. El resultadismo tiene como único límite el respeto a los derechos ciudadanos. Pragmatismo resultadista es votar a Macron para evitar el triunfo de la peligrosa y antieuropea Le Pen. Y es pragmatismo apoyar los presupuestos del PP en la medida del valor que contienen para Euskadi, aunque disguste el socio y su suciedad.

El acuerdo del Partido Nacionalista Vasco alcanzado con el PP y el Gobierno español es un ejemplo de política eficiente. Cinco votos valen millones de euros para todos, que no solo es dinero, sino también beneficios estratégicos en el sistema de cálculo del Cupo, trascendental para nuestro modelo de autogobierno, y en inversiones de calado para el futuro del país. ¿Había que dejar pasar la oportunidad del acuerdo por la repugnancia de los numerosos casos de corrupción que afectan al partido del gobierno? Si se hubiera optado por el refinamiento del juego político en vez de ganar al equipo de Rajoy, los vascos hubiéramos regresado de la competición de Madrid con las manos vacías, sin trofeo. Entiendo que los ciudadanos esperan el mejor resultado teniendo en cuenta que nos enfrentamos a rivales poderosos. Jugando limpio y con inteligente estrategia, el PNV ha ganado el partido por goleada.

Oportunidad aprovechadaSi aplicásemos con rigor la corrupción del PP como impedimento para no pactar los presupuestos del Estado, quizás todos los cargos electos deberían abandonar las Cortes para salvarse de su contaminación pestilente. La razón es más simple. La situación de Rajoy no es más grave que las que afectaron en su día a Felipe González, José María Aznar y Rodríguez Zapatero. Al primero, por los GAL;al segundo, por su trío bélico con Bush y Blair;y al tercero, por sus demencias en la gestión de la crisis económica. Con aquellos gobiernos y sus partidos pactaron todos. Por necesidad, oportunidad o responsabilidad. Es posible que la especial habilidad del PNV para acordar en Madrid incomode a quienes se ven incapaces de concertar lo que, objetivamente, reporta mejoras a la ciudadanía vasca.

Estoy seguro de que si el PP no estuviera tan embarrado pero, necesitado del concurso vasco para salvar la ley de presupuestos, firmase una alianza con el PNV, los demás partidos le hubieran criticado igualmente y extraerían de la vieja chistera algún motivo partidista para denostarlo. A la política española le falta sentido común y espíritu de acuerdo, de manera que el que no está en la firma tiene que maldecirlo. De ahí vienen los tópicos con que los ausentes han menospreciado el pacto: cambio de cromos, mercadeo… ¿Es que no se les ocurre mejor argumento? Es decir, si un partido establece un compromiso con otros, se le califica de intercambio de cromos;pero si en ese convenio están los míos, entonces es un pacto responsable y de interés general. ¿Cuándo van a madurar los dirigentes políticos?

En España no pueden ocultar su admiración por la brillantez resultadista de los nacionalistas vascos. En determinados ambientes, influidos por la bajeza, se han escandalizado por el dineral y los compromisos arrancados a Rajoy por el partido presidido por Andoni Ortuzar. Se ha dicho también que el acuerdo PP-PNV lleva consigo una carga de profundidad contra los catalanes, hace años los más insignes pragmáticos;pero la mayoría política de Catalunya tiene su hoja de ruta, con lo que 1.400 millones de euros y hasta el oro de Moscú no les harían cambiar: someter a subasta presupuestaria en Madrid su renuncia a la consulta y sus ansias de independencia les envilecería. No, los catalanes no pueden pactar con España más que el respeto a la democracia y no ser demonizados por su noble y envidiable proyecto. Catalunya va a anticipar, con sacrificio, la futura redefinición del Estado.

¿De qué se quejan EH Bildu y Podemos? El reproche de la izquierda abertzale contra el acuerdo presupuestario no se sale del guion de la simplicidad: su pérdida de peso social y las secuelas del pasado le llevan a un rechazo total, aun cuando reconocen la habilidad del PNV y la importancia del montante alcanzado en la negociación. Añadir a su previsible negación el concepto de inmoral es un terrible sarcasmo. Quien menos pueden enarbolar la ética y la moral en Euskadi son precisamente aquellos que hasta hace poco justificaban el uso de la violencia, la extorsión y la vil amenaza como acción política. Aquellas fueron sus armas mientras la mayoría de los vascos nos moríamos del horror del terrorismo y pagábamos un alto precio en convivencia, economía y bienestar. Tendrán que ganarse el derecho a apelar a la ética y eso requerirá una revisión crítica de su pretérito. Pueden repudiar el pacto presupuestario, naturalmente;pero no en nombre de una dignidad moral cuya recuperación tienen pendiente y que los demás merecieron en el quehacer democrático y el respeto al pluralismo desde el fin de la dictadura y aún antes.

El rechazo de Podemos al pacto bilateral es más difícil de comprender, salvo que la delegación local de la formación de Pablo Iglesias deje entrever alguna duda sobre el Concierto Económico y demás potestades históricas de Euskadi. En algún momento estas sospechas aflorarán, tal vez en la votación de la ley quinquenal que regula este instrumento y su actualización. La tendencia uniformadora es un mal endémico de la izquierda y de quienes todavía están en fase de definición ideológica, habitando en las estribaciones del populismo y con sus tendencias antisistema a cuestas. Elkarrekin-Podemos tiene un problema ante el espejo vasco: no vale hacer valer el derecho a la libre determinación y al mismo tiempo erosionar los poderes de nuestro autogobierno actual, en los que solo cree lo justo.

Bien está la eficacia del resultadismo político demostrado por el Partido Nacionalista Vasco, porque es de una innegable utilidad para la gente. Bien está que se elogie la estrategia planteada y la virtud de aprovechar una oportunidad histórica. Pero que se proyecte sin complejos, por favor. Pactar con el PP no es peor que hacerlo con cualquier otra formación que gobierne España. El Estado es una perenne incomodidad para los vascos, por su asfixiante unitarismo y falsa superioridad. No hay que lavarse las manos por este acuerdo, ni rubricarlo con la nariz tapada. Quien tenga un contrato alternativo que lo ponga sobre la mesa y nos haga el recuento, euro a euro, hecho a hecho, para ver en qué mejora el ya alcanzado. En política, como en la vida, estar a la altura es la base de todo.

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