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Dime con quién andas y te diré quién eres

Por Iñaki Anasagasti - Domingo, 14 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 08:46h

Columnista Iñaki Anasagasti

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Columnista Iñaki Anasagasti

EN junio de 1977, don Manuel de Irujo fue elegido senador por Navarra. Fue asimismo el presidente de la Mesa de Edad para la composición de aquel Senado democrático tras la larga dictadura. Su cerviz patricia, su traje negro, su mano y su voz eran un foco de atención ante aquella marea de néofitos. Al bajar del estrado, entre respetuoso y tímido, un periodista aventuró una pregunta:

-Dígame don Manuel, con la autoridad que le da su participación en las Cortes republicanas anteriores, ¿qué le parecen en general los componentes de las actuales?

-Pues le diré que las considero compuestas sin duda de buenas personas, pero… políticamente aún no han aprobado el bachillerato.

Hoy, seguramente hubiera respondido lo mismo y quizás añadido, ”aunque también de muy malas personas”.

Pues sí. La política en general se ha achatarrado, banalizado y convertido en un circo de tres pistas. En dicho espacio no importa nada tener razón, ser buen orador, estar cargado de méritos, sino estar en el momento preciso, con los votos oportunos. La política se convierte en complicidad sin amistad y lo que vale es la correlación de fuerzas. Ni derechas, ni izquierdas, ni iniciativa argumentada. Solo lo que representas y de qué manera me puedes ayudar. Pero no hay que extrañarse. Otros pensaban que la política era matar, secuestrar y extorsionar e imponer su criterio y, en ese orden, el cuanto peor mejor o el fin justifica los medios ha sido el leitmotiv de su deletérea acción política con muy poca moral. Solo cerrilidad y fanatismo. Algunos lo están reconociendo.

En tres años en la Villa y Corte aprendí, tras recibir varios golpes y ante mi ingenuidad, que la ley española, su ley, no vale nada si no quieren cumplirla. O solo la utilizarán si les conviene. Tienen los tribunales a su servicio para protegerse y unos medios de comunicación, la Brunete mediática, que imponen la ley del silencio o la manipulación más sucia. El Estatuto de Gernika es Ley Orgánica refrendada por el pueblo en octubre de 1979. Tras lograrlo, el lehendakari Leizaola volvió del exilio. Tarradellas había vuelto dos años antes en una pirueta personal a mayor gloria suya. En marzo de 1977, el PNV se tuvo que registrar. Y lo hizo.

El mundo de la entonces izquierda abertzale nos tildó de traidores y de aceptar las leyes del enemigo. Pero lo tuvimos claro. Mientras ellos amparaban la muerte, nosotros apostábamos por la vida de un pueblo que no podía perder un segundo más. Y en 1980, en plena debilidad de Adolfo Suárez, el año en el que ETA mató a más personas y mientras Felipe González le presentaban una moción de censura y la UCD volaba por los aires, logramos la devolución del Concierto Económico para Gipuzkoa y Bizkaia, las llamadas “provincias traidoras”. Mientras, HB nos trataba de romper las manifestaciones -matando, por ejemplo, a Ramón Begoña- por lo que aquello lo hicimos solos. “Solo cuando estuve decidido a dimitir, abordé la devolución del Concierto”, nos dijo Suárez a Benegas y a mí en una cena oficial. Hoy, Bildu habla del Concierto como algo suyo, lo mismo que habla del Guggenheim, una apuesta que esa izquierda abertzale armada también quiso impedir que se hiciera matando al ertzaina Txema Aguirre.

Los catalanes habían dicho que el Concierto era una antigualla y que no había nada más odioso que la recaudación. Pero lo tuvimos claro. Y desgraciadamente aprendimos a tenerlo claro sabiendo que aunque tuviéramos toneladas de razón el poder en Madrid no admitía argumentos legales. Solo la ley de la correlación de fuerzas. Tanto eres, tanto vales. Nada más. Unos creían que matando iban a ser libres y poderosos y otros, que el Estatuto había ido muy lejos por parte de un Suárez débil. ¿Qué hacer? Leizaola decía que la política es como el fútbol, no como el ajedrez. Hay que estar, tener un buen equipo, driblar, saber aguantar y, en el momento oportuno, chutar y meter un gol. Y así, desgraciadamente, hemos funcionado estos años. Aprovechando cualquier huequito en el Bernabéupara meter nuestro gol y reforzar un país que estaba deshecho. Y así, a cuentagotas, hemos ido, poco a poco, completando un Estatuto todavía incompleto. No había alternativa. No nos gustaba, pero eran las reglas del juego. Y era duro. Entonces, tras no ir al Congreso, HB decidió hacerlo de modo vergonzante y puntual. Desgraciadamente, la víspera de una sesión constitutiva mataron a Josu Muguruza.

Al final, decidieron que eso que nos decían de traición a la patria no era verdad y, sin reconocernos nada y tragándose su ideología revolucionaria de pacotilla, apostaron por hacerse presentes, ponerse corbata para visitar al rey, y usar la tribuna para soltar soflamas esencialistas e infantiloides que los servicios de taquigrafía recogen para el Diario de Sesiones pero que no sirven para nada. Los actuales votos de Bildu sirven para pagar el sueldo a dos personas, pero políticamente son nulos. No cuentan. Son votos perdidos a pesar de la mucha cancha que les dan ciertos medios. La pancarta, la camiseta, el vocerío... sirve para lo que sirve, para hacerse notar, pero el balance es de cero patatero. Y te dan la mano derecha, pero tienen una piedra en la izquierda.

Sabiendo todo esto y aun no estando de acuerdo, lo nuestro siempre ha sido barrer para casa, hacer país, fortalecer Euzkadi, ser cada día más nación y aprovechar cualquier debilidad para, llegado el momento, poner en funcionamiento la ley de la correlación de fuerzas, esa que a Bildu le saca de quicio porque ellos no cuentan para nada aunque les volvería locos que Rajoy les llamara para algo. Al ser una vaciedad política, sacan lo peor de su alma totalitaria y no desean que el PNV negocie nada. Ellos, que han apoyado la mayor corrupción que ha padecido este país al sostener a unos pistoleros que para colmo decían matar en nuestro nombre, emprendieron tras el acuerdo la más canallesca campaña habida y por haber para decirnos cómo se debe negociar en Madrid y, poniéndose el manto de armiño, decirnos que no hay que darle ni la mano a un partido corrupto.

Como de democracia saben muy poco, ignoran que en este sistema los delitos se sustancian en los tribunales y con el voto en las urnas y que uno no elige quién negocia en La Moncloa. No votamos por equien la ocupa, pero sabemos que sin su debilidad no hay nada que hacer. Son 122 años de experiencia y dos legislaturas de barricada por su parte.

La disyuntiva, pues, es clara: o les seguimos en sus cantos de sirena, como en las reuniones de Txiberta, cuando nos decían, juntamente con ETA, que “si vamos juntos, ganamos”, o pactamos apretando hasta lo inapretable con la administración española para sacar adelante viejos proyectos y fortalecer el autogobierno vasco. ¿A quién hay que hacer caso? ¿A Iker Casanova, portavoz en su día de Jarrai y condenado a once años de cárcel, o a quien logra desatascar el pago del Cupo, reforzar nuestra policía integral, terminar las obras de un tren del futuro al que se oponen porque carecen de otras banderas movilizadoras... entre una lista con otras iniciativas;a quien abre la puerta a una relación normalizada con un poder en Madrid que coyunturalmente nos necesita sabiendo que en cualquier momento esto se puede cerrar y que, por mucha razón que tengas, si no te necesitan, no te lo van a dar? Difícilmente se va a volver a producir otro momento estelar como este.

El PNV tiene 122 años de servicio a este país. Es su eje central. Lo penoso es el asiento que tiene en esta sociedad la demagogia, la mentira, la manipulación, el pataleo y la mala entraña. Son posturas inservibles al servicio de ideas totalitarias. Como en Venezuela, donde gente como ellos ha llevado aquel país a la ruina. Es por eso que no quieren hablar de un Estado que acogió al exilio vasco en 1939 y que personas con su mentalidad político-militar han arruinado. Porque lo de ellos no es aber-tzalismo, aunque desgraciadamente no impere la máxima evangélica de “por sus obras les conoceréis”. Siguen ahí, como Anás y Caifás con sus fariseos, condenando a quien intenta sacar adelante una Euzkadi que descubrió en 1895 en Abando un señor al que también desconocen, como todo lo que no sea de ellos.

El acuerdo del 4 de mayo es magnífico para la sociedad vasca. Como lo fue el de 1996 con Aznar y el de 2010 con Zapatero. Es muy malo para ellos, los pone en evidencia porque sus votos no sirven, y por eso sus juventudes siguen siendo hijos de la noche y pintan en los batzokis la frase del título, de tan fácil respuesta: vamos con el pueblo vasco. Y el ciudadano no engañado nos vota, mientras sigue marchando la caravana y a su lado, algunos perros, ladran a la luna.

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