historias de los vascos

Un paseo por los órganos de Euskadi

Multitud de órganos jalonan la geografía de Bizkaia, principalmente en templos, pero también en edificios de uso artístico y civil

Texto y fotografías de Pablo Cepeda - Sábado, 13 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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Euskadicuenta dentro de su valioso patrimonio organístico, con una de las mejores colecciones de órganos románticos franceses del mundo y que frecuentemente causa admiración entre los organistas extranjeros que nos visitan. Diversos factores han contribuido a formar y conservar este patrimonio: una ancestral religiosidad y afición musical popular, la bonanza económica iniciada a mediados del XIX y una guerra civil sin excesivas consecuencias en cuanto al patrimonio artístico. Este artículo pretende dar unas pinceladas sobre los principales instrumentos y el desarrollo de la organería en nuestro país.

El órgano más antiguo de Euskadi se encuentra en la Colegiata de Cenarruza, actual monasterio de Ziortza (Bolibar) y fue construido en 1686 por Joseph de Echevarría. Sus tubos de fachada (flautados) proceden de un órgano todavía anterior, del año 1540 aproximadamente.

Podemos observar en la imagen de estas páginas una serie de tubos horizontales, con una disposición denominada de batalla. Su sonido directo hace que el público levante la cabeza a la llamada de estos registros. Fue el propio Echevarría quien colocó un clarín por primera vez en artillería. Quién le diría al reputado maestro eibarrés que siglos más tarde su invención no sólo conquistaría naves y bóvedas de las más grandes catedrales, sino que terminaría incorporándose a órganos de auditorios y catedrales de mundo entero, incluyendo el órgano más famoso del mundo, el de Notre Dame de París.

Las principales características del órgano barroco son su sonido claro y polifónico, la división del teclado en dos mitades independientes, una para cada mano, que permite una mayor variedad tímbrica y la mencionada lengüetería de batalla. Con el paso de las décadas, los órganos barrocos fueron creciendo en lengüetería exterior y evolucionando en su sonido. Aparte de Bizkaia (Busturia, 1765 y Mañaria, 1768) y Gipuzkoa (Ataun, 1761), es en la Rioja Alavesa donde encontramos el mayor número de instrumentos barrocos: Villabuena (1735), Elciego (1819) y Labastida (1803), por citar algunos.

Órganos románticosAl mismo tiempo que en el resto de artes, los estilos musicales iban cambiando. Si en Europa se transitaba de Bach a Brahms pasando por Mozart, en nuestro territorio se iban sucediendo los Olague, Oxinaga, Arriaga o Eslava. Las orquestas crecían y aparecían nuevos instrumentos. En Francia, a mediados del XIX, pasados los estragos de la revolución y las guerras, el país vivía un gran desarrollo durante el Segundo Imperio y construía o recuperaba patrimonio dando lugar, por ejemplo, al París que hoy en día conocemos. Es en este ambiente que un joven llamado Aristide Cavaillé-Coll, hijo y nieto de organeros, comienza a despuntar en la construcción de unos instrumentos de sonido empastado, combinando un timbre delicado en las voces solistas con la potencia brillante en la masa sonora;había nacido el órgano romántico y Cavaillé-Coll terminaría acaparando los grandes encargos: Sainte Sulpice, Notre Dame, La Madeleine, Sainte Clotilde o el Palacio del Trocadero. Por algo es considerado el mejor organero del siglo XIX.

Lekeitio fue la puerta de entrada del órgano romántico en nuestro país. En 1854, por donación de José Javier de Uribarren, indiano y banquero en París, se instalaba un flamante órgano Cavaillé-Coll en la basílica de la villa costera. Fue el primer órgano romántico de la península y pronto fue tomado como referencia para otros proyectos de incluso mayor envergadura. Así, cuando se acomete la construcción de un monumental órgano en la catedral de Murcia, es el proyecto de Lekeitio el que envía el embajador del reino en París.

Los órganos Cavaillé-Coll Tras Lekeitio, continuó el goteo de localidades en que se instalaron instrumentos de Cavaillé-Coll, hasta un total de catorce. Gipuzkoa fue el epicentro de esta tendencia y donde se instalaron los mayores instrumentos entre los cuales destacan Santa María del Coro (1863) y San Vicente en Donostia (1868), el Santuario de Loyola en Azpeitia (1889) y poco después, cosas de la rivalidad entre pueblos vecinos, Azkoitia (1898);todos ellos de tres teclados e innumerables capacidades musicales que hacen que alumnos y profesores extranjeros los visiten cada año. No en vano así hablaba Cesar Franck de su órgano Cavaillé-Coll de Sainte Clotilde: “¿Mi nuevo órgano? ¡Es una orquesta!”

En Bizkaia podemos encontrar bellos ejemplares del taller parisino en la basílica de Begoña (1884), Ondarroa (1868), San Antón (1901) y los Carmelitas de Bilbao (1894), las franciscanas de Durango (1878) y Balmaseda (1901).

El territorio alavés, aislado del desarrollo de sus dos hermanas, conservó sus instrumentos barrocos del XVIII y comienzos del XIX, aunque en Vitoria podemos escuchar bellos órganos románticos en los Carmelitas (Cavaillé-Coll, 1884), San Pedro (Melcher, 1925) y catedral (Walcker, 1936).

Otros constructoresSi Cavaillé-Coll abrió la puerta, otras casas constructoras trataron de participar del pastel. Tras las diferentes guerras carlistas las iglesias y sus órganos habían sufrido números daños, el parque de instrumentos se encontraba envejecido y en muchos casos se optó por no restaurar lo antiguo sino por sumarse al tren de la modernidad. Así, en medio de una curiosa guerra comercial, otros nombres comenzaron a aparecer en las placas de los órganos. Stoltz Frères dejó cuatro bellos órganos en Bergara (1885), Tolosa (por partida doble en 1889) y Zumaia (1890).

Al taller de Henri Didier debemos el mayor órgano romántico de Bizkaia en la basílica de Portugalete (1903), y otro algo más pequeño en ¿lo adivinan?... la vecina Santurtzi (1904). ¿Rivalidad o sana envidia?

Por su parte, la casa Merklin&Cie legó tres órganos de sonido pleno en Andoain (1907), Getxo (San Nicolás de Algorta, 1908) y Errezil (1913).

Desde AlemaniaLa organería alemana está particularmente bien representada, en Bizkaia. La casa Walcker, puntera en Europa a lo largo de cuatro generaciones, firma los órganos de la iglesia de los Santos Juanes (1885), la Universidad de Deusto (1886) y la Quinta Parroquia (1909) en Bilbao, y el de San Ignacio (1916) en el donostiarra barrio de Gros (1914) y el ya mencionado de la catedral de Gasteiz. Posterior es el de la basílica de Durango (1943) que atravesó media Europa para reemplazar el destruido por el bombardeo de la aviación legionaria italiana en 1937. Se trata de un valioso ejemplar superviviente a las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial y a las transformaciones que sufrieron muchos instrumentos en las pujantes décadas posteriores.

¿Y los organeros locales? Demostrar que no sólo en Francia sabían construir buenos órganos fue una de las obsesiones del organero guipuzcoano Aquilino Amezua (1847-1912). Tras el fracaso de su padre en su primer intento de realizar un órgano romántico (precisamente para Azpeitia, localidad en la que residían), Aquilino decidió aunar su formación tradicional con las nuevas corrientes que llegaban de Europa. Así se inició una carrera que le llevó a construir grandes instrumentos para las catedrales de Sevilla, Santander, Valladolid, Oviedo y Bogotá. Suya es también la proeza de haber construido en 1888 el mayor órgano de transmisión eléctrica del mundo, con motivo de la exposición universal de Barcelona. Poco queda de todas sus obras, las principales están en Bera de Bidasoa (1895), Amorebieta (1898), Gautegiz de Arteaga (1884), Barakaldo (1890) y Zegama (1911).

Discípulos de Amezua como Alberdi, Eleizgaray y Galdós cubrirán el vacío de su desaparición y llenarán el primer tercio del siglo XX con sus instrumentos. Tras la Guerra Civil será una empresa con talleres en Azpeitia, O. E. S. A. (Organería Española Sociedad Anónima), la que tome el relevo de esta centenaria tradición, cuya principal obra es el órgano de la catedral del Buen Pastor (1954), que con sus cinco teclados, pedalero y casi 10.000 tubos es el mayor de la península.

El órgano del AthleticSi bien durante siglos las oportunidades de escuchar música eran escasas y limitadas, con la llegada de la revolución industrial se propició la construcción de instrumentos asequibles para los hogares de la burguesía. Pianos, armonios y en algunos casos también órganos sirvieron para interpretar en casa no sólo música original para estos instrumentos de tecla sino también arreglos de sinfonías, óperas, zarzuelas y un largo etc. años antes de la aparición de la radio.

Este es el caso de los palacios de Ibaigane y Munoa, en Bilbao y Barakaldo, respectivamente. El órgano de la actual sede del Athletic Club fue encargado por la familia De la Sota (primeros moradores de Ibaigane) a la casa Melcher, incluyendo un mecanismo de organola que permitía ejecutar melodías registradas previamente en unos rollos de papel perforado sin necesidad de organista. Este mismo sistema se empleaba en el cine Olimpia para acompañar el cine mudo.

Otros espacios en beneficiarse de las posibilidades orquestales de los órganos de tubos fueron los auditorios. Ya en el siglo XIX ciudades como Liverpool, Londres o París instalaron grandes órganos en sus principales salas. Siguiendo sus pasos, la Sociedad Filarmónica de Bilbao tuvo un órgano Cavaillé-Coll, que hoy en día suena en el convento de los carmelitas de Villafranca.

Sin duda el órgano del Euskalduna Jauregia (2004) es el mayor exponente de esta categoría. Cuenta con cuatro teclados y un pedalero que gobiernan dos cuerpos y 5.390 tubos y puede presumir de mirar de tú a tú al de la Filarmonía de Berlín pues fue construido por la misma casa constructora. Por cierto. ¿Han reparado en sus trompetas de batalla? En algún lugar el maestro De Echevarría debe estar sonriendo…

Concluimos con uno de los consejos del compositor Robert Schumann “Si pasando delante de una iglesia, oyes tocar el órgano, detente y escucha.” Que ustedes lo disfruten.

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