Tribuna abierta

Nacionalismo o mundialismo

Por Javier Elzo - Sábado, 13 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

columnista Javier Elzo

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PARECE que fue el multifacético escritor Paul Valéry quien dijo aquello de que “todo lo que es simple es falso y todo lo que no lo es, inutilizable”. Si tuviera razón, sería para deprimirse, pues nos conduce a un callejón sin más salida que el pataleo. Pero, lo simple es lo que se lleva en nuestro mundo.

Así sucede en el ámbito de la política con categorías como izquierda y derecha, conservador y progresista, nacionalista y mundialista, las élites y el pueblo. Pero también en otros campos: lo privado y lo público;el espíritu y el cuerpo;la naturaleza y la cultura;el corazón y la razón;sexo y género;ateo y creyente, etc. Lo simple lleva al pensamiento binario.

El pensamiento binario es una forma mental que nos hace dividir, separar, poner en oposición los conceptos, las ideas, los valores, las necesidades y los sentimientos, en vez de conjuntarlos, hacerlos vivir en cohabitación, en colaboración, mediante una forma de pensar complementaria y comprensiva. El pensamiento binario destaca las fórmulas sea/sea, en lugar de esto y aquello.

La noción del bien y del mal, de lo bueno y de lo malo, son ejemplos perfectos del pensamiento binario. Es utilizado, por ejemplo, en conflictos de todo tipo. Todos recordamos a quien fuera presidente de Estados Unidos, George Bush, utilizando en vísperas de las dos guerras contra Irak y Afganistán el término del Eje del Mal en contraposición al Eje del Bien, expresión esta última pensada para calificar al mundo occidental. El pensamiento binario se monta sobre una lógica que, para definir a un individuo, a un problema o a una situación lo hace presentándolo en el marco de dos polaridades enfrentadas y situando a su persona, al problema o a la situación, en uno de los dos polos. En consecuencia, el pensamiento binario es incapaz de definir las cosas como realidades complejas, como lo son la inmensa mayoría de las realidades. Poco importa que el problema sea complejo, digamos el inicio de Primera Gran Guerra del siglo XX, el crac bursátil de 2008, la persistencia de ETA casi medio siglo, etc. Mediante el pensamiento binario se tenderá a presentar un único causante del problema, un único responsable y una sola víctima de lo sucedido.

¿Patriotas (Le Pen) y europeos (Macron)?En la reciente campaña electoral francesa, cuando al final quedaron Emmanuel Macron y Marine Le Pen, muchos analistas decían que estábamos ante dos mundos completamente opuestos: soberanismo (Le Pen) frente a europeísmo o mundialismo (Macron). Pero antes de la primera vuelta se decía, con mucho temor, que el par binario estaba entre Melenchon, de la izquierda extrema, que se definía mediante el eslogan de La Francia Insumisa, el equivalente a Podemos en España, frente a Le Pen, la derecha extrema, y ambos, Le Pen y Melenchon, diciéndose representantes de la Francia del pueblo, ambos frente a la Francia de las élites, la de la casta dirigente, la de los salones parisinos. Seguro que, con las acomodaciones pertinentes, no es difícil trasladarlo al mundo político de España y de Euskadi.

Y, en estas, el gran sociólogo Edgar Morin, con sus 95 años, en una larga entrevista a Le Monde (30 de abril de 2017), pone los puntos sobre las íes: “Macron y Le Pen tienen en común haber roto la hegemonía de los dos partidos tradicionales de la vida política francesa. Su ascenso oculta la división izquierda-derecha, desde luego invisible en la economía y en la política exterior, pero sigue siendo profunda en muchas mentes, mientras que su oposición conlleva a una alternativa estéril entre la globalización y la desglobalización, entre Europa y la nación, entre americanización y soberanismo, cuando habría que promover la independencia en la interdependencia, aceptar la globalización en todo lo que suponga cooperación y cultura, sin perder de vista que los territorios están amenazados de desertificación (…) Se trata de mantener y proteger la nación en la apertura a Europa y al mundo. Debemos ir más allá de la alternativa estéril entre la globalización y el nacionalismo. En cuanto a la oposición entre progresistas y conservadores, no tiene en cuenta que el progreso requiere la conservación (de la naturaleza y la cultura) y que la conservación requiere un progreso”. ¡Cuanta sabiduría desperdiciada!

La oposición entre progresistas y conservadores, nos recuerda Regis Debray (que votó por Mélenchon), hubiera hecho sonreír a Camus, para quien el progreso no consistía, meramente, en hacer un mundo nuevo sino en conservar, también, lo mejor de lo que ya existe: la Seguridad Social, el pollo de granja, la desconfianza hacia los bancos de negocios, disfrutar de un vaso de buen vino, la soberanía del pueblo sobre la de, dicho sea en el lenguaje francés actual, los bobos, burgueses bohemios, la gente guapa desresponsabilizada.

ver claro en la complejidadEl sábado pasado asistí, en Bera, a un homenaje-recuerdo al injustamente olvidado tenor navarro Isidoro Fagoaga (1893-1976). Gracias a Germán Ereña -que ha escrito un gran trabajo sobre el tenor, pero no encuentra quien se lo edite- supe que Fagoaga fue un inmenso intérprete de Wagner. Cantó en España, Portugal, Italia (en La Scala) y Argentina. Invitado en Bayreuth por el hijo de Richard Wagner, Siegfried, le sugirió cantar Tannhäuser pero, el problema del idioma, la muerte de Siegfried y su sustitución por su mujer, Winifred, al frente del festival (ella, gran amiga de Hitler), lo impidieron, aunque cantaría Tannhauser en italiano. Hasta que, tras el bombardeo de Gernika, en abril de 1937, decide interrumpir sus prestaciones operísticas. La explicación, en esta frase suya que se puede leer en la lápida que se colocó, el sábado pasado, en su casa natal en Bera: Geure kulturari uko egitea bizitzari uko egitea litzateke (Renunciar a nuestra cultura supondría renunciar a la vida). Fagoaga no podía seguir alentando el placer musical de los nazis (Hitler era uno de los más fervientes admiradores de Wagner) y fascistas italianos cuando habían querido destrozar la cultura de su pueblo. Fagoaga es un ejemplo de vasco universal que, siempre, también después del nazismo, admiró la música de Wagner, pero no quiso cantársela a los que habían bombardeado Gernika. Utilizando los términos de Morin, diría que Fagoaga no renunció a la globalización, aunque rechazó a sus promotores del momento, que pretendieron desertizar su territorio patrio.

Al final, me quedo, solamente, con la primera parte de la afirmación de Valéry de que “todo lo que es simple es falso”, pero no con la segunda parte de que “todo lo que no lo es, es inutilizable”, pues solamente con el pensamiento complejo (y tres ideas bien claras, aunque cambiantes en el tiempo) la historia de la humanidad ha avanzado hacia lo positivo. A trompicones, ciertamente, pero solamente reconociendo la complejidad de la vida cabe hacer esta más humana y más fraterna. Sin privilegiados ni descartados, pero todos colaborando.

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