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Mucófagos

Por Koldo Mediavilla - Sábado, 13 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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SÉ que a más de un lector le parecerá asqueroso. Y ciertamente lo es. Pero no nos escandalicemos. Todos lo hacemos. Sí. Todos. ¿Quién no se ha hurgado en la nariz para sacarse un moco? En ocasiones, esta actividad resulta un acto reflejo. El cerebro interpreta un obstáculo en las fosas nasales y automáticamente se procede a despejar el atasco. En otros momentos, la maniobra se convierte en algo más. En un ejercicio de relajación, de ensimismamiento.

Ayer mismo, sin ir más lejos, lo pude comprobar. Detenido en un atasco de tráfico, giré la cabeza y vi al conductor que tenía en paralelo. El follón circulatorio resultaba exasperante. Nada se movía y el personal comenzaba a alterarse. Pitos, gestos nerviosos, golpeo de volantes… Sin embargo, el automovilista de al lado permanecía sereno. Como al margen del estrés de la carretera. Es más, parecía concentrado. No era para menos. Un movimiento fuera de control y el dedo índice le podía trepanar el cerebro.

Allí andaba el hombre, como sacando petróleo. Vuelta para aquí, giro para allá. Una operación de alta precisión con un dedo convertido en herramienta de alta tecnología. Pasados unos segundos de minuciosa ocupación, el conductor se quedó mirando la punta del dedo. Seguro que pensó “buena pesca”. Amasó su captura con la yema del pulgar y, una vez hecha una pelotilla, bajó la ventanilla y la lanzó a la intemperie. Entonces me vio. Mientras no se había sentido observado, aquel hombre parecía sosegado. Cuando propulsó el moco y se dio cuenta de que había quien atentamente seguía el procedimiento, sonrió trémulamente y visiblemente turbado miró al horizonte de la caravana de coches como si nada. Afortunadamente para él, el emplasto de deshecho nasal no impactó con mi parabrisas. Habríamos tenido una bronca seria.

Hurgarse en las narices, como rascarse, es un gesto natural. Solo su acción compulsiva representa un problema. Lo verdaderamente comprometido es qué se hace después de escarbar en las fosas nasales. Lo higiénicamente correcto indicaría que, capturado un sapo, este se depositara en un pañuelo o clínex. Pero la tentación marrana del personal provoca que muchas veces la secreción sea abandonada indiscriminadamente, como una sorpresa adherida a cualquier elemento. El envés de una mesa, una barandilla, el pomo de una puerta… Resulta asqueroso dar con un regalo semejante. Sobre todo si el emplasto no es tuyo.

Algunos -no pocos- reciclan el producto genético. Es decir, se lo comen. Un moco, según los expertos, está compuesto en un 95% por agua, un 3% de elementos orgánicos -proteínas- y el 2% restante, minerales. Un estudio publicado por el National Center for Biotechnology Information de Canadá determina que los mocos pueden tener muchos beneficios para la salud e incluso pueden ayudar a proteger los dientes. Las secreciones nasales contienen mucinas salivales que forman una barrera contra las bacterias que pueden provocar la aparición de caries. Tras estas conclusiones, los investigadores que dirigieron el estudio están buscando formas de crear mocos sintéticos que puedan consumirse en forma de chicle o de dentífrico (no me imagino la escena de un cepillo de dientes embadurnado de mucosa).

No obstante, la salud dental no es el único beneficio que, al parecer, se puede sacar de comerse los mocos. Según el periódico británico The Independent, existen pruebas científicas de que la mucosa presente en las secreciones nasales es una defensa eficaz contra las infecciones respiratorias o las úlceras estomacales. Seguramente, los mucófagos -que así se llaman quienes se comen los mocos- desconocerán tales propiedades. ¿O no?

En esta sociedad de frikis de toda condición, en la que proliferan teorías dietistas pintorescas, he llegado a encontrar a quienes afirman que la ingesta de estas secreciones colmaría la necesidad de nutrientes de un cuerpo humano. Vamos, que una dieta a base de mocos podría ser la solución al hambre en el mundo. No sé cómo todavía nadie se ha dado cuenta de tal sorprendente hallazgo. Además, estoy convencido de que, en cuanto una lumbrera patentara la idea, se le sumaría una legión de indocumentados seguidores sectarizados. Vacunas no, transgénicos tampoco, pero mocos, a tutiplén. Una razón más para la progresía. Ya estoy viendo su campaña propagandista: Cómete tus mocos. Por la soberanía alimentaria.

Las organizaciones sociales, como el cuerpo humano, generan residuos propios de su actividad. Los partidos políticos, también. Sudan la camiseta. Queman energías en cuadros humanos. Se cierran en su estructura. Metabolizan mejor o peor las críticas, las diferencias. No saber enfrentarse a ese desgaste les suele generar problemas de toxicidad que, dependiendo del grado, les hace enfermar, dividirse e incluso romperse. La ausencia de democracia interna, el desapego de la realidad, la pérdida de control de sus dirigentes o militantes, el no hallar interlocución con otras formaciones o actuar al margen del sentido de la responsabilidad son algunas causas que especialmente afectan al conjunto de colectivos políticos, sindicales, empresariales... Y la corrupción, la intolerancia, la falta de influencia, el nepotismo, el clientelismo, son algunas de las graves afecciones que pueden provocar.

Quienes durante años han vivido al margen de un comportamiento democrático y se han refugiado en estrategias político-militares en las que la utilización de la violencia tenía significación política han ejercido su actividad en una toxicidad máxima. Migrar de ese lado oscuro a posiciones de estándares democráticos no es una transición sencilla. Supone un gran esfuerzo y resulta positivo que todo el mundo lo reconozca. El paso del MLNV a Sortu a través de Bateragune ha supuesto un gran avance. Indudable. Pero el ajuste de la izquierda abertzale a las exclusivas vías pacíficas y democráticas todavía está por consolidarse. Son muchos los tics del pasado que aún deben superarse y desterrarse.

Estas últimas semanas hemos asistido a la pervivencia de esos rescoldos de la historia reciente de la izquierda abertzale. Efectivamente, las acciones protagonizadas por Ernai no pueden compararse con las gravísimas vulneraciones de derechos que padecimos hace apenas unos años. Afortunadamente. Nadie las compara con atentados. Pero el retorno a la agitación callejera, a la presión y a la coacción del adversario político es un síntoma incompatible con el ejercicio democrático que Sortu se ha comprometido a desarrollar.

Invadir el espacio público de otra formación, causarle daños, inferirle amenazas públicas es un hecho grave. Sin más. Y los dirigentes de Sortu deberían haberse sacudido la presión pública. Primero, solidarizándose con el agredido, y en segundo término, deslegitimando -ni tan siquiera condenando- las acciones. Buscar argumentos colaterales no ha hecho sino justificar los desmanes. Y, con ello, hace perder crédito a quienes habían comprometido su palabra en una nueva convivencia y en un estado digno.

La izquierda abertzale organizada en Sortu tiene problemas de adaptación a la democracia. Pretende que su tránsito no deje a una parte de su militancia descolgada. Es entendible su propósito, pero su incapacidad para hacerlo -ya hay disidentes que voluntariamente se han situado fuera de su entorno- debe hacerles recapacitar sobre la solvencia y la reputación de su proyecto. Si no es capaz de cortar amarras con su pasado, no conseguirá el propósito de avanzar y de situarse en un ámbito de normalidad democrática.

El PNV ha sido el agredido en esta ocasión. No desdeña el daño ni la intencionalidad de los atacantes. Lo sucedido no ha sido una anécdota. Es una cuestión prepolítica.

La izquierda abertzale se comprometió a defender los derechos humanos. Y a hacer posible que las vulneraciones pasadas no se repitieran más. Esparcir basura en casa ajena, violentar su intimidad, no es el mejor camino para alcanzarlo.

Lo dije el otro día y lo reitero hoy. El PNV va a perseverar en su intento de incorporar a la izquierda abertzale al nuevo tiempo de convivencia que necesita este país. Por mucha basura, por mucha pintura y por mucha presión que se nos eche encima. Seguir alimentando el odio sabemos a dónde nos conduce. Al pasado. Y Euskadi necesita mirar al futuro. ¿A dónde mira la izquierda abertzale?

Si Sortu no sabe qué hacer con su porquería, que no la vuelva a arrojar a los demás. Que se la coma. Como hacen los mucófagos. Tal vez así prevenga males mayores.

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