‘París, fin de siglo. Signac, Redon, Toulouse-Lautrec y sus contemporáneos’

El París más turbulento

El Guggenheim acoge, hasta el 17 de septiembre, la muestra ‘París, fin de siglo. Signac, Redon, Toulouse-Lautrec y sus contemporáneos’, con obras del neo impresionismo, el simbolismo y los nabis, y el auge de la estampa

Un reportaje de Araitz Garmendia - Viernes, 12 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:04h

Muchos de los cuadros de la exposición, que refleja la situación política y social de la época, pertenecen a fondos europeos privados.VER GALERÍA

Muchos de los cuadros de la exposición, que refleja la situación política y social de la época, pertenecen a fondos europeos privados. (Oskar González)

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Muchos de los cuadros de la exposición, que refleja la situación política y social de la época, pertenecen a fondos europeos privados.

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parís, a finales del siglo XIX, lleno de cafés-conciertos, ballets, operetas, librerías, teatros y bulevares, fue el marco de una de las etapas más especiales de la historia del arte. En aquellos años, la Ciudad de la Luz era escenario de turbulencias políticas y transformaciones culturales que quedaron reflejadas en el arte a través de la vanguardia francesa de finales de siglo, con las innovaciones radicales introducidas por el neoimpresionismo, el simbolismo y los nabis, y el auge de la estampa. Una época convulsa llena de creatividad que podrá ser analizada, hasta el 17 de septiembre, en la muestra del Museo Guggenheim París, fin de siglo: Signac, Redon, Toulouse-Lautrec y sus contemporáneos. 125 cuadros, que engloban pinturas al óleo, estampas o litografías, muchos de los cuales pertenecen a “colecciones particulares, por lo que han sido muy poco vistos por el público, algo que le añade un carácter especial a la muestra”, aseguró el director de la pinacoteca, Juan Ignacio Vidarte.

La exposición acoge obras maestras de los artistas más significados de cada uno de estos tres movimientos pictóricos de vanguardia, como Georges Seurat y Paul Signac (neo-impresionistas), Odilon Redon y Maurice Denis (simbolistas) y Pierre Bonard, Edouard Vuillard y Henri Toulouse-Lautrec (nabis).

Instalada en la tercera planta del museo y repartida en tres salas distintas, la exhibición logra que cada uno de sus espacios se haya pintado de un tono diferente, con la intención de representar “el estado de ánimo” de cada movimiento, tal y como apuntó la comisaria de la exposición, Vivien Greene, de la Solomon R. Guggenheim Foundation.

Tanto Vidarte como Greene explicaron que, durante finales del siglo XIX, la capital francesa estuvo marcada por una prolongada crisis económica y por numerosos problemas sociales que estimularon la creación de grupos de izquierda radical. De hecho, el presidente, Sadi Carnot, fue asesinado por un anarquista, a lo que se sumó la acusación de traición al oficial judío alsaciano Alfred Dreyfus. Todo ello provocó que emergieran los extremos sociales y políticos, y fue en ese contexto en el que nació esta nueva generación de artistas.

A este respecto, Greene subrayó durante la presentación que los tres movimientos pictóricos a los que pertenecieron estos autores fueron “claves para lo que se considera el arte moderno que surgió en el siglo XX”. Se trata de obras que reflejan la situación política y social del París de final del siglo XIX, y las que los artistas ofrecen desde visiones utópicas de brillantes paisajes interiores y costeros, hasta imágenes introspectivas y fantásticas o retratos de la vida social.

La exposición se abre con el cuadro titulado Nenúfares, de Claude Monet, de 1914. La presencia de esta obra en la muestra se debe a que, aunque el impresionista no perteneció a ninguno de estos movimientos, era considerado como un “héroe” para muchos de los creadores de estos movimientos.

sala a salaLa primera sala está dedicada a los neoimpresionistas, quienes reflejaron en sus imágenes el auge de las ideologías socialista, comunista y anarquista de la época y las turbulencias sociales y políticas que se vivieron entonces. “Eran todos de izquierdas”, remarcó Greene.

La segunda sala de la exposición la habitan los simbolistas, cuyo principal representante es Odilon Redon, con sus cabezas flotantes e incorpóreas. Compartiendo la misma meta antinaturalista, estos autores optaron por plasmar lo contrario a los neoimpresionistas en sus obras. El sentimiento religioso, las ideas derechistas e, incluso, el mundo macabro de las pesadillas son los grandes temas de sus piezas.

Los nabis -palabra que viene del hebreo profeta- son los protagonistas de la tercera y última sala. Estos creadores reflejaron, a base de colores uniformes y delineaciones y composiciones bidimensionales de los grabados japoneses, la vida bohemia de aquel París convertido en la capital de la cultura.

El rasgo que une a los tres movimientos, según la comisaria, es que “todos ellos coincidieron en considerar que el arte podía mejorar la vida de las personas”.

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