giro de italia 2017

Pibernik se hace el sordo

Fernando Gaviria se impone en el sprint que el esloveno, confundido, celebró una vuelta antes

César Ortuzar - Jueves, 11 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:04h

Fernando Gaviria, por el centro, se adjudicó el sprint de Messina con enorme autoridad después de la confusión de Pibernik una vuelta antes del final. Fotos: Afp

Fernando Gaviria, por el centro, se adjudicó el sprint de Messina con enorme autoridad después de la confusión de Pibernik una vuelta antes del final. Fotos: Afp (Foto: Afp)

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Fernando Gaviria, por el centro, se adjudicó el sprint de Messina con enorme autoridad después de la confusión de Pibernik una vuelta antes del final. Fotos: Afp

Bilbao-En la era del pinganillo, a Luka Pibernik le faltó oído. Se hizo el orejas y no escuchó la campana que anunciaba la última vuelta al circuito de Messina y levantó los brazos, orgulloso de su enorme conquista en el Giro de Italia. Avanzó varios metros con la sonrisa de triunfador hasta que cayó en la cuenta;su felicidad no respondía a nada y su pose en medio de una larga avenida era de lo más ridícula. De repente, en el centro de la carretera del escarnio. El chasco para el esloveno fue mayúsculo cuando entendió al fin que había festejado el triunfo antes de tiempo, cuando aún no tocaba. Se dio tanta prisa en la vía Garibaldi que se olvidó de que el tañido de la campana no era el de una boda, que en realidad voceaba su réquiem. Llegar antes de tiempo a una cita no siempre es bueno. Mejor avisar, no vaya a ser que la sorpresa estalle en el morro de la curiosidad de uno y se le quede cara de tonto para el resto de los días. El recordatorio de su no victoria perseguirá durante décadas a Pibernik, recortado para siempre su perfil en Messina.

Con suerte, la estampa de Pibernik servirá a algún avispado emprendedor para poner a la venta algún que otro . Existen llaveros, camisetas e imanes de nevera con menos contenido y épica. No todo puede tener la solemnidad de una camiseta con la imagen del Che Guevara y frases grandilocuentes. El absurdo de vencer sin ganar alcanzó la dimensión de la victorias imposibles en el ajuar del ciclismo. Las victorias de los vencidos concentran algo de poesía y mucho de ternura. Antes de acceder por la gatera a ese sentimiento de lástima y compasión, de verse en la piel del antihéroe que concita algo tan humano como la empatía, Pibernik protagonizará las risas y chanzas del pelotón. En la cena con sus compañeros de equipo comenzará el festival del humor. Su triunfo fantasma entrará por derecho propio en el museo de los disparates y las comedias del ciclismo, una especialidad que sostiene varios números cómicos por eso de las confusiones y los enredos cuando el sueño de la meta se impone a la realidad. Luka Pibernik se hundió en el estanque de los deseos.

Aunque su triunfo fue de mentira, puro fogueo, y alimente el muestrario de lo ridículo, no es menos cierto que su asalto a lo que pudo ser y no fue resultó maravilloso. No fue cuestión de una arrancada y un puñado de metros. Su ataque tuvo entidad, entusiasmo, pasión y pose, lo que se exige a todo aquel que quiere algo de verdad. Se adelantó cuando restaba poco más de medio kilómetro para el final, según sus cálculos. En realidad restaban media docena. Enroscó la cabeza en el manillar y trituró los pedales, convencido de que le esperaba el champán y los besos del podio, las fotos y las portadas. En su huida, queriendo adelantarse al futuro como Marty MacFly, giró el cuello para situar a sus perseguidores, tipos que bebían del botellín mientras observaban el viaje a ninguna de parte de Pibernik. Soliviantado el esloveno, una vez comprobado por el retrovisor que aquello era suyo, estiró su ilusión desde los dedos del este hasta las falanges del oeste. Feliz, dichoso. Con el pálpito de la victoria crepitándole en el cuerpo. La adrenalina disparada en su cabeza. Loco de alegría.

Gaviria, autoritarioAtravesó la meta con el semblante que proporciona el laurel hasta que se sintió solo, simplemente retratado por la indiferencia del pelotón, que le adelantó sin miramientos ni palmadas de alivio. Comprendió de golpe el status de su torpeza. Le retumbó entonces el sonido de la campana. La primavera era invierno en Pibernik. El sol, noche oscura. Suplicó para que le tragara la tierra y la memoria fuera desmemoriada y no le recordara jamás su simulacro. Una pesadilla. El despertar de Fernando Gaviria fue otro. El colombiano vivió la vida que Pibernik quiso para él. El velocista agarró su segunda etapa del Giro. Extraordinario de potencia, al rebufo de Richeze, su pértiga, elevó el listón para batir a todos en otro formidable vuelo. Fuertes las piernas, blindada la moral tras su debut victorioso en Cagliari, Gaviria dio en la diana de Messina, la tierra de Nibali. Cerdeña y Sicilia unidas por el estruendo del velocísimo de Gaviria. Un trueno. Nada comparable, empero, al eco sordo del no triunfo de Pibernik.

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