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La victoria de Macron: razones, perspectivas y retos

Por Eguzki Urteaga - Miércoles, 10 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:02h

EMMANUEL Macron acaba de ganar las elecciones presidenciales en Francia, tras cosechar el 66,10% de los votos emitidos, lo que supone 20,7 millones de sufragios. Los resultados de la primera vuelta, donde llegó en la primera posición con el 24,01% de los votos y la clasificación de Marine Le Pen para la segunda vuelta, hacían presagiar una cómoda victoria el pasado domingo. Los sondeos de opinión tampoco fallaron esta vez y permitieron a un recién llegado a la política, ya que fue asesor económico de François Hollande, secretario general adjunto del Eliseo y Ministro de Economía de Manuel Valls, convertirse en el más joven presidente de la República, a pesar de que las instituciones de la V República, el modo de escrutinio mayoritario a dos vueltas y la cultura política gala marcada por la gerontocracia suponían obstáculos no desdeñables.

¿Cuáles son las razones de esta victoria? El triunfo de Macron es indisociable de la incapacidad de los partidos de gobierno, que se han alternado en el poder desde 1958, para reducir de manera notable el desempleo que permanece a niveles relativamente altos desde mediados de los años 70. Además, durante la campaña electoral de 2012, Hollande prometió que, en el caso de que no fuera capaz de reducir notablemente la tasa de desempleo, no se presentaría para su reelección, sabiendo que el desempleo es la preocupación principal de la ciudadanía francesa. Asociado a ello, buena parte de los electores socialistas en particular y de izquierdas en general se han sentido traicionados por las políticas públicas implementadas por los sucesivos gobiernos socialistas, sobre todo a partir de 2013. De hecho, a pesar de haber sido elegido sobre un proyecto socialdemócrata, priorizó una orientación social-liberal encarnada por Manuel Valls, representante del ala más conservadora del PS, lo que se tradujo en una pérdida de apoyo de las clases populares que han sido las principales víctimas de los recortes aplicados. Esto se ha traducido en el hecho de que Benoît Hamon haya cosechado un paupérrimo resultado, con el 6,36% de los votos, lo que supone el peor resultado del Partido Socialista en las últimas décadas, a excepción del 5% logrado por Gaston Deferre en 1969.

A todo ello, conviene añadir los casos de corrupción que han afectado al Frente Nacional y, sobre todo, al candidato de la derecha, François Fillon. Si antes de la publicación por Le Canard Enchaîné de las informaciones relativas a los supuestos empleos ficticios de su mujer y de sus hijos, Fillon lideraba las encuestas de intención de voto para la primera vuelta, obteniendo entre el 28% y el 30% de los sufragios, lo que le convertía en el claro favorito, el estallido del escándalo provocó una gran caída de apoyos en muy pocos días. Asimismo, el hecho de que los medios de comunicación hayan publicado regularmente nuevos casos de apropiación indebida de fondos públicos ha situado a la corrupción en el centro del debate político, ocultando el debate programático, generando una sensación de corrupción generalizada de la clase política y suscitando una aspiración a una profunda renovación de esta y de sus prácticas. Macron ha sabido aprovechar las dificultades de sus rivales, atrayendo al voto de centro-derecha, y encarnar esta aspiración a la renovación.

Tampoco debe olvidarse el papel desempeñado por las primarias de la izquierda y de la derecha, que no forman parte de la cultura política gala y que no se ajustan al espíritu de la V República, ya que este gira en torno al encuentro entre un hombre o una mujer y el pueblo francés. Si estas primarias han permitido la presentación de candidaturas de calidad y han propiciado un debate digno, han conducido a la elección de dos candidatos que representaban un posicionamiento relativamente radical en sus propias formaciones y un alejamiento de cierta centralidad. Si añadimos que estas primarias han fracturado estos partidos, acentuando las rivalidades y las divisiones, que han sido visibles en el Partido Socialista con el apoyo de Valls y de varios ministros socialistas a la candidatura de Macron, todo indica que, lejos de propiciar la victoria, han precipitado la derrota electoral de sus candidatos respectivos. Buena prueba de ello es que, además de que ni Fillon ni Hamon han conseguido clasificarse para la segunda vuelta, lo que es inédito, solo han conseguido el 26,37% de los sufragios.

En este contexto, el posicionamiento centrista de Emmanuel Macron, que aspiraba a encarnar una tercera vía, teorizada por Anthony Giddens y representada en su tiempo por Tony Blair en el Reino Unido y Bill Clinton en Estados Unidos, era el adecuado. Desde su dimisión del Ministerio de Economía y de la creación del movimiento En Marche, Macron ha privilegiado un posicionamiento social-liberal que le ha permitido ocupar una posición moderaba. Si no generaba un gran entusiasmo y una fuerte adhesión, permitía atraer a votantes de distintas sensibilidades políticas. De hecho, el 55% de los votantes de Mélenchon ha votado a Macron en la segunda vuelta y el 48% de los electores de Fillon ha hecho lo mismo. Esta capacidad para atraer a diferentes electorados le ha permitido captar los dos tercios de los votantes, al aparecer como un candidato de consenso.

Por último, es necesario no infravalorar las cualidades personales del candidato Macron, sobre todo en una elección tan personalizada como la presidencial. Fruto del elitismo republicano, al haber estudiado filosofía y ciencias políticas antes de lograr el selectivo concurso de la Escuela Nacional de Administración, Macron se ha convertido en alto funcionario antes de optar por el sector privado. Tras su paso por la Banca Rothschild como asociado, donde hizo fortuna, optó por involucrarse en política, donde ha conocido una progresión meteórica. Durante ese breve periodo, ha compaginado un carisma evidente y una retórica envidiable con una inteligencia política y una estatura de hombre de Estado que le han permitido generar adhesiones, aprovechar oportunidades y aparecer como una persona creíble para ocupar un cargo tan relevante como el de presidente de la República.

En todo caso, su capacidad de renovar la política gala y de aplicar su programa estará condicionada por su aptitud a disponer de una mayoría parlamentaria compuesta por diputados de su formación política o de una coalición de partidos. A ese propósito, la composición de su primer gobierno, que se conocerá el 15 de mayo, será significativa, dado que deberá encontrar un equilibrio entre las diferentes sensibilidades políticas, colocar a personalidades de peso en los ministerios clave y dar cabida a personas provenientes de la sociedad civil organizada. A su vez, la composición de las candidaturas deEn Marche la Republique en cada una de las 577 circunscripciones de las que consta Francia será crucial. Su objetivo es que la mitad de las candidaturas esté compuesta por cargos electos que provienen de otros partidos y que gozan de experiencia política (lo que implica desarrollar una estrategia de captación) y la otra mitad con novatos en política. Su capacidad de gobernar estará ampliamente condicionada por los resultados de las elecciones legislativas que tendrán lugar el 11 y el 18 de junio.

Pero con mayoría parlamentaria o sin ella, Macron deberá afrontar varios retos. En primer lugar, a través de sus políticas de flexibilización del mercado laboral, de reducción del impuesto de sociedades y de “inversiones de futuro”, deberá fortalecer el crecimiento económico y propiciar la creación de empleo para reducir el desempleo al 7%. En segundo lugar, deberá fortalecer la cohesión social y territorial, dado que Francia está profundamente fragmentada como consecuencia del aumento de las desigualdades socioeconómicas y de las disparidades territoriales. En tercer lugar, deberá reactivar la construcción europea, inmersa en una profunda crisis de proyecto, valores y gobernanza, como consecuencia de la gestión pésima de la crisis económica de 2008, de la crisis de los refugiados de 2015 y del Brexit. En cuarto y último lugar, deberá fortalecer las vías diplomáticas que forman parte de la historia y de la identidad gala, en nombre de los valores universales y de los derechos humanos, y renunciar a las intervenciones militares priorizadas por François Hollande.

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