Tribuna abierta

Gente inimaginable

Por Miguel Sánchez Ostiz - Miércoles, 10 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:02h

LA reciente aparición en los escenarios mediáticos de Manuel Herrera, una especie de anuncio de He-man o Másters del Universo de feria, que agredió porque sí, porque era el programa del día, a un joven en Bilbao al grito de “Gabilondo proetarra”, me ha recordado una escena de Lo importante es amar, una ya vieja película del polaco Andrzej Zulawski, en la que unos personajes espantosos, gángsteres ligados a la extorsión y a la industria pornográfica extrema, afirman con desparpajo que hay gente que resulta inimaginable hasta para ellos mismos.

Gente inimaginable pues… solo te acuerdas de ellos cuando aparecen de pronto en escena protagonizando alguna brutalidad, con o sin banderas, algo que ha venido sucediendo cada vez con mayor frecuencia. Los brutos están ahí, exhibiendo cruces gamadas, saludando brazo en alto, amedrentando, y vistiendo camisas azules y correajes militares, sus primos hermanos en la celebración de regímenes criminales, algo que se olvida. No es un espectáculo grotesco, por mucho que así se trate en la mayoría de los medios de comunicación, ni un numerito del circo mediático con madre en los platós incluida para que ventee lo bueno que es su niño, ni una mera manifestación más de la España negra, cerril, intolerante, carente de una instrucción elemental… triste. El neonazismo o el neofascismo dejó de ser neo hace ya tiempo y esos brazos, esas cruces gamadas, esas banderas y los berridos que las acompañan, no son más que manifestaciones extremas de nostalgias autoritarias, más autoritarias quiero decir.

Los brutos están ahí, exhibiendo cruces gamadas, saludando brazo en alto, amedrentando, y vistiendo camisas azules y correajes militares, sus primos hermanos en la celebración de regímenes criminales

Brutalidad, crueldad, odio, el nazismo como norte estético e ideológico, la supremacía de la raza de la musculación gimnástica y una llamativa cortedad intelectual, al servicio de la parte más oscura e incorrecta del sistema, gracias a las víctimas escogidas, no ya el más débil, sino el que está en situación de indefensión siempre, por si acaso: homosexuales o como tal tenidos, nacionalistas, extranjeros, inmigrantes, vagabundos urbanos… Se crecen en el abuso y cuentan con el aplauso de sus iguales y admiradores, y lo que es peor, tienen las redes sociales como palestra agradecida. Son las redes sociales las que sirven de soporte para la publicidad de sus hazañas. No es nuevo. Viene de lejos. En algunos casos han servido de prueba en su contra, en otros de un entretenimiento social bochornoso. El fenómeno ha crecido en los márgenes desdeñables de los casos siempre minoritarios que aparecen ligados a los hinchas del fútbol, pero que sin duda van más allá de esa ritual explosión de furias y berridos de estadio.

De lo sucedido en Bilbao con el energúmeno llama la atención la extrema confianza, no sé si en sí mismo o en el sistema, que le permite estar en la calle provisto con un copioso historial delictivo que a otros ciudadanos les hubiese costado no ya prisión preventiva incondicional, sino pesadas penas de cárcel. ¿Por qué? La desproporción con otras condenas o peticiones fiscales recientes es insultante: como la de la pareja que se hizo con la comida caducada de un contenedor. No, no mezclemos las cosas… porque se mezclan solas.

Sería mejor preguntarse cuánta gente hay como el sevillano que protagonizó en Bilbao una agresión gratuita, seguro de gustar, si de echar a rodar el “proetarra” se trata, tanto en el mundo marginal, en el de los porteros de noche, también conocidos como matones de discoteca, como en el de las compañías de seguridad, los gimnasios de artes torcidas, las “manadas”… ¿Hasta dónde llega en el negocio de la matonería tolerada y, lo que es peor, cuánta de esta gente accede a vestir un uniforme que le confiere autoridad por decreto? Me lo pregunto sin más a la vista de su abundancia. A mí no me cabe duda de que no es una moda, sino que se trata de lo que se llama, con más soltura que fortuna, una cultura o subcultura o contracultura, al margen de una manifestación de asociabilidad y rechazo a una sociedad de verdad civil. ¿Alarmismo? No lo creo. En este y otros casos, las alarmas saltan solas.

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