vecinos desalojados de Erandio

“Hasta que no derriben nuestras casas no nos lo creeremos del todo”

Tras la licitación de sus futuros pisos, vecinos desalojados de Erandio ven, tras once años, “una luz al final del túnel”

Un reportaje de Arantza Rodríguez - Domingo, 7 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Jaime Izaguirre y su esposa, Mari Carmen Díaz de Lezana, frente a la vivienda de la que fueron desalojados hace once años, en la calle Vega de Altzaga.

Jaime Izaguirre y su esposa, Mari Carmen Díaz de Lezana, frente a la vivienda de la que fueron desalojados hace once años, en la calle Vega de Altzaga. (Borja Guerrero)

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Jaime Izaguirre y su esposa, Mari Carmen Díaz de Lezana, frente a la vivienda de la que fueron desalojados hace once años, en la calle Vega de Altzaga.

JON Iñaki resistió hasta hace un par de años en su casa inclinada a pesar de las grietas y de que los pasteles le salían asimétricos. Jaime lleva once realojado en un piso sin lámparas porque pensaba que aquello sería provisional. Son dos de las 66 familias de Erandio que tuvieron que abandonar sus casas, en el barrio de Altzaga, tras los graves daños causados en las mismas por las excavaciones de una edificación anexa. La Diputación de Bizkaia ha sacado esta semana a concurso la construcción de las viviendas en las que se realojarán, pero los afectados no las tienen todas consigo. “Somos como Santo Tomás, que tuvo que meter el dedo en la llaga para creer que Jesús había resucitado. Hasta que no derriben nuestras casas y empiecen a construir, no nos lo creeremos del todo”, reconoce Jaime. “Vemos una luz al final del túnel, pero ha habido ya bastantes ocasiones en las cuales esto iba a empezar”, conviene Jon Iñaki. “Estamos a base de promesas que se van retrasando en el tiempo. La gente quiere ver el edificio derribado”, urge Luis Alberto, con varios familiares afectados.

“Si lo miras fríamente, ahora no tenemos nada”

Cuenta Jon Iñaki Rodríguez que su casa, en el número 1 de Antón Fernández, se torció de la noche a la mañana y que necesitaba medio litro de aceite para freír un huevo porque se le escurría hacia un lado de la sartén. “Suelo hacer tartas y por un lado me quedaban con centímetro y medio y por otro con tres centímetros de la inclinación que había”, detalla y recuerda cómo corría su nieto tras la pelota que rodaba sola de extremo a extremo del pasillo.

Aquello tenía incluso cierta “gracia” a los ojos de su hija Garazi, que entonces tenía 15 años. “Luego vas creciendo, eres más consciente de lo que ocurre y te preocupas. Al principio era: Ja, ja, mira lo que le ha pasado a mi casa y luego: Ostras, que me tengo que marchar de ella”, resume, espontánea. A su madre, en cambio, las grietas de las paredes la traían por la calle de la amargura. “Mi mujer pasó miedo. Estaba muy desesperada. Yo le decía que mientras no hubiese ninguna en los pilares o vigas, no habría problema. Al final se tranquilizó, pero le costó tiempo”, recuerda Jon Iñaki. Lo tuvo y de sobra porque vivieron en esas condiciones casi una década.

Conscientes de que tarde o temprano “la estructura acabaría destrozada”, hace un par de años cedieron sus viviendas para que fueran derribadas y construyeran las nuevas. A estas alturas, calcula, ya deberían estar levantadas, “pero por diversos motivos ha ido pasando el tiempo”, los pisos dañados siguen en pie y ellos, en la casa de alquiler en la que fueron realojados, justo enfrente.

La mudanza, como todas, fue “un currelo de mucho cuidado”, con el agravante de que no la hicieron con la “ilusión” de quien se traslada por gusto. “Nosotros lo hemos tenido que hacer por narices, porque ha habido unas personas que no han trabajado como es debido y nos han jorobado la vida”, denuncia. Los gastos generados, al menos, dice, se han sufragado con las indemnizaciones.

Con el cambio de piso, de entrada, perdieron veinte metros cuadrados y la libertad de agujerear paredes que no son suyas. Así que fuera cuadros, fuera espejo de la entrada, fuera media librería... “Yo no digo que fueran de Picasso, pero teníamos todo decorado a nuestro gusto. Aquí no puedes poner ni una estantería. Es una casa, algo frío. No es un hogar”, matiza. El armario de su habitación lo montaron, pero sobresalen cinco centímetros de la pared. La mesa, en cambio, no cabía en la cocina. “Tuvimos que comprar una de libro y solo puedo levantar un ala porque si abro la otra, no entramos”, describe, y a su hija le entra la risa. Tampoco tiene sitio para almacenar “la intendencia”, que guarda en un trastero. “Oye, Jon, baja, que hacen falta alubias.Tenemos arriba un paquete de cada, pero cuando se acaba...”, comenta.

Aunque ya no tienen la “incertidumbre” de quien vive en una casa resquebrajada, Jon Iñaki no se relaja. No en vano, desde que se jubiló, acude a las reuniones e informa a los vecinos. También a su familia, a quien siempre procura “blanquear las peores noticias para que parezcan más livianas, porque ha sido duro, ¿eh?”, destaca, no vaya a ser que, al contarlo con tanta serenidad, no quede patente su sufrimiento.

Ha sido duro, explica, porque “estás en tu casa, ya la tengas con muebles de oro o de Ikea, y de repente te encuentras en la puñetera calle. Nosotros hemos cedido nuestras propiedades y confiamos en que se van a tirar y construir, pero si lo miras fríamente, ahora no tenemos absolutamente nada, el cielo arriba y la tierra abajo”. Según sus cálculos, las viviendas estarán construidas “para enero o febrero de 2020”, si todos “cumplen los plazos como es debido”. Entonces, volverán a la misma calle, la misma planta y la misma mano que antes de esta pesadilla. “Tengo total y plena confianza y espero que no me defrauden”.

“No gastas porque es un pozo sin fondo”

Garazi Rodríguez, la hija de Jon Iñaki, es una veinteañera que lleva soñando desde su adolescencia con un cuarto acorde a su edad. “Me iban a cambiar la habitación, que es un poco de críos, y me dijeron: Como ha pasado esto, en unos añitos, cuando nos hagan todo, te la cambiamos. Con 25 años, sigo esperando”, cuenta con el consuelo de no ser la única entre los realojados en viviendas de alquiler. “A la vecina, que tuvo un niño, sus suegros le regalaron la habitación y no se la ha podido poner porque no va a gastar el dinero en algo que luego no va a poder aprovechar. Vives un poco limitado a lo que tienes. No gastas porque al final es un pozo sin fondo”, reitera.

Ahora que ya se le ha pasado la edad de empapelar su cuarto de pósteres y se ha trasladado a su actual residencia, se confiesa más tranquila. “Antes de la mudanza estaba agobiada porque decían que iba a ser en Navidades, luego en Semana Santa, en verano... Intentas planificarte, pero como es hoy sí y mañana no... Estuvimos así año y medio. Ahora descanso porque ya sé que estoy aquí”, se consuela, sin perder de vista que tiene la mudanza definitiva pendiente. “Mi aita me suele decir: Para cuando vayamos a la otra casa, te va a tocar amueblarla a ti, porque con la edad que voy a tener…”.

“Creo que ha acelerado la muerte a algún mayor”

Cuelgan la ropa en los burros de su antiguo comercio y de sus techos no penden lámparas, sino bombillas peladas y casquillos. “Mi mujer dice que estamos de camping. Todo provisional, porque ¿quién iba a pensar que esto iba a durar once años? ¿Quién iba a comprar muebles si no sabíamos qué casa nos iban a dar?”. Lo pregunta, sin esperar respuesta, Jaime Izaguirre, que estaba de vacaciones en Castellón cuando le llamaron para que desalojara su casa, en el número 9 de Vega de Altzaga. “Se desprendían partes importantes de las paredes. Había peligro de vivir dentro porque podías estar durmiendo y caerte un pedazo de techo”, explica. En quince días ellos y otras cuatro familias embalaron su vida y se trasladaron a Astrabudua, donde permanecen realojados. Atrás dejaron sus tres armarios empotrados y una biblioteca y un cuarto hechos a medida.

Recién jubilado, a Jaime no le causó “ningún problema” alejarse “dos kilómetros y pico” de su vivienda original. “Mi mujer tiene muchas cosas en Erandio y cada dos por tres tiene que ir, pero tenemos salud y lo llevamos bien”, dice. Su hija, que vivía sola en otro de los pisos desalojados, ahora tiene dos niñas. “Como todo lo ha hecho aquí en diez años, casi no ha sentido ese traslado. Además, es joven y es diferente”, señala.

Para otros vecinos, sin embargo, el desarraigo de su entorno resultó traumático. “Hubo otra gente mayor, que tenían allí a sus familiares, amistades y sus cosas, y de la noche a la mañana les dicen que les trasladan a otro sitio y que tienen que coger el metro. Les rompió toda su vida íntima y les creó problemas psíquicos”, relata. Es más, “de los que vinimos se han muerto un montón de ellos. Ha habido alguna gente mayor a la que creo que le ha acelerado la muerte. Había una que parecía ET: Mi casa”, compara, sin ánimo de faltar al respeto, solo para enfatizar la añoranza. También hubo gente joven, añade, a la que el cambio le causó un gran trastorno “porque tenían ya a los hijos estudiando en Erandio” y parejas “que se han divorciado y que no podían vender el piso porque no tenían nada”.

Conocedor de todos estos calvarios personales, Jaime dice que los afectados no las tienen todas consigo, pese a que la licitación de las nuevas viviendas ya es oficial. “En general, los vecinos somos un poco descreídos”, reconoce. La razón de sus reservas no es otra que el tiempo que llevan esperando una solución y la de veces que parecía que estaban a punto de alcanzarla. “En agosto van a hacer once años que nos desalojaron. Hace dos y pico cedimos los terrenos para que pudiesen empezar las obras de demolición y construcción. Todo eso se firmó ante notario con unos plazos y, por una serie de cosas incomprensibles, no se ha hecho nada. Es inadmisible que para resolver este asunto hayan tardado once años y pico”, censura.

“Hablas con algunos y acaban llorando”

“Para las personas mayores ha sido muy duro”, dice Luis Alberto Andino. De hecho, su madre, realojada en Erandio, “no se acostumbra a la casa en la que está porque no es la suya” y “bastantes han ido falleciendo con la tristeza” de no residir en su piso. También fueron desalojadas dos hermanas de Luis Alberto, una de ellas después de vivir nueve años en el edificio “torcido” de Antón Fernández. “El ascensor les dio muchísimos problemas. Subir a un quinto piso es bastante complejo cuando tienes cierta edad y algunos problemas físicos”, relata. De hecho, “hubo gente que se marchó porque estaban angustiados y con aprensión” y vecinos a los que “se les saltaban las maderas del suelo y siguieron allí”.

Entre los afectados no faltó quien no pudo ni estrenar su piso. “Había alguien que había comprado la casa recientemente y la estaba arreglando. Fue desalojado antes de llegar a ocupar su propia vivienda”, explica Luis Alberto, quien recuerda que desde que tuvieron que abandonar sus casas “la problemática se ha ido complicando hasta el infinito. Ha habido divorcios. Tienen que estar pagando entre dos que se llevan mal un piso que no existe. Es kafkiano”.

La crisis no ha venido sino a agravar la situación. “Ha habido paro, gente que está pagando un piso que no tiene y no puede vender... Están bloqueados en una posición que no tiene visos de solución a corto plazo. No tienen ningún bien, solo una promesa de construcción a futuro”, remarca Luis Alberto, quien añade que es una situación “muy difícil de sobrellevar, que afecta no solo a los implicados, sino a toda la familia”. “Entre el tiempo, la crisis y la evolución vital de cada uno, se ha complicado todo muchísimo. Ahora mismo te pones a hablar con algunos y acaban llorando”.

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