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¿Es uno en la vida como en el aula?

Por José Ramón Scheifler - Viernes, 5 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Columnista José R. Scheifler

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Columnista José R. Scheifler

EL título tiene que ver con el de la despedida del gran pelotari Abel Barriola. Fue un gran pelotari y es una persona entrañable. Su marcha me deja tristeza. ¡A los 38 años! ¡Tan joven para la vida y viejo para seguir los caprichos de una pelota muy dura y muy viva! ¡Qué poco dura la vida de un pelotari de los buenos! He practicado ese deporte. Pertenecía a la cuadrilla pelotazale de Apraiz, Santi Brouard, Solano, nuestro hermano José Antonio y varios lekeittarras más;arquitectos, médicos, ingenieros… Todos, mayores de 38 años, recorríamos los frontones de Euskadi jugando entre nosotros mismos. ¡Solo quedo yo! Han sido los 38 de Barriola los que han suscitado estas líneas y tema. A los 38 (1958), me estrené como profesor universitario. A los 38, cesaba el pelotari, tras 20 de profesión;a los 38, empezaba la mía, tras veinte duros años de formación y estudios en la Compañía de Jesús, que abracé a los 18 en Loyola y me paseó por Münster, Londres, Roma y Jerusalén.

No elegí yo esa carrera y destino. Sentía sí hace años una fortísima necesidad vital de resolver la cuestión de mi vida -de la vida-, la de la trascendencia y el Absoluto, la de la verdad de la vida. Cuando profesores y superiores me destinaron a profesor del libro sagrado, la Biblia, acertaron con el regalo mejor y más adecuado, con el que ni siquiera había soñado. De mi profesión en el aula puedo escribir algo y también aburrir mucho. De mi vida, de lo que es propiamente mi vida, no. No me sirven las palabras y se me escapan entre los dedos sin dejar marca alma y corazón.

Había leído en una revista norteamericana que la tensión anímica del profesor al empezar su clase es comparable a la del soldado en el frente antes del cisco. Creo que es normal que, cuando sales de esas grandes academias, atiborrado de visiones y problemas universales, de lenguas antiguas bien muertas, de visitas a todas las excavaciones arqueológicas, etc., no sepas nada de la asignatura concreta que te han asignado: “Se hace camino al andar”.

Aquel 2 de febrero de 1958, cuando subí a la tarima del profesor ante las miradas curiosas e interrogantes de 35 o 40 desconocidos, sentí pavor. Era normal porque no sabía nada del tema. Había preparado unas generalidades, una bibliografía que no había leído, hablé del método que seguiría y llené la hora de clase. Superé aquel pavor justificado y normal. Lo que ya no es normal es que, cuando ya conozco la materia, sigo sintiendo cada día el mismo pavor. El producido por la tremenda responsabilidad de enseñar y de enseñar materias, tesis, afirmaciones que por muchas lenguas y documentos escritos antiguos que conozcas nunca podrás probar científicamente que son verdad y, sin embargo, pueden conformar la concepción de la vida de los alumnos, su orientación y valores fundamentales de la misma. Frente a esta responsabilidad, me prevengo por principio, mi concepto del profesor: no presentar y menos imponer mi pensamiento, sino exponer, proporcionar las circunstancias, los datos, argumentos y razones a favor del Sí y del No sobre la cuestión debatida y que el alumno decida por sí mismo. En una palabra, hacer pensar y enseñar a pensar, después de enseñar a leer. Da resultado con los más inteligentes. Con los demás, el pensamiento o inclinación del profesor sigue pesando demasiado.

Aunque no elegí yo ser profesor de esta materia teológica, una vez que lo acepté con ardor, no he hecho otra cosa más que enfrentarme por activa y pasiva, por cada uno de sus lados, sin prejuicio alguno y sin miedo a tener que decir no, con la gran cuestión de mi vida -de la vida, me atrevo a decir-: la cuestión de la trascendencia y el Absoluto. Este campo “teológico-bíblico” puede parecer por su historia -desde el s. I- un campo minado. Excomuniones, condenas, profesores insignes depuestos. En el pasado siglo, por citar algunos: el sacerdote de la Sorbona Alfred Loisy y el jesuita George Tirrey;en 1950, los PP. Danielou y De Lubak;el célebre profesor dominico francés P. Congar fue depuesto en 1954;el jesuita P. Pierre Teilhard de Chardin no pudo ver publicadas en vida (1881-1955) sus obrasEl fenómeno humano y El medio divino;en 1963, una falsa acusación costó al P. Lyonnet, decano y catedrático de la Facultad Bíblica, del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, el decanato y su cátedra, y al alemán P. Zerwic, su cátedra de Nuevo Testamento en el mismo Instituto.

Barriola habla de la magia del frontón. Es verdad. Todo el público enardecido aplaudiendo en pie un tanto bonito, emociona a cualquier pelotari. El aula no conoce algo así -al menos yo no lo he conocido…- pero cierto día, en ese clima de inseguridad del profesor bíblico, corre como un secreto peligroso: “Hoy empieza Scheifler a explicar los Once primeros capítulos del Génesis” y ves que el aula normal para 30 se aprieta y ya son 60 y 90 y tenemos que trasladarnos al aula magna. ¿No es una especie de magia? Naturalmente, también a mí me llegó el “escrito del Vaticano”, de una Congregación muy “Sagrada”. Y entonces ¡sí que te rodea la soledad! Ni una palabra, ni de uno solo. Eso no es magia. Eso es el ser humano desnudo. Resistí solo. Y Roma se calló. Cuarenta años después, uno de los silenciosos se atrevió a sugerir que yo tenía razón. “Elemental, querido Watson”, contesté.

Por otra parte, he oído de todo sobre las clases;juicios mayormente negativos en su agudeza. Ninguno como este. Aprovechando lo ridículo que resulta conservar en el s. XX, una práctica semirreligiosa medieval que implicaba acusarse de los defectos propios ante la comunidad religiosa de estudiantes y profesores, un estudiante jesuita se acusó de “haber escrito cartas en algunas clases y haber perdido el tiempo en las demás”. Este mismo que tenía aprobada mi asignatura en otra facultad, asistía a mis clases. Fue buen profesor en el ESADE de Barcelona, veinte años después regresó a Deusto. Estábamos cenando. Me saludó con el mayor elogio: “El profesor que me enseñó a pensar”.

Pero es verdad, un profesor que, por lo que sea, no acierta con la materia o no encaja con los estudiantes es un tormento para estos e inaguantable para sí mismo.

En la década de los años 60, el periodo lectivo de la mañana dejaba un vacío libre de 10.30 a 11.30. Lo aprovechaba para ofrecer una clase de Teología a estudiantes de las demás facultades. Nunca faltaron interesados y constantes a esa clase libre. Aún hoy conservo con algunos de ellos una entrañable amistad y correspondencia. Paradójicamente, los años de plomo de la Universidad de Deusto y de otras muchas -alborotos, huelgas, cierres, etc.- fueron quizá los de mayor interés. Era frecuente que los debates o cuestiones suscitados en la clase de la mañana, en la Facultad de Artxanda, los continuáramos por la tarde en el Deustuarrak, un bar restaurante que tenía un saloncito muy apto para ese original tipo de coloquios.

He tenido épocas, años, en los que también impartía clases en la Facultad Teológica de San Cugat del Vallés, Barcelona, y en el Seminario Mayor de Donostia. El día más ajetreado de mi labor docente comenzó saliendo de Deusto a pie -aún no existía el tranvía- hasta la calle Urazurrutia (detrás de la estación de Atxuri) para tomar el autobús a las 7.30 a.m. a Donostia. De 9.00 a 13.00 horas, impartí cuatro clases de Antiguo Testamento en el Seminario. De allí, en taxi, fui al Seminario de Vitoria, donde de 15.30 a 18.30 di tres horas de Aggiornamento Bíblico a sacerdotes en activo, algunos venidos de las misiones en América. A las 18.45, en taxi, a San Vicente mártir, de Abando, donde a las 20.00 tuve a un numeroso grupo de jóvenes, con asistencia del señor Obispo, Pablo Gúrpide, una charla: La personalidad del Jesús histórico. Al finalizar, un joven preguntó: “Usted, señor obispo ¿ha tenido dudas de fe?”. “No, ninguna”. “Y ¿usted, padre?”. “Todas”. Don Pablo cortó por lo sano y pude regresar a Deusto.

Creo que he sido aceptado como profesor y eso me ha hecho muy feliz. Me encanta transmitir conocimientos, sobre todo aquellos que hagan a las personas más personas: más libres, con una mayor autoestima y una actitud positiva ante la vida, más abiertas y acogedoras;que vayan al fondo de las cosas, dejando las pequeñeces y triquiñuelas, más generosas, que tiendan a hacer más fácil la vida en nuestro entorno;más sensibles al amor y a la ternura…

De vez en cuando, se me acerca una joven en la calle;me planta un beso. “Padre ¿se acuerda de mí?” . “¿Cómo me voy a olvidar? Tú eres de aquel curso: Ciencia y fe”. “Sí, ¡qué bien lo pasamos!”. “¡Yo también!”. Otras veces recibo cartas de exalumnos: “Querido amigo…”. Cosas así no se pagan con nada. Pero, Barriola, yo no tengo más txapela que contra el sol y la lluvia.

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