El sacacorchos

Los tacos de salida

Por Jon Mujika - Miércoles, 26 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Columnista Jon Mujika

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COMO si fuesen nativos de Jamaica, hay una legión de contribuyentes que aguarda en los tacos de salida con cara de velocistas, con todos y cada uno de sus músculos en tensión, prestos a salir disparados hacia la meta de Hacienda a nada que se escuche el pistoletazo de salida. Son los hombres y mujeres que tienen ante sí la mayor alegría del año en lo que a salarios se refiere, máxime ahora, cuando los increíbles sueldos menguantes protagonizan el capítulo de terror en el serial nuestro de cada día. Llevan pegado al pecho ese dorsal tan admirado por muchos, aquel que dice Devolución. Son más de 400.000 y se intuye que habrá codazos en la recta para hacerse cuanto antes con el botín.

En el extremo opuesto remolonean los últimos de la fila. Aquellos que acudirán a la ventanilla de tributos a última hora del último día para preguntar un “¿qué se debe?” con la boca pequeña. Para ellos es el día triste en un año de felices ganancias. Justicia divina, dicen algunos. Triste consuelo, dicen otros.

Los hijos y la vivienda son las dos razones más aplicadas a la hora de deducir, lo que quiere decir que la vida, tal y como la entendemos el común de los mortales -con algún que otro hijo y un techo bajo el que caerse muerto (léase, derrengado...) tras una maratoniana jornada laboral...-, sobrevive en las más adversas condiciones. Ese es el secreto para que el invento funcione. Que no pare la rueda por mucho que nos entre complejo de mula de molino, tira que te tira en círculo, sin otra esperanza que la de salir mañana a tirar de nuevo.

Ando estos días enfrascado en la lectura de un libro, digno de un Hitchcock cualquiera del siglo XXI. Lo ha escrito un francés, Pierre Lemaitre. Es la historia de nuestro presente deshumanizado, de las mil y un peripecias de un hombre de 57 años abocado al paro y que se ve forzado a una actitud violenta para evitar el naufragio de su estilo de vida. Es un hombre aniquilado por la búsqueda agotadora de empleo en un mundo feroz y desalmado al que su generación no es capaz de comprender. Encarna la lucha por la dignidad laboral y la convierte en una lucha por la supervivencia. Lo más aterrador de esta extraordinaria novela negra es que uno empatiza con Alain Delambre, el protagonista salvaje. ¿Por qué? Porque uno intuye, con cierta angustia, que si se viese en circunstancias semejantes, también él, también tú, también yo, podríamos ser Alain. Y, créanme, no es un buen ejemplo.

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