Aztertuz

El cordón umbilical

El Estado debe reconocer su parte en el bombardeo de Gernika porque la verdad oficial sostiene que fue obra de los rojos

Xabier Lapitz - Miércoles, 26 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Columnista Xabier Lapitz

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Hace veinte años, tal día como hoy, 150 supervivientes del bombardeo de Gernika recibían una carta del presidente de Alemania, Roman Herzog, en la que en nombre de la república a la que representaba escribía: “Quiero asumir ese pasado y reconocer expresamente la culpa de los aviones alemanes involucrados”. En aquel acto, bajo la cubierta del mercado, el entonces alcalde de la villa agradeció ese reconocimiento y añadió que “un gesto así del Estado español sería bien visto por los vascos”.

Dos décadas después, esta misma cuestión vuelve a estar encima de la mesa. Corregida y ampliada, porque el lehendakari Urkullu ya la expuso hace unas semanas en Durango, otra de las poblaciones civiles que sufrieron aquellos bombardeos de la aviación alemana e italiana por orden del mando militar franquista. O Franco o su cadena de mando, de eso no cabe duda, fueron quienes ordenaron directamente las atrocidades.

¿Debe la España actual reconocer su participación en las masacres? Sí, por varias razones. No porque los actuales gobernantes (aunque en realidad debería ser el rey Felipe VI por ostentar la Jefatura de Estado) sean responsables del crimen de guerra perpetrado, de la misma manera que Herzog no comandaba la Legión Cóndor, sino porque a día de hoy la verdad oficial española sostiene una mentira: que fueron rojos y nacionalistas vascos los que cometieron esa tropelía.

Quienes se oponen a ese tipo de reconocimiento (algo distinto a pedir perdón) alegan que el actual Estado español nada tiene que ver con el franquismo y que en realidad la España de hoy sería la reencarnación de la II República, víctima del alzamiento franquista y de la posterior dictadura. No lo tengo yo tan claro.

En realidad, la transición convirtió al actual régimen en heredero directo del franquismo. No hubo ruptura, sino un hilo que va de Franco a Juan Carlos I y ahora, a su hijo. Refrendado por la mayoría vía constitucional, sí, pero herederos de quienes ordenaron bombardear Otxandio, Durango, Gernika, etc.

Algunos se echan las manos a la cabeza porque dicen que una democracia no puede ser heredera de una dictadura, pero eso es precisamente lo especial del modelo español y lo que explica otras cosas que pasan hoy en día. Por ejemplo, que con dinero público se entierre con honores militares al criminal José Sanjurjo en presencia de las máximas autoridades, civiles y militares, de Melilla. O que no se dedique un solo euro en los presupuestos generales del Estado al desarrollo de la Ley de Memoria Histórica, o que se haya entorpecido al máximo la recuperación de cadáveres que aún siguen en las cunetas o en fosas comunes, o que la Fundación Francisco Franco sea depositaria de secretos de estado y además financiada por ello, o que Utrera Molina se muera sin responder ante la justicia, etc. El problema es que el cordón umbilical entre aquella dictadura y esta democracia no se ha cortado.

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