El sacacorchos

Una oficina en la puerta

Por Jon Mujika - Martes, 25 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Columnista Jon Mujika

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Amí me han apuñalado seis veces, me han dado palizas, me han disparado... Pero en general, Ibiza es un lugar muy tranquilo”. Hace ya un tiempo que leí esas declaraciones en boca de un portero de discoteca de la isla blanca y más allá de la conclusión de que aquel era un oficio de riesgo, la idea que me dejó fue otra: son una raza diferente. No es esta una diatriba en defensa de aquellos a los que se les llamó gorilas o quebrantahuesos ni una defensa a ultranza de sus, en más ocasiones de las necesarias, malas artes. Pero hay que admitir el suelo que pisan a partir de determinadas horas, esas en las que Cenicienta ya se ha ido de palacio: un campo de minas.

Los ven venir. Llegan tambaleándose, entregados a los brazos del alcohol o ciegos en un bosque de drogas de otro calado y pierden el respeto y la noción del miedo. Los he visto alguna vez: se creen Superman, gastan una mirada ida, con los ojos abiertos de par en par como un pez y en la oscuridad de la noche son los reyes del arma blanca. No, no quiero para mí ni para los míos ese oficio.

Entre los ‘manoslargas’ y los ‘bocasucias’ hay noches que oscurecen más de lo debido

Cuántas veces no ha comenzado el incendio por la chispa de un soplete mal empleado. Algunas personas se hacen porteros de noche por necesidad, porque es el único empleo disponible y otras porque tienen más masa en los bíceps que en el cerebro: son tipos enormes que no están capacitados para muchas cosas y que revientan los pectorales a base de esteroides. Luego hay otro tipo al que le gusta la autoridad y sobre todo la capacidad de ejercerla sobre la gente. Pero para otros muchos la puerta de un local, es justo y solo eso: una oficina.

Visto el panorama, el Gobierno vasco ha decidido marcar las reglas del juego en ese peligroso tablero. Hace falta más mano izquierda que mano dura, vienen a decir los gestores, sobre todo porque las labores se seguridad no están en manos de los porteros, cuyo cometido es el de controlar el aforo: que no entre sobrepasado de copas -o de cualquier otra sustancia que altere su conducta...- o que no se sobrepase la capacidad del recinto.

La realidad es esa: hay que arreglar una situación en la que los sheriffs de la noche están fuera de la ley, no por sus actitudes sino porque la reglamentación laboral no contem pla sus estrellas. Aprovechando ese vacío, sería conveniente llenar las puertas de las discotecas de gente con aptitud para el cargo, algo de lo más complicado, sea cual sea el puesto, visto lo visto. De la misma forma, me gustaría enviar un mensaje a los regidores: exigir un carné para beber. Hay tanta y tanta gente floja de aguante y torpe de palabra cuando bebe que se debiera regular ese hábito para eliminar a patosos ybocachan-clas, que tanto abundan. No es fácil regular ese tráfico de manoslargas en la vigilancia y bocasuciasa la hora de la diversión. Cuando se cruza esa última frontera, es entonces cuando la noche se hace negra.

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