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Acuerdos y tildes

Por Koldo Mediavilla - Sábado, 22 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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HACER un paréntesis en la rutina suele ser beneficioso. Sobre todo cuando la presión del día a día no te deja saborear instantes de placidez. En mi caso, disfruto con la quietud. O, lo que es lo mismo, sin hacer nada. Unos se afanan en salir. En cuanto hay dos días consecutivos de ocio, arrancan el coche y parten para ver mundo y experimentar nuevas sensaciones. Descubrir naturaleza, gastronomías, cultura, deporte…Yo, por el contrario, me paro y hago que la vagancia me venza. Si pudiera, dejaría de pensar para someterme a un letargo mental. Lo he intentado varias veces sin conseguirlo.

Afortunadamente, estos pasados días he tenido ocasión de ejercitar esa experiencia nihilista. Nada de nada. Dormir cuanto he podido -la cama es el mejor invento del mundo- y, por lo demás, zanganear. El mayor esfuerzo que he realizado ha sido manejar el mando a distancia del televisor. Y no se crean que en mi afán contemplativo haya buscado la actualidad, el divertimento o la curiosidad. No. Mi primera opción ha sido la evasión. Programas que no me hicieran pensar: subasta de trasteros, máquinas inmensas destrozando parajes irrepetibles a la búsqueda de oro, recetas de cocina, reformas inmobiliarias donde derribar un tabique es pan comido... Pero con lo que más he disfrutado ha sido con los documentales de La 2. Ahí he descubierto la importancia de la tilde en la ortografía. De los líos de las sábanas a los líos de la sabana. Me explico. En un canal se presentaba a un coro vociferante. Todos hablando al mismo tiempo y sin descanso. El centro de atención era la separación de una famosa pareja del espectáculo. Ella, actriz;él, cantante. Y el nudo de interés era su desavenencia conyugal. Que si una fuente dice que tal, que si un amigo lo niega. Lío de sábanas y cotorreo desenfrenado.

Con un simple “clic” perdimos la tilde. Llegaba la sabana, el Serengueti, la inmensidad de las praderas. Y en ellas, el leopardo camuflado cazando gacelas. Un intento, dos, tres y, al cuarto ataque, antílope al bote.

No por previsible me resultó menos espectacular el episodio de los ñus y los cocodrilos del Nilo. Un cabrón de cocodrilo aguardaba agazapado en el barro la llegada anual de la manada de antílopes salvajes. Sedientos y nerviosos, el tropel llegaba hasta el río a sabiendas de que en él les aguardaban sus atávicos depredadores. Pero la sed podía más que su miedo. Asomaban el hocico al agua y, en un instante, surgía del fondo una bestia de cinco metros de largo y más de media tonelada de peso. Sus fauces se abrían y atrapaban al cuadrúpedo de una forma bestial, llevándolo al fondo del cauce donde otros congéneres lo descuartizarían en cuestión de segundos. La escena, no por conocida, resultó aterradora. Todos los años la misma historia. Y los ñus sin enterarse.

Igual de violenta fue la imagen de un oso polar -no ya en la sabana sino en el Ártico (no artico)- zampándose una foca. ¡Que agilidad la del plantígrado! Dos saltos, un zarpazo, una inmersión en las aguas heladas y una merienda. Sobrecogedor.

No soy un sádico. Pero he disfrutado. Sobre todo porque en la mayoría de los documentales me desnucaba en el sofá sin pensamientos abruptos que desbarataran mi sosiego. Bastaba ver animales para entrar en letargo, en una ingravidez reparadora de pereza suprema. Lejos del ruido y de la tensión a la que estamos acostumbrados.

Pero el sosiego suele ser efímero. La voracidad de la actualidad recupera toda su expresión en un abrir y cerrar de ojos. Que se lo pregunten al PP, a quien la corrupción sigue desangrando sin respiro. Cuando pretendían sentirse aliviados por la dimisión del presidente murciano, les ha estallado nuevamente el conflicto madrileño con la detención del expresidente de la Comunidad por un supuesto fraude y saqueo de la sociedad pública encargada de la gestión del agua en dicha autonomía. Y todo acompañado por la citación de un juzgado de la Audiencia Nacional para que Mariano Rajoy testifique en el caso Gürtel. Ahora que el gallego parecía asomar la cabeza y respirar aliviado buscando la aprobación presupuestaria y su reconocimiento europeo, la corrupción y sus investigaciones judiciales amenazan con quebrar su momento de calma. Presidio de algunos por el partido que él presidió. Lo que cambia una tilde en una simple frase.

¿Cómo evolucionará la borrasca que vive el PP? No resulta fácil saberlo, sobre todo cuando parece demostrarse que los escándalos que no cesan parecen ser algo más que comportamientos impúdicos particulares, apuntando a una implicación sistémica del partido de Génova. De ser así, no habrá cortafuego con el pasado que Rajoy y los suyos pretendan construir para que les permita avanzar en una legislatura de larga recorrido. Rivera y Ciudadanos pueden dejar huérfanos de apoyo a los populares y, de ser así, puede que el tiempo se haya acabado.

Todo esto ocurre en una semana decisiva en la que el Gobierno español busca la complicidad del PNV para que los Presupuestos Generales del Estado no sean devueltos en su primer trámite parlamentario. Si Rajoy pretende que cualquiera de las enmiendas a la totalidad que se presentarán a las cuentas públicas (hay tiempo hasta el día 28) no prosperen, necesitará indefectiblemente los votos de Ciudadanos y de, al menos, seis parlamentarios más. Ahí es donde todo el mundo apunta al PNV (5) y a Coalición Canaria (1) como objetos de deseo preferente.

Las negociaciones que se mantienen no han llegado a puerto alguno de momento. Es más, todo apunta a que el desenlace se hará esperar hasta el último minuto (las enmiendas a la totalidad se votarán previsiblemente el 3-4 de mayo).

Desde fuera del ámbito negociador, se prodigan las declaraciones que pretenden presionar al PNV para que se posicione a un lado o a otro del posible acuerdo. Patronal, sindicatos, partidos de la oposición vasca, en el ejercicio legítimo de la libre opinión, marcan el terreno a los nacionalistas ante la eventual decisión de sus diputados en Madrid.

La patronal vasca, siempre tan oportuna en sus apreciaciones, por boca de su presidente, Roberto Larrañaga, ha señalado que “sería bueno que el PNV se implicara para que se pudieran aprobar los Presupuestos Generales del Estado”. ELA ya había señalado que el PNV formaba parte de una “gran coalición” con socialistas, populares y Confebask.

Nagua Alba -Podemos- ha marcado perfil preguntando a los jeltzales si están dispuestos a pactar, a “un cambio de cromos”, con un partido que “está podrido de arriba abajo”. Pello Urizar, el devaluado portavoz de EH Bildu, fue el más ácido en sus apreciaciones, advirtiendo al PNV de que “cualquier acuerdo con el PP en materia presupuestaria supondrá reforzar el modelo antisocial y antidemocrático”.

Sí, todo el mundo dice al PNV qué hacer y, en su defecto, interpreta lo que este partido terminará haciendo. Esa película la hemos visto muchas veces. Como los documentales del cocodrilo, la gacela o el oso polar. Son las historias de quienes nada se juegan porque su ámbito de influencia es irrelevante. O porque jamás han asumido el riesgo político de una decisión comprometida.

En la historia reciente y a lo largo de su dilatada trayectoria, el PNV no ha dudado a la hora de tomar decisiones complicadas. Sobre todo cuando su desenlace ha de repercutir en la mejora colectiva de Euskadi y su autogobierno. En los procesos de negociación con Madrid que el PNV ha protagonizado, jamás ha planteado contrapartidas para sí. El objetivo ha sido el bien común de los vascos y las vascas. El crecimiento del autogobierno, el desbloqueo de las crisis institucionales y la asunción de nuevas herramientas de gestión que permitan un mayor bienestar colectivo para este país.

Ahora, la situación se repite. Si el gobierno de Mariano Rajoy requiere sus votos, este deberá corresponder a las propuestas de “agenda vasca” de manera concreta y certificada. Sin complejos ni promesas difusas.

El PNV evaluará la respuesta y decidirá en consecuencia. Sin tener en cuenta las presiones y sin dejarse llevar por actos de fe. Y la “fe” no lleva tilde.

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