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El grito

Por José Serna Andrés - Viernes, 27 de Enero de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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HE de reconocerlo, me ha conmocionado la frase y la escena: un niño sirio herido, a punto de morir, sentencia: “Voy a contarle todo a Dios”. Es difícil imaginar mayor desesperación. Se lo voy a contar a Dios porque ya no hay nada en este mundo que me sirva. Quizá ha perdido su casa, su familia, su osito. De nada le sirven nuestras lágrimas de cocodrilo, nuestros artículos bienintencionados… “Se lo voy a contar a Dios”.

Y dejémonos ahora de disquisiciones sobre Dios, pues cuando al tonto le señalan la luna se queda mirando el dedo, aunque quizá haya un exceso en el ejemplo. De ese sufrimiento infinito brota un grito de protesta contra la humanidad deshumanizada que es el auténtico infierno cuando con su maquinaria de mentir justifica esa aberración de la carrera de armamentos y la guerra. Y es que ya no es tan importante dilucidar quién tiene la máxima responsabilidad en la tragedia, quién está a un lado o quién está al otro, especialmente cuando, como en el caso que nos ocupa, hay tantas esquinas y tantas aristas con diferentes orígenes y objetivos.

Es la voz de la inocencia en estado puro la que nos confronta y nos pide cuentas a su manera. Job, el sufriente universal, llegaba a decir. “Maldito el día en que nací, maldito el día que me parió mi madre”. Mira lo que me está sucediendo, le dice Job a Dios, contra quien se rebela, y la voz infantil que analizamos parece decir: “Mira todo lo que nos está sucediendo, te lo voy a contar”. Lo añadimos en plural inclusivo porque da la impresión de que tiene esperanza en la acogida, pero emite un juicio capaz de sacudir conciencias en una búsqueda de dignidad. Porque en ese “todo” que va a contar se encuentra la fotografía de masacres constantes que somos capaces de impulsar con nuestro reconocimiento de que era necesario intervenir militarmente, y presenciamos la escena desde nuestra butaca televisiva como algo habitual, normal, necesario, porque los ecos del sufrimiento y de la muerte provocada ya no nos afectan. Pero esta voz de la inocencia que eleva las llagas a un más allá nos invita a que no nos alejemos de nuestro niño interior. “Piececitos de niño, / azulosos de frío, / ¡cómo os ven y no os cubren, / Dios mío! // ¡Piececitos heridos / por los guijarros todos, / ultrajados de nieves / y lodos! / … / Piececitos de niño, / dos joyitas sufrientes, / ¡cómo pasan sin veros / las gentes!”, dice Gabriela Mistral. Y podemos incluir los miles de niños y niñas que en todas las absurdas guerras y en todas las migraciones por la guerra y el hambre sufren las consecuencias del horror al que lleva nuestra forma adulta de relacionarnos.

Si dejásemos renacer la infancia interior… Parece que las demandas adultas nos alejan de nuestro ser originario infantil. ¿Por qué sucede? No solo desaparece la espontaneidad, la alegría de vivir, la autenticidad, la capacidad de experimentar, la confianza en el universo, la naturalidad y el respeto a uno mismo. Las guerras, las desigualdades extremas, los movimientos de las poblaciones en los crudos inviernos son ya lo adulto, lo normal, lo correcto. El niño interior no juzga, pero cuando ese niño interior se ha roto, como en el caso del niño sirio, y no porque se ha adaptado al mundo adulto sino porque ve cercana la muerte, en su espontaneidad, dice que lo va a contar, que nos va a poner en evidencia. Y es esa la mirada que necesitamos para entender que lo obvio, lo verdaderamente correcto, es precisamente lo contrario de lo que estamos haciendo. Y aunque nos gustaría que las guerras, las desigualdades y todo lo que hace daño a otros seres humanos desapareciese, nos hacemos prisioneros de lo que llamamos razonable y correcto.

Alguien, no creyente convencido, ha comentado de la imagen y la frase del niño sirio: “Solo porque esta desdichada criatura no se lleve un segundo desengaño, deseo que exista un Dios que le reciba y le escuche”. Lo que de verdad importa es que cualquiera que nazca a la vida no tenga que emitir un último grito de escándalo tras asomarse al mundo que hemos creado.* Escritor

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