Tribuna abierta

¿Solidaridad?

Por José Serna Andrés - Jueves, 15 de Septiembre de 2016 - Actualizado a las 06:03h

MIENTRAS hacemos el cálculo del coste de los libros al iniciar el nuevo curso escolar, jugamos al ajedrez en torno a una mesa para decidir quién tiene la culpa de que todavía no haya un gobierno en España o discutimos si un centímetro de tela alrededor del cuerpo significan un símbolo de opresión o de libertad, Unicef nos informa de que hay cincuenta millones de niños y niñas que viven, o sobreviven, desarraigados de sus viviendas, ambientes, países, cultura, y que se cuentan por millones las tragedias relacionadas con los abusos, la soledad, la enfermedad, la deshidratación, desnutrición, casi siempre como consecuencia de la guerra, pero también de la pobreza. Y eso no quiere decir que los problemas citados al inicio no tengan su enjundia, pero…

Ahora que tanto se habla de guerras preventivas, pongamos en práctica esa lucha contra la privación de estabilidad, dignidad de vida y educación en millones de niños y niñas. ¿Seguro que aquí no se están fraguando esos odios, a los que llamamos irracionales, después de tantas experiencias vitales negativas? ¿Cómo se incuba el gen de la violencia?

Dicen que quienes han recibido malos tratos en la infancia tienen muchos boletos para ejercer malos tratos en su familia. La espiral de la violencia recibida puede convertirse en fuente de violencia. “De cada niño muerto sale un fusil con ojos”, escribió Neruda en el contexto de la Guerra Civil de España. A uno le da vergüenza argumentar de esta manera, pero a veces solo el miedo a determinadas posibles violencias nos moviliza cuando, en realidad, nuestra sensibilidad humana debería reaccionar eficazmente, solidariamente, solo con la mera constatación de esta situación tan inhumana.

Quienes consideran que es más arriesgado quedarse en su país que morir en el Mediterráneo o sufrir las mil y una noches del alma que afectan a millones de migrantes y personas refugiadas, tienen la huella del dolor en la mirada y no hay valla, edicto o presupuesto que impida su marcha.

Dicen que la extrema derecha está desmantelando los valores europeos, que tiene en su diana el concepto de solidaridad, y en Alemania han comenzado a utilizarlo como escudo contra la señora Merkel, quien hasta hace poco era considerada en nuestros lares como menos solidaria por su forma de relacionar crecimiento con austeridad pero en estos momentos es una líder que, en este tema de la solidaridad, ejerce como tal. No parece que van a la zaga de la xenofobia otros países como Francia, Austria, Dinamarca, Holanda, Finlandia, Suecia… Naturalmente que todos los casos no son idénticos, pero determinadas noticias y decretos relacionan inseguridad ciudadana y recortes en derechos con inmigración, con lo que además de las vallas de contención, el apaleamiento práctico y simbólico es tan fuerte que si este proceso de xenofobia aumenta se están sembrando las bases de una Europa donde la solidaridad será una palabra antigua.

¿Qué pensarán todos esos niños y niñas dentro de unos años? Claro que el problema no se refiere solo a Europa y no es exclusivo de este momento de la historia, pero ahora nos preocupa un poco más porque nos atañe aunque fijemos objetivos, realicemos programaciones y actividades extraescolares adecuadas a nuestros estudiantes y descuidemos a todos esos millones de personitas de las que habla Unicef. Me da vergüenza vivir en un mundo así.

Aylan Kurdi, el niño muerto en una playa, Omran Daqneesh y su expresión de dolor desde una ambulancia, “representan a muchos millones de niños en peligro, y esto exige que nuestra compasión hacia esos niños concretos que vemos se equipare con acciones en favor de todos los niños”, ha dicho el director de Unicef. Y propone acciones específicas que los gobiernos ya han olvidado. De nada sirve que el informe de Unicef indique que en países de altos ingresos las contribuciones de los migrantes han sido mayores que las ayudas recibidas. Eso no va a desactivar la xenofobia, como tampoco significa que no reciban trato injusto y acoso aquellos pequeños migrantes que han conseguido entrar en el sistema educativo de los países ricos.

Aún más, estamos hablando de escenas de personas refugiadas en Europa, pero no queremos saber nada de lo que sucede en Turquía, Líbano, República Democrática del Congo, Etiopía y Pakistán, donde la concentración de personas refugiadas es significativamente más alta que en Europa. No queremos hablar de solidaridad, y tampoco de los orígenes de tal desaguisado.

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