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Por José Serna Andrés - Miércoles, 8 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:02h

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PONGO la televisión y unas personas con armas persiguen a otras. Cambio de canal, dos personas se pelean con dureza. Cambio de canal, más armas en las manos, personas muertas. Cambio de canal, un poli bueno pega a una persona mala. Cambio de canal, un informativo muestra cómo centenares de personas han muerto en el mar. Cambio de canal, en otro informativo un líder mundial se enfada porque el parlamento de otro país afirma que más de un millón de personas fueron exterminadas en Armenia.

Dicen que, cuando se organiza una guerra, las primeras batallas se dan en los medios de comunicación. Primero hay que convencer a la población de que esa guerra es positiva para el país y después se envían soldados para matar gente, ¿para qué si no?

Reconozco que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, tienen una función importante para recuperar la memoria histórica. Hay documentales y películas imprescindibles para reconocer las brutalidades de una guerra, el holocausto nazi o el armenio, pero hay una proliferación de material tóxico visual, no por las escenas sino por su oculta intencionalidad, que nos provoca la indiferencia ante las realidades de violencia en nuestro mundo.

Una mínima empatía es necesaria. No puede ser que haya tantas personas que sufren las consecuencias de la violencia en nuestro mundo y no tomemos ninguna medida mínima de las que están a nuestro alcance. Los estados tienen un interés muy grande en conservar el monopolio de la violencia, pero cuando los estados propugnan la carrera de armamentos y las guerras a gran escala o las “intervenciones preventivas” en defensa de intereses patrios, que suelen tener detrás intereses comerciales o estratégicos, entonces los estados propugnan el asesinato, aunque en las declaraciones de derechos humanos se hable, en primer lugar, del derecho a la vida. ¿Se puede hacer algo?

Si aceptamos que la televisión es uno de los elementos que condicionan la escala de valores de las sociedades modernas, también los espectadoros podemos influir en la televisión

Hay quien propugna la censura previa ante todas las imágenes de violencia gratuita. Sabemos que hay muchos factores que, a estas alturas de la historia nos hacen desconfiar de las censuras previas. Ante la ingente avalancha de imágenes que nos vienen desde la televisión, tenemos una posibilidad muy a mano, que es apretar un botoncito y cambiar de canal. Eso requiere una capacidad de análisis, de posicionamiento y, como consecuencia, un cierto activismo virtual. Es como presionar el no me gusta y a otra cosa. Si aceptamos que la televisión, en concreto, es uno de los elementos que condicionan la escala de valores de las sociedades modernas, también las personas espectadoras podemos influir en las televisiones porque en el fondo buscan también la sagrada audiencia como un elemento sustancial para su pervivencia.

No es difícil darse cuenta de que existe un alto grado de violencia en la mayoría de programas de televisión, especialmente en los que provienen de Estados Unidos. En los colegios decimos a las personitas que no hay que pegarse y en cuanto se colocan ante una pantalla, a veces varias horas al día, los problemas se resuelven con violencia. Los niños y las niñas imitan lo que ven, las personas adultas miramos hacia otro lado en relación a este tema, especialmente cuando votamos en unas elecciones y los estados aprueban a continuación los presupuestos para la guerra.

Dicen que viven fuera de la realidad quienes no aceptan que la violencia es un existencial humano y que los estados no hacen más que regularla, apropiándose de su monopolio, pero también hay que reconocer que hay un cierto grado de locura en organizar constantemente luchas y peleas, asesinatos y masacres desde los medios de comunicación y aprobar unos presupuestos para conseguir que ese monopolio de la violencia tenga unos gastos monstruosos cuando los problemas de las personas sencillas que quieren ser felices en un mundo posible están pendientes de sus familias, de sus deseos y sueños, mientras se rompen sus corazones en escenarios sangrientos y violentos.

Reconozcamos que el terrorismo es también el intento de monopolio de la amenaza con la brutal violencia, con el agravante de la falta de control y de la más mínima relación con unas normas éticas, sobre todo las referidas al derecho a la vida, por mucho que en el fondo también justifiquen en su victimismo crear nuevas víctimas.

La violencia que se ve en televisión no es la única causa de las conductas agresivas de menores, mayores, y estados. No podemos simplificar. Pero si algunas imágenes y programas televisivos pueden ayudarnos a una mayor sensibilidad relacionada con la aceptación del holocausto, el genocidio de Armenia y otros muchos o la masacre constante en aguas del mar Mediterráneo y los sufrimientos de las personas refugiadas, también podemos ser conscientes de que vivimos constantemente la sobrecarga de la justificación de la violencia, traducida en imágenes justificativas que se repiten una y otra vez. Tenemos el mando a distancia preparado para apretar el no me gusta, y no lo hacemos. ¿Por qué?

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