El Museo Vasco exhibe la trayectoria de la revista

La memoria de ‘Kili-kili’

El Museo Vasco de Bilbao exhibe la trayectoria de la revista, pieza clave en la alfabetización de miles de niños y niñas en los años 60 y 70. También fue un soporte para concienciar a la sociedad sobre el estado del euskera y de la cultura vasca

Un reportaje de Iñaki Mendizabal Elordi - Viernes, 25 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:04h

'Kili-Kili. Euskera pozgarri'

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'Kili-Kili. Euskera pozgarri'José Antonio Retolaza ideó a Kili-kili y fue el arquitecto Lander Gallastegi quien lo dibujó.Fotografías tomadas en los Kili-kili Egunak y en las numerosas marchas que se organizaban desde la revista. Fotos: Labayru Fundazioa
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SE trata de viajar en el tiempo. Como un juego. Cerramos los ojos y nos plantamos en pleno centro de Bilbao, a las puertas de la Iglesia de San Antón, allí donde el Ibaizabal cambia de color y hasta de nombre. Es un día cualquiera de un mes cualquiera del año 1966. Los hombres visten jerseys de lana, chaquetas de cuero, pantalones de campana ajustados y camisas anchas con mangas de murciélago. Se ven melenas descuidadas, barbas generosas y algún bigote bien arreglado. Por las siete calles, las chicas pasean faldas estampadas, flores y más flores, y camisas de colores chillones, con un punto de psicodelia;ya se ven minifaldas y se han puesto de moda las botas largas. Flequillos abiertos, cinturas escandalosamente altas y labios rojos. Las paredes de Somera y Artekale, oscuras y toscas, están plagadas de pintadas;las aceras, llenas de cigarrillos. Franco sigue atrincherado en su credo y en Bilbao apenas se escucha una palabra en euskera. Pero ahí mismo, en el entorno de la Iglesia de San Antón, se esbozan todo tipo de iniciativas en torno a “ese idioma raro y poderoso”, con la bendición del cura Klaudio Gallastegi (1906-1988), que ya se afana en promover las primeras misas en euskera.

Allí se crean grupos de danzas, de ocio, de catequesis... Y al calor de esos anhelos nace Kili-kili, una publicación modesta que se fotocopia y se reparte entre los parroquianos euskaldunes. Más adelante y disfrazada de cómic, marca a fuego sus objetivos primigenios: alfabetizar a los niños y niñas euskaldunes con un método novedoso, basado en la participación y en el juego.

prohibiciónJosé Antonio Retolaza, sacerdote recién llegado de Arrazola, fue quien ideó a Kili-kili, un niño de seis años “euskaldun-fededun”, vestido con kaiku y txapela, y el arquitecto e ilustrador Lander Gallastegi fue el encargado de plasmar la idea en papel. “Eran años convulsos y estos precursores fueron valientes. Y, aunque Kili-kili nació bajo el manto de la Iglesia, parte de la misma era partidaria del Régimen y se resistía a que se publicaran este tipo de cosas. De hecho, los primeros números se prohibieron y la asociación Euskarazaleak tuvo que salir al rescate de la iniciativa”, recuerda Akaitze Kamiruaga, de Labayru Fundazioa. La institución acaba de presentar en el Museo Vasco de Bilbao una extensa muestra sobre todo el universo Kili-kili. “Estamos contentos -añade Kamiruaga- porque con esta exposición hemos contribuido a rendir tributo a esta revista y a toda la gente que la impulsó, un reconocimiento merecido, no solo porque promovieron una plataforma para la alfabetización de los niños euskaldunes, sino porque fueron capaces de generar una red de colaboradores extensa que abarcó toda Euskal Herria. Al final, también ayudaron a que mucha gente tomara conciencia de la situación de nuestra lengua y de nuestra cultura, porque Kili-kiliera una herramienta educativa para niños y niñas, sí, pero también hablaba de nuestra historia, de nuestras costumbres y tradiciones”, señala Kamiruaga, que incide también en el perfil innovador de la revista: “Su metodología era novedosa, porque se basaba en la participación y premiaba la misma. Hasta entonces, lo que mandaba en la enseñanza era aquello de la letra con sangre entra. Además, se organizaban muchas actividades lúdicas paralelas, como el Kili-kili Eguna, las chocolatadas, las excursiones”. Pero la publicación fue novedosa también en otros aspectos: “Se tradujeron al euskera historietas conocidas en otros idiomas, como las aventuras de Guillermo Tell o las de Astérix y Obélix”.

Iñaki Egurrola, secretario de Euskarazaleak, también recuerda con nostalgia aquellos años de lucha silenciosa: “Hubo muchas trabas pero Retolaza siempre se salía con la suya. Tenía alrededor un equipo estupendo, centenares de personas que trabajaron de forma voluntaria y gratuita. Gracias a ellos salió adelante el proyecto”.

A las dificultades ya señaladas había que añadirles la singularidad de la propia lengua y de sus dialectos, además de los problemas de distribución y otros pequeños detalles que no hacían más que acrecentar la leyenda de la publicación. El batua era aún una quimera y había que improvisar: “Los cuadernos Lan eta lan, que iban dentro de Kili-kili, se publicaban en vizcaino, en guipuzcoano y en labortano. Después, cuando el batua comenzó a tomar fuerza, sustituyó al guipuzcoano”, comenta Kamiruaga, que destaca el movimiento que se creó en torno a la revista: “Al principio, había que distribuir la revista y eso se hacía a mano, tarea que requería de la participación de mucha gente. Más adelante se mandó por correo”.

Ella también se considera “Kili-kili umea”, y recuerda bien las largas tardes que invertían rellenando los cuadernosLan eta lan, soñando con un premio que era tentador: “Yo solo pensaba en ganar la bicicleta roja BH que estaba destinada como premio. Y también me acuerdo bien del festival que se hizo en Mungia en 1976, antes del primer Kili-kili Eguna, que fue en 1977”.

RETOLAZABilbaino de nacimiento, el sacerdote José Antonio Retolaza enriqueció su empobrecido euskera en Arrazola. Cuando le destinaron a San Antón, se ocupó de la catequesis y en 1956 fundó el grupo de scouts. En 1975 dejó el sacerdocio, se casó y se fue a vivir a Muxika. Falleció en 2014. Sus dos grandes aficiones eran el euskera y las danzas vascas. Él fue el promotor principal de Kili-kili, junto al arquitecto Lander Gallastegi (1929-2014). Al inicio, la sede de la revista (que apenas era una página multicopiada) fue la iglesia de San Antón;más adelante, algunas actividades también se llevaban a cabo en Solokoetxe. Finalmente, la sede de Kili-kili se trasladó a la calle Somera. El nombre se le ocurrió a Retolaza, al recordar las carcajadas que escuchó a unas rederas en un viaje a Turquía.

Iñaki Egurrola recuerda bien la figura del euskaltzale bilbaino, que falleció hace dos años: “José Antonio era un hombre bueno, muy generoso y amante de nuestra lengua. Él tenía muy claro lo que había que hacer, los objetivos que se querían conseguir con Kili-kili, y siempre fue fiel a ese empeño. Los mayores problemas los resolvía con tesón y firmeza. Y mucha mano izquierda”.

Quien quiera saber algo más de ese trocito de nuestra historia, de aquellos años que convendría no olvidar, solo tiene que acercarse al museo de la plaza Unamuno de Bilbao.

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