Tribuna abierta

Elogio de la locura

Por José Serna Andrés - Jueves, 17 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:03h

SE hacen muchas encuestas para detectar qué es lo que preocupa a la ciudadanía. Suelen aparecer en primer plano el paro, la corrupción, el terrorismo, la emigración… y difícilmente aparece la guerra en este listado, de no ser que lo consideremos algo muy cercano. Si se produce a cientos de kilómetros, ya es diferente, aunque participemos con nuestros impuestos en un conflicto bélico determinado. Hay, además, muchas personas que son partidarias de resolver los problemas mediante la guerra.

Resulta que, no hace muchas fechas, ha pasado desapercibida una noticia que tenía como protagonista a la guerra, o el antibelicismo, pero nuestra heroína estaba demasiado sola, era demasiado pobre, y estaba demasiado loca como para hacerle caso. Soy consciente de que cuando Erasmo de Rotterdam escribió el texto que conocemos como Elogio de la locura, en realidad estaba elogiando, con su gran ironía, la estulticia humana. Pero en este caso viene a cuento elogiar a una persona considerada loca, aunque su locura denunciaba precisamente la estupidez humana, que no tiene límites.

Se trata de una mujer nacida en Vigo, emigrante a Nueva York en los años 60, donde trabajó como recepcionista en la oficina económica y comercial de la embajada española en la Gran Manzana, que ha fallecido hace todavía pocas fechas, con más de 80 años, y estuvo protestando durante 35 años delante de la Casa Blanca contra todo tipo de armas, especialmente las nucleares, a pesar del frío, el calor o la lluvia.

Se llamaba Concepción Martín de Picciotto y, aunque pocas personas sabían su nombre, era muy conocida en Washington. Fue incluida en la película-documental de Michael Moore Fahrenheit 9/11. Pero, aunque tenía gran apoyo del hogar de acogida para pacifistas, denominado La Casa de la Paz, donde falleció, el parque Lafayette, frente a la Casa Blanca, era el ámbito en el que tenía montada su tienda de campaña, y sus vecinos fueron, desde agosto de 1981, Ronald Reagan, H.W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama. Es difícil saber si su presencia supuso algún motivo de reflexión para tales personalidades, pero no hay duda de que sus dardos estaban dirigidos, precisamente, a su conciencia.

Los azares de la vida que la llevaron a colocarse en el momento y en el lugar “inadecuados” tienen su origen en una frustración personal por perder, tras su divorcio, la custodia de su hija adoptada. Quería que las autoridades de Washington la ayudasen a recuperar a su hija, pues consideraba que era víctima de conspiraciones de médicos, abogados y del mismo gobierno. Desde esa posición de locura, tuvo la clarividencia de unirse a las vigilias por la paz y contra las armas nucleares delante de la Casa Blanca, especialmente con la compañía de William Doubting Thomas, durante 28 años, hasta que el compañero activista murió. Pero ella siguió adelante con sus vigilias, 24 horas al día, en porfía constante para que el Servicio Nacional de Parques no la desmantelara. Parece que desde que en 2012 un taxi la atropelló cuando iba con su bicicleta, tuvo que recabar ayuda más directa para seguir en su empeño, pero no cejó hasta su muerte.

¿Hay que disfrutar de una perfecta locura para protestar, durante tanto tiempo y en condiciones extremas, contra la guerra y las armas nucleares? Quienes tenemos demasiada cordura sabemos que existen, pero gozamos de la suficiente cordura como para mantener la situación. “Miren, señores y señoras, aquí la Casa Blanca, aquí pueden posar con Conchita, sus pancartas y su tienda de campaña”, decían quienes hacían de guías de turismo. La conmiseración y el pacifismo como espectáculo.

Muchas personas estamos de acuerdo en que las políticas armamentísticas de los gobiernos de todo el mundo, entre ellos el estadounidense, tienen que ver con la conquista e influencia sobre territorios con intereses geoestratégicos y comerciales. Pero también conviene decir que quien pretende construir un Nuevo Orden Mundialcon más armamento y políticas de destrucción no hace más que agrandar la herida y eternizar la llaga.

Quizá Conchita tenía una grave enfermedad mental, pero en temas fundamentales estaba en primera fila de la cordura. ¿No será preciso, por casualidad, revisar el sistema oficial de salud mental? El problema es que se había quedado demasiado sola. Y nadie, a estas alturas, quiere que lo señalen como pacifista. ¡Qué horror!

Aunque, si todavía queda alguien, lo posible, en este momento, es otear los programas electorales de quienes nos representan en la política a todos los niveles para tomar aquellas decisiones más acordes con los postulados de la paz y el desarme, que es lo que provoca hambre, destrucción y millones de personas emigrando entre el cielo y el hielo. Aunque quizá se trate de un ejercicio en vano porque ningún partido político quiere que le coloquen la pegatina de padecer locura.

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