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Guerreros de terracota

Por José Serna Andrés - Martes, 22 de Diciembre de 2015 - Actualizado a las 07:37h

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EL emperador creador de la dinastía Qin o Ch’in, algo más de 200 años antes de Cristo, creó China a sangre y fuego. Desde entonces, ese supercontinente de gigantescas dimensiones ha mirado al mundo con fiereza, como si las características de lenguas y territorios diferentes unificados no conservasen aún sus raíces diversas y doloridas.

Los logros de aquella dinastía, que duró poco, no son tan conocidas porque el imperio de aquella época era el romano, pero en ese momento China se unificó de forma duradera. Y quienes se opusieron a ello comprobaron que el terror era algo más que una palabra muerta.

Pero el emperador Qin Shi Huang sabía que iba a morir y estaba muy ocupado en conseguir la inmortalidad. Creía en la vida después de la muerte y esa intuición dejaba de significar algo positivo por lo que, como los faraones, decidió preparar su gran tumba, en sesenta kilómetros cuadrados, con todo lo necesario para la otra vida. No solo necesitaba lujos y otros beneficios de los que había disfrutado en la vida, sino que, consciente de las brutalidades cometidas, debía armar un ejército de terracota para que lo defendiesen de los espíritus que podrían molestarle en la otra vida, consciente como era de sus asesinatos e injusticias para crear la gran China. Así, organizó su futura vida en una ciudad terrena enclavada en su imaginario de ciudad celeste. ¿Cuántos guerreros iba a necesitar para su defensa? Ahora los están encontrando, restaurando, exhibiendo por el mundo. Lo que nos importa es su originalidad, saber si cada guerrero es único o una copia, y admirar tal grandiosidad sin preguntarnos si en realidad se trataba de ocultar o delatar una monstruosidad.

Y es que ahora nos sucede algo similar. Después de que tantos países, en virtud de lo que llaman la construcción de un imperio, hayan exterminado a tantas personas, la tendencia es a que los grandes, mejor dicho, monstruosos, no intervengan directamente. No quieren que la historia les encuentre con cadáveres directos para su propio pueblo y hasta pretenden que las ejecuciones sean realizadas por máquinas, no por personas. El primer paso es el de bombardear constantemente, para que se pueda matar desde el cielo. Así la culpa se esconde, porque el cara a cara duele. Y hay menos muertes de la propia tribu. El segundo paso es crear máquinas destructivas que no sean pilotadas directamente. Se trata de drones, o incluso robots, que sean enviados a las guerras para matar sin culpa o, al menos, para ocultar ese dolor de quienes son atacados en una casual suma de complicidades cibernéticas que exculpen de la comisión de la masacre.

Son los nuevos guerreros de terracota. Combatirán para que la historia no señale con el dedo, para que la memoria de las personas muertas, sus espíritus al acecho, no agredan a quienes han tenido la total responsabilidad de sus actos, pero desean fervientemente que no se note. Para ello crearán corporaciones de comunicación, películas y series que normalicen el ejercicio de la violencia contra “los malos”, la venta de armas, la práctica de la mentira “para un bien superior” y la disolución de las responsabilidades personales en el anonimato de decisiones tomadas en la oscuridad de unos despachos, auténticos responsables de las masacres. Y actúan también como guerreros de terracota quienes se han apropiado de la mente de otras personas queriendo conquistar el más allá, también con sangre, también con terror, intentando blindar culpas y víctimas con los destellos de un dios terrible que, al parecer, solo acoge a quienes tienen manchadas las manos de sangre. ¡Qué monstruosidad!

¿Y el resto? Hay de todo. Hay quienes convierten el dolor en comercio, hay mucha indiferencia, pero también hay muchas personas que nunca tendrán un mausoleo y que están despiertas, unidas creyendo que otro mundo es posible, con la firme decisión de abrir cada mano y cada palabra a la vida y no a la muerte, sin mausoleos vivientes.

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