Tribuna abierta

La caja de Pandora

Por José Serna Andrés - Jueves, 15 de Octubre de 2015 - Actualizado a las 06:03h

YA no sabemos si el titán Prometeo acertó cuando robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos. Parece que tenía buenas intenciones. Debe ser muy larga la noche en total oscuridad y ha de ser muy ruda la alimentación cuando no se puede poner al fuego un trozo de carne. Zeus pensaba que si los humanos tenían el fuego se considerarían como dioses y, en el fondo, el viejo Zeus, que era de la vieja escuela, prefería quitar la libertad humana a que se utilizase de forma incontrolada porque no siempre el fuego se ha alimentado para alumbrar, o para cocinar algunos alimentos;el fuego se ha utilizado para agredir y se ha perfeccionado hasta tal punto que hoy se disputan el monopolio de la violencia todos los humanos, o casi todos: guerras, asesinatos, ejércitos, terrorismo… todo ello gira en torno a las armas de fuego. Se quiere salvar el mundo con las armas, pero nadie nos salva de tales salvadores. Y ese símbolo de lo que alguien llama libertad humana, libertad de mercado, libertad para portar armas, libertad para agredir con ejércitos de casco o de capucha, eso sí, legalmente o sacralmente constituidos, también nos ha acercado a la caja de Pandora.

Prometeo no ha querido doblegarse a los dioses, nada teme, pero los humanos pierden su espíritu benefactor y se hacen dueños del fuego de la guerra. Es aquí donde resulta fácil echarle la culpa a la mujer. Así surge Pandora, la bella, la que ha recibido, como su nombre indica, “todos los dones” de los dioses. No tiene más remedio que dejarse nacer, cual Eva bíblica, y entrar como primera mujer en un mundo de hombres. Independientemente del machismo de algunas versiones del mito, mujer curiosa y enviada como castigo de Zeus a los hombres a causa de la audacia de Prometeo, tiene dudas cuando a ella le entregan la caja en la que están encerrados los males de la humanidad, pero por fin abre la caja y se desparraman todos los males. Nos olvidamos de que los humanos ya tenían el fuego y echamos la culpa a Pandora de desgracias como la enfermedad, la envidia, la violencia, la injusticia, la inclemencia, el horror, los rayos, los terrores de la madre tierra. Los humanos dicen que van a utilizar el fuego para dominar a los animales, pero no es así, utilizan el fuego unos contra otros. ¿Por qué van de un lado para otro? Huyen de la pobreza y de las armas de fuego, que han enloquecido a los humanos.

Dicen que es la mayor tensión migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Es que no se trata solo de Europa, hablamos de una actual Tercera Guerra Mundial ¿de baja intensidad?

La vieja Europa desplazó a otra población, por ejemplo, y edificó, con sus ciclos migratorios, los Estados Unidos de América. En la Segunda Guerra Mundial, la brutalidad de las distintas modalidades de fuego abrasó el mundo y lo convirtió en sangre derramada por los caminos, con migraciones terriblemente dolorosas, junto a cincuenta y cinco millones de personas muertas. Los Estados Unidos de América afrontaron aquel fuego y crecieron en capacidad de tiro;con la fuerza del fuego de otros países europeos, han visitado después Irak, Siria, Libia, Afganistán… por poner sólo algunos ejemplos, se han marchado y han dejado el fuego encendido junto al petróleo.

En Siria, por ejemplo, han muerto en la actual guerra casi doscientas mil personas. Los desplazamientos en el interior, según Amnistía Internacional, son de 11,6 millones de personas y cuatro millones se encuentran en Turquía, Líbano, Jordania, Irak o Egipto. En el mundo hay más se sesenta millones de personas desplazadas y malviven como pueden en situaciones deplorables. Pero unos pocos cientos de miles de personas, al visitar Europa, nos han ayudado a visualizar el dolor, porque aquellas piedras lanzadas sobre el avispero, que lo había, han hecho visualizar el sufrimiento entre los trenes, las alambradas, las costas, los túneles internacionales, las marchas de familias con niños y niñas arrastrados a duras penas... y ha saltado a todas las portadas el icono trágico de un niño, de escasa edad, recién muerto en la playa. Y toda nuestra pretendida capacidad humanitaria europea se ha puesto en cuestión, porque discutimos si una persona es más persona que otra o si huye del hambre provocada por guerras antiguas económicas o las actuales de fuego, si tiene unos papeles o no los tiene. Queremos ser un referente ético para el mundo y nos producen desasosiego esos cadáveres de infantes arrebujados, muertos sobre la arena, pero, en el fondo, así se cumple la máxima del inmigrante que tiene tan poco que perder, arriesgando la vida propia y la de toda su familia, que consiste en que al menos se vean sus cadáveres cuando mueran y no como sucede en las aguas del Mediterráneo. La exhibición de la tragedia es el único logro, de momento, de cientos de miles de no-personas, sin tierra, sin techo, sin derechos, sin alma…

Ahora bien, nos olvidamos de algo con respecto a Pandora. Cuando salen de la caja todos los males de la humanidad, ella se asusta y la cierra de repente. Queda la esperanza para los humanos. Y en ese contexto, a pesar de todas las brutalidades, a pesar de esos pasos en largas filas, bajo controles policiales, en campos de refugiados, uno ve con esperanza cómo surgen las ofertas de ayuntamientos y familias voluntarias que están dispuestas a acoger a inmigrantes, como se ha hecho durante y después de todas las guerras. Cierto, algunos estados, en vez de alambradas y campos de concentración, están hablando de presupuestos para campos de refugiados que tengan una mínima dignidad, pero se parecen tanto a los campos de concentración... ¿Es esa la libertad que ofrece Prometeo?

¿No dicen que hay que ir a la raíz de los problemas? Pues hagamos un mundo sin armas, sin guerras, sin injusticias. El ave de rapiña que devora el hígado de Prometeo un día sí y otro también no se debe al castigo de Zeus, se debe al uso indigno del fuego y de la libertad humana. Los inmigrantes que todavía no han muerto son la punta del iceberg de esa tragedia que es mucho más dolorosa. Porque el sufrimiento que no vemos es infinitamente superior al que hemos podido ver estos días, desde nuestra cómoda butaca, en las pantallas de televisión. Dicen que es la mayor tensión migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Es que no se trata sólo de Europa, hablamos de una actual Tercera Guerra Mundial ¿de baja intensidad?, con daños inmensos, que se visibilizan más porque están a nuestras puertas.

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